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El ejército de salvación

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
08/07/2019

 

ABURRIMIENTO, pesadez. Como distracción sana nos quedan pocas: el tinto de verano don Simón, las películas del Oeste de verdad, y pare de contar. Digo de verdad porque la única imagen que proyecta la España de Sánchez de esas películas es el ejército de salvación. Por todas partes cuáqueros, calvinistas, y anglicanos disfrazados de LGTBI, de okupas, de independentistas, de anticapitalistas millonarios, y de pactistas a sueldo. Lo que antes hacían los curas –sermonear con cierta dignidad– ahora lo hacen, con alzacuellos comprado en los chinos, las izquierdas y sus ahijados de la derecha.

Lo confieso: me ha pillado en paños menores el pesimismo de Shakespeare cuando decía: «La vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y de furia que nada significa». Y tras la declaración del genio, me llegan del dramaturgo batallas, traiciones, engaños, robos y asesinatos por doquier. Real como la vida misma. El mundo que relataba Shakespeare tenía todos los defectos menos uno: no era tan aburrido como el nuestro. Hoy la democracia se sirve en pajitas de plomo colado.

El mayor mal que sufrimos los españoles es la pesadez de los políticos justificando sus falsías y latrocinios. Si no fuera por lo que dice Shakespeare en Hamlet –sin el miedo a la muerte nadie aguantaría las injusticias de este mundo–, sería la debacle. Los rollos de la Celaa, las matracas del Gobierno si pacta o se convierte en una sociedad anónima de onanistas exquisitos, las televisiones haciendo la ola, y los demás políticos contando la misma película hasta el amanecer, aburren a las vacas.

Lo peor está por ver, pues faltan por constituir el Gobierno de España, y varios regionales. Pues ¡hala!, más ejércitos de salvación tocando el bombo y los perendengues de los españoles. Y venga a decirnos que tenemos que ser buenos, que nuestra condenación está a punto, que no gastemos nuestro dinero porque en realidad es suyo. Y que seamos altruistas, progresistas, feministas, okupistas, leninistas, oteguistas, y toda la retahíla de istas menos una: seminaristas, que esto es muy antiguo.

¡Ay de aquel que no emplee el nuevo lenguaje que dicta el ejército de salvación! Está más perdido que los malos de las películas del Oeste cuando llegaban en buena hora los rangers de Texas. ¿Se han percatado de la cara de ranger que tiene el Presidente del Gobierno en funciones? ¿Y qué me dicen del careto de póker de Pablo Iglesias, de Pablo Casado, y de Alberto Rivera? Por Dios, que alguien, urgentemente, les mande un antiarrugas para amantes panza arriba, pues se echa de menos a Rajoy tocando el instrumento.

Nos amenazan con nuevas elecciones. Bueno. Por mí como si las hacen todos los días y fiestas de guardar. Este ejército de salvación ha demostrado que no sabe gobernar. Sólo dar mítines para el más allá, como lo hacían los curas. Al menos los curas de antes te decían que este mundo era malo y el otro bueno. Pero con este ejército de salvación no hay esperanza ni ahora ni después. Yo lo único que quiero saber es dónde van a ir Sánchez, Otegi, Rivera, Puigdemont, Iglesias o Casado, para no acompañarles cuando me muera, no sea que allí también me metan el mismo rollo.

La verdad, amigos, es que la cosa no pinta bien. Yo creo que lo primero que había que hacer para arreglar España, es lo que más oigo en el bar que frecuento: hay que quitarles el sueldo a los políticos y ponerlos a trabajar en algo útil. La mayoría –tiene bemoles–, no ha trabajado nunca. Pedro Sánchez ni siquiera de concejal. Sólo ha copiado tesis, y ¡hala!: a la presidencia del Gobierno. ¡Qué nivelazo!

En fin, que con tanto ejército de salvación, estoy más para allá que para acá. Pero les tengo que confesar que el sábado cometí una acción peligrosísima que me deprimió más todavía: vi un par de horas la Sexta y luego el telediario. No les digo más. Tuve que llamar a mi psicólogo para ver qué podría tomar. Tampoco les digo a dónde me mandó. Pero me hizo una recomendación tajante: no puedes ver cosas que hunden tanto la moral. Si te empeñas en poner la TV, porque tienes esa manía, por lo menos ponla sin sonido. Te basta con ver los gestos de idiotas que ponen.

Total, que no levanto cabeza. Volví a Shakespeare porque esto no hay Dios que lo arregle. Y con las mismas me fui a dar un paseo por las Moreras a ver si se me pasaba la cosa. Pero tampoco, pues al ver tanto trasiego de jubileta en pantalón corto, me vino a la mente el grito desgarrador de Ricardo III: «mi reino por un caballo». Y me pregunté desde el abismo: ¿un caballo? Ni hablar, que vale mucho y si se entera Hacienda me multa con solo imaginarlo.

Con tanta matraca, y más matraca, me despierto por las noches alucinado a las tres de la mañana y le pregunto a la mi Consuelo con ojos de plato: ¿han pactado ya? Y ella me responde medio dormida: ¿Quién, so bobo? Pues quien va ser: los del gobierno, los de la comunidad, todos. Y me responde con cara de pena: date la vuelta y déjame dormir en paz, guapo, que llevamos tres años así. Ni que fuera esto la caída del Imperio romano. Ojalá.

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