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Concurso de charlatanes

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
02/12/2019

 

CHARLATÁN: «que habla mucho y sin sustancia». Así define el diccionario al bocazas, impostor y soflamero que, con otros sinónimos, designan al mismo pavo: al chapucero del guirigay. O sea, a los políticos que, en loor de farsantía, inaugurarán mañana la XIV legislatura. Unos y otros han convertido al país, si es que aún se le puede llamar así y no multipaís, en un concurso de charlatanes. Como en la película de ‘La vida de Brian’, el Congreso y las plazas se han poblado de falsos profetas con un infame batiburrillo lingüístico y de gestos. Pasen y vean.

Los charlatanes políticos de la España en vilo, si es que aún la podemos llamar así, se abanican con el diccionario como los totalitarios en la granja de Orwell. Ejemplo. Algo tan sencillo como dialogar sugiere una tesis doctoral. A ser posible plagiada del soberano plagio de Sánchez. Oírles decir de lo que van a hablar cuando hablen, si es que hablan de lo bueno que sabe el estiércol, ya es de psiquiátrico.

Los politólogos en las tertulias parecen extras en la película de Brian. Cuánta vaselina VIP gastan valorando palabras como hablar, dialogar, negociar, acordar, o reunirse. Si hablan de constitucionalismo –¡qué rollo!–, inventan el diálogo de sordos. ¡Ah!, pero si hablan de pactos con un terrorista ningún problema. Llevan tantos años de ayuntamiento que sobran la justicia, las palabras, y el diccionario. Y es que de mínimis lex non curat, la ley no cuida los asuntos insignificantes, decían los romanos.

Los expertos en filosofía y lingüística están fuera de juego por decisión del Tribunal Supremo. Un golpe de estado es una metáfora del delincuente para soñar palabras y para hacer la cama a ‘La vida es sueño’ de Calderón. Claro, esto imaginando que la realidad es sueño y el sueño realidad, y que salga el sol por Antequera, si es que el sol, es sol, y Antequera, Antequera, que ya es mucho suponer. O sea, puro sanchismo lingüístico que sólo sirve, como acaba de declarar Alfonso Guerra, para «un suicidio colectivo».

Y para terminar la ronda del pasen y vean, valgo yo mismo ante el espejo. No sé si soy azogue, cristal confuso, quimera, o gilipollez dialogal. Mis vecinos en rebelión ya no pagan la comunidad porque hay que dialogarlo según y cómo. O sea, que dialogar ya no es escuchar, sino embadurnar. Sobran los relatores. Necesitamos un traductor normal con sentido común del lenguaje que dé a las cosas el peso que realmente tienen, y que preste a la razón el sentido que los políticos roban con mediocre desfachatez cual regustillo de un ERE.

La distorsión del lenguaje, por parte de los políticos de la XIV legislatura, es la patología evidente de unos enfermos charlatanes que lo trasladan todo a nuestra sociedad como el milagro de la Purísima Concepción que celebraremos el domingo. Sin romperla ni mancharla han roto los hilos que relacionan las palabras con los hechos. En una reacción nazifasciocomunistoide han manipulado el lenguaje hasta destruirlo. Han abierto adrede las esclusas de agua para que naufrague nuestra Comunidad, si es que así podemos llamarla todavía.

Pero no podemos aceptar sin resistencia que ser político equivalga a mentir cínicamente cada 5 minutos. Nadie tiene permiso para hacer círculos cuadrados porque, sencillamente, es mentira, y digan lo que digan los charlatanes de feria de la XIV legislatura, además es imposible. Ya está bien de tragaderas con la dictadura del cine de barrio de estos mequetrefes que denunciaba Jardiel Poncela: «primero te hacen entrar y después te cambian el programa».

La Babel hispana para formar gobierno con las puertas falsas de Zamora y con los catilinas sediciosos y antiespañoles, es una vergüenza que ya denunció Cicerón hace siglos: «¡El senado sabe esto, lo ve el cónsul y, sin embargo, Catilina vive! ¿Que digo vive? Hasta viene al senado y toma parte en sus acuerdos, mientras con la mirada anota los que de nosotros designa a la muerte». Mientras tengamos en España unos dragones insaciables –separatistas y golpistas– que exijan como tributo que sus votos tienen más valor que el del resto de los españoles, seguiremos en el charlatanismo, con el chirlero y con la bachillería progre.

El desequilibrio del voto territorial en detrimento del individual basado en una ley electoral tan injusta y caciquil como la española, conduce al desenfreno de Horacio: «Siempre el avaro anda necesitado». Se trata de una curva en la carretera que produce accidentes sin parar. Lo primero que hay que hacer, se pongan como se pongan y pase lo que pase, es quitar a los dragones esos tributos en doncellas, en fueros, en millones, y en peajes.

Suprimidas las diferencias democráticas –todo para mí y nada para el resto–, se acabó el chalaneo, la confusión del lenguaje, y los dragones con Rh negativo. Pero no se preocupen. En la XIV legislatura todo está amarrado para que tengamos una sociedad de escombros. Los dragones camparán a sus anchas, los charlatanes venderán crecepelo, y el ciudadano Hamlet se morirá de asco repitiendo lo mismo: «palabras, palabras, palabras». Demasiado pandero para bogavantes sin chicha.

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