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Las consecuencias

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
15/07/2019

 

HE AQUÍ una palabra clave en estos días: consecuencias. Y no en el sentido derivado del derecho romano cuando decía «a facto ad ius non datur consequentia», del hecho no se infiere derecho como consecuencia. Faltaría más. Hacer de esto una batalla política, como el ministro del Interior, resulta inadmisible de Valladolid a Pernambuco. Que te acusen de algo para que tú seas culpable, y que por sólo este hecho tengas que pagar las consecuencia, es una acusación injusta y dolosa.

Si esta acusación la formula el ministro del Interior de un país democrático, constituye un escándalo. ¿Quién si no vela con las fuerzas del orden para que nadie pueda tener consecuencias irreversibles por sus ideas y por sus actos? Si hay que pagar consecuencias, ha de ser con la ley en la mano: hecho delictivo, denuncia, juicio, y sentencia. Nada de escraches, agresiones y vejaciones de odio callejeras como en la manifestación del Orgullo gay, a lo que se sumó el Ministro con arenga incluida para atacar a Cs. Inadmisible.

Ítem más. Si a ese juicio público y callejero a Cs se le añade el hecho concreto –pactar con Vox–, la España sin valores se carcajea. Aquí cada cual pacta con quien quiere o puede. El Ministro no es quién para poner una diana de odio ante una masa enfurecida justificando las consecuencias. Que servidor haya puesto aquí de relieve algunas incoherencias de Cs, vale. Pero no comparto que ahora se lleven las bofetadas por decreto. El hecho, como consecuencia, es terrible no sólo para ellos, sino para todos los españoles: el ser tibios.

La acusación de tibieza se justificaba en Lenin y Stalin para exigir el paredón como consecuencia. ETA ha justificado sus asesinatos y extorsiones con la misma palabrita, y luego se iban a la cama a soñar con los angelitos. Lo mismo hacen ahora en Irán con homosexuales y mujeres que se quitan el velo, mientras Iglesias pone el cazo. Y aquí parece Grande Marlaska diciendo que Cs tiene que pagar las consecuencias.

Avergüenzan las cosas que hemos leído, escuchado y visto, justificando las palabras injustificables de Marlaska. Da la impresión de que no es juez ni ministro, y que intenta aterrorizar a todo el país para que nadie pacte, hable, vote o se relacione con los apestados de Vox. Según él, esto tendría consecuencias irreversibles. La relación de causa y efecto, que justifica los delitos de odio, estaría servida por él –dialécticamente al menos–, como punto de partida. Quizás por esto escribía Leopardi en sus Pensamientos que «el hombre es casi siempre tan malvado como lo necesita».

El ataque a Ciudadanos dentro de la marcha del Orgullo es injustificable y, posiblemente, delito. Lo que tiene que hacer el señor ministro del Interior es perseguirlo y no animarlo ni justificarlo. No puede caer en una falsa consecuencia que ya rechazaban los jueces romanos como impropia por basarse en una falsa argumentación. Con estas alforjas tan endebles sobran leyes, ministros, orgullos y prejuicios, y hasta leyes del Talión.

Durante los meses que ha durado el juicio al procés ha sido admirable ver cómo en todo momento el Tribunal impedía a los acusados y a los abogados defensores justificar sus acciones como consecuencias de defectos del sistema, de Rajoy, o de que no se les hacía caso. No hay consecuencias que justifiquen los delitos. Un delito es un delito y de lo único que hay que hablar en un tribunal es de juzgarlo. En España existe el delito de odio. Ha hecho muy bien Cs denunciando los hechos ante la fiscalía. De nuevo tendremos un debate intenso entre Justicia y Gobierno, tan típico en nuestro país.

Si graves eran las acusaciones de Almudena Grandes en el periódico el País sobre los apestados y lo que había que hacer con ellos, cuando esa teoría la defiende también el ministro del Interior, la cosa es infinitamente más grave. En el fondo los dos dicen lo mismo: que hay que tirar de hoguera. Así, con el peligro que entraña, en todos los sentidos salvajes, eso de aplicar a lo bestia las consecuencias de la acción-reacción.

Es impresionante que un ministro del Interior azuce a las masas contra un partido político. Es lo mismo cuando decía Torra a los manifestantes que apretaran las clavijas. Exactamente lo mismo. Están poniendo a personas frente a la diana. Esto es intolerable. Y dicho y hecho esto, luego salen en ruedas de prensa muy preparadas con caritas de cordero hablando de concordia, de modales, de democracia, y de buenismo. Es buenismo, y del peor, que se machaque a los demás y que les echen de los sitios como a Cs de la marcha.

Vienen a decir que este país es suyo, y leña a quien no esté de acuerdo con sus consignas. Y llegados aquí –fascismo, progresismo de cangrejo, etarrismo, independentismo, y todos los ismos como las flores en el mes de mayo– todos se dan la mano en español con muy mala leche. El descaro es increíble. Si yo voy a manifestarme a un sitio, pago las consecuencias. Ellos poseen el privilegio de la violencia. Tienen patente de corso para asaltar barcos y cambiar las mareas en nombre de su ideología y conveniencia.

 

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