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Urueña aflora su monasterio ermitaño

La Fundación Joaquín Díaz realiza una excavación en las ruinas de El Bueso para descubrir la estructura de una construcción datada en el siglo XV que estuvo en pie hasta la desamortización del XIX. Prevén sacar a la luz los restos con prácticas de arqueología en campañas de verano

LAURA G. ESTRADA URUEÑA
06/10/2019

 

Con la vista puesta en el horizonte desde la puerta de la Villa de Urueña, en lo alto de la muralla, el etnógrafo Joaquín Díaz reflexiona sobre el devenir histórico de dos antiguos monasterios: el de la Anunciada, convertido en símbolo de la localidad, destaca como «ejemplo del fervor por el patrimonio propio» mientras el de El Bueso, a escasa distancia, «arruinado por el paso del tiempo» y la «incuria del hombre» lucha por hacer visibles sus restos entre la vegetación. El destino, valora el investigador, fue «caprichoso» y los trató de forma «diferente».

Ahora, centrados en salvaguardar los vestigios de una construcción datada a mediados del siglo XV que estuvo en funcionamiento hasta la desamortización del XIX, el presente da otra oportunidad a El Bueso para mostrar su importancia gracias a las labores de investigación y recuperación que la Fundación Joaquín Díaz y el Ayuntamiento de Urueña acaban de retomar.

Fue en 1997 cuando se realizó una primera intervención arqueológica del yacimiento y, desde entonces, tras un intento fallido en 2002, no se había vuelto a acceder al recóndito enclave, sin camino directo si no es atravesando una tierra de labor. Pero desde el pasado lunes, previo trabajo de desbroce del entorno para retirar la maleza, ya es posible llegar e imaginar –con ayuda de los expertos– cómo se distribuía el edificio: la iglesia, el claustro, las cuadras, las celdas...

Una recreación etérea a partir de los restos de machones que aún perviven en pie y de los muros semi enterrados. Pero la visión global, con las ruinas completamente destapadas, tardará en ser una realidad. Porque los trabajos son complejos y aún no disponen de los fondos suficientes –de momento cuentan con una subvención de 8.000 euros procedente de la Consejería de Cultura y Turismo, la mitad de lo que habían solicitado–, aunque el propósito de sacar a la luz la estructura y que no continúe bajo tierra, es firme.

Por eso, tras esta primera fase de intervención en la que están inmersos gracias a la aportación de la Junta –con limpieza en superficie, identificación de estructuras visibles y una pequeña cata en el lateral de la iglesia junto a una puerta que daría acceso al patio, a fin de dibujar una planta general del monasterio–, plantean una fórmula de colaboración con la Universidad de Valladolid para que los estudiantes puedan realizar prácticas de arqueología.

Aunque aún no se han establecido contactos con la UVA para llevar a efecto la propuesta, aclaran tanto el alcalde de Urueña, Francisco Rodríguez, como el arqueólogo encargado de los trabajos, Jesús Álvaro Arranz, confían en que la propuesta salga adelante por ser beneficiosa para ambas partes.

Así, mediante campañas de excavación durante los veranos, el objetivo a medio plazo es hacer visitables las ruinas para que en el futuro el público pueda acceder a ellas –a través de un desvío que el Ayuntamiento tiene previsto acometer desde la ruta de senderismo que han habilitado y que están pendientes de homologar– y que puedan recorrer las dependencias como los antiguos moradores.
Esos «de la pobre vida», como se alude a los monjes fundadores en la documentación hallada sobre el monasterio, que buscaron cobijo junto a las huertas de la ermita de San Cristóbal, procedentes del de San Nicolás, situado junto al Sequillo, para establecerse como ermitaños.

«Cuando Bueso y otros hermanos abandonaron su antiguo convento, no perseguían sólo la soledad, ansiada por todo buen eremita, sino, probablemente, la cercanía de otro monasterio con más recursos –el entonces llamado de San Pedro de Cubillas y ahora la Anunciada– al que podrían recurrir en caso de necesidad», relata Joaquín Díaz sobre aquel episodio, acaecido en torno a 1380, que dio lugar años después a la construcción del monasterio cuyas ruinas se están tratando de recuperar.

Aunque en un primer momento parece que la vida de estos monjes nativos se rigió como si se tratase de una asociación, es decir, sin la figura de un superior, «seguramente vieron pronto la necesidad de acogerse a una regla de vida» y Fernando de Tibona, quien «regía los destinos del eremitorio», solicitó a la diócesis de Palencia acogerse «de forma oficial en la orden benedictina», continúa el etnógrafo.

Fue entonces, a mediados del siglo XV, cuando se bendijo el lugar, se colocó la primera piedra del nuevo claustro, y se señaló dónde debían edificarse la iglesia, el convento, el cementerio y el resto de dependencias necesarias, tal y como recoge la documentación recabada por el experto, pero «las traiciones de Tibona» desembocaron en pleitos y finalmente, bajo arbitrio papal, se resolvió que dependieran de la abadía de San Benito de Valladolid.

De hecho, ensalza Díaz, uno de los asientos de la sillería de San Benito que se conserva en el Museo de Escultura pertenece al abad de El Bueso de Urueña, un monasterio que continuó siendo «pobre» pero con actividad y «sólidamente asentado» hasta la desamortización de principios del siglo XIX.

En manos ya privadas, comenzó su decadencia, pues los nuevos propietarios sólo se interesaron en los terrenos agrícolas y no en la preservación del conjunto arquitectónico. «No hay madera en ningún sitio, ni objetos de valor o restos cerámicos, lo que nos hace pensar que los materiales se reutilizaron para otras construcciones», sopesó el arqueólogo encargado de la actual investigación, y también del estudio estratigráfico realizado en 1997, Jesús Álvaro Arranz.

Por eso, al hablar de expolio para comprender el estado de ruina actual, no lo relaciona con saqueos entendidos como robos u actos vandálicos, sino con la venta de piedras y otros elementos para darles una nueva utilidad. «No hay que olvidar, además, que siempre fue un monasterio pobre y pequeño donde hubo épocas en las que sólo vivió un religioso», remarca sobre el terreno en el que trabaja junto a otras dos personas y en el que prevé realizar la cata durante otra semana más.

El lugar seleccionado se encuentra entre uno de los laterales de la iglesia y el patio del claustro, pues los restos visibles que aún quedan en pie hacen pensar que había una puerta de conexión entre ambas estancias. Pico y pala en mano, prevén excavar dos metros de profundidad, hasta una cota parecida a la que ya llegaron hace más de veinte años en una zona aledaña y con un grado de conservación «bastante bueno», hasta desenterrar el suelo.

No fue la zona pensada inicialmente para llevar a cabo las labores arqueológicas, pero se vieron obligados por la limitación presupuestaria. En un principio, explica Arranz, querían intervenir en la cabecera de la iglesia, donde esperan se halle una sepultura y los restos de la torre dinamitada, pero los escasos restos visibles en pie corrían riesgo de venirse abajo y optaron por otro sector, también de interés.

El proyecto se aprobó el pasado mes de julio, aunque se está llevando a cabo ahora, una vez la Fundación Joaquín Díaz alcanzó un acuerdo con los Jesuitas de Villagarcía, actuales propietarios de los terrenos, para intervenir en la zona y sentar las bases de futuro, con el objetivo de que El Bueso se convierta en un recurso turístico más de la localidad de Urueña, por su importancia histórica.

 

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