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URUEÑA X ANIVERSARIO DE LA VILLA DEL LIBRO

Renacer más allá de la muralla

Este balcón desde los Torozos a Tierra de Campos ‘rompió’ hace tres décadas sus muros para iniciar un proceso de reconversión hacia el turismo cultural. Hace diez años se convirtió en la primera Villa del Libro de España y en el municipio con más librerías que bares. Confía en el equilibro para no «morir de éxito»

LAURA G. ESTRADA
17/04/2017

 
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Han transcurrido tres décadas desde que Urueña iniciara una nueva vida más allá de su muralla. Tres décadas desde que comenzara a experimentar un lento pero imparable proceso de transformación desde la vida agrícola y ganadera, común a la de cualquier otro pueblo del entorno de Torozos y Tierra de Campos, hacia una vertiente cultural que le ha posicionado en el mapa del siglo XXI sin perder su esencia histórica del medievo.

La ruptura simbólica de los muros de piedra para abrirse al público se ha apoyado en la convivencia de los oficios tradicionales con la llegada de un abanico de negocios vinculados al crecimiento rural sostenible, gracias a la transformación de antiguos corrales en museos y librerías. Una unión entre el silencio característico de un pequeño enclave que no llega a los 200 vecinos, y el bullicio de los turistas, que ya se cuentan por miles.

En 2007 Urueña se convirtió en la primera Villa del Libro de España y este año, inmerso en la celebración del décimo aniversario del título sigue siendo –por el momento, pues hay otra solicitud en proceso en Andalucía– el único municipio del país con este reconocimiento de la International Organisation of Book Towns (OIB).

Presume de ser el único con más librerías que bares. Y fue el enclave más pequeño en tener una librería, la de Alcaraván que regenta Jesús Martínez desde hace un cuarto de siglo, especializada en arquitectura, artesanía, costumbres o música, entre otras categorías. Desde su llegada han proliferado y ya son diez los vendedores de libros, cada uno volcado en una materia, hasta convertir Urueña en «la reserva en papel del libro tradicional en una época de paulatino y sistemático avance digital».

Así también lo atestigua Inés Toharia, responsable junto a Isaac García de la librería sobre cine El Grifilm. «El libro sigue teniendo mucho interés; entre todos hemos sembrado una semilla y queremos que crezca», destaca esta madrileña que decidió trasladarse junto a su pareja desde Estados Unidos hasta Urueña hace seis años –«tras el boom inicial»– atraídos porque ya habían vivido en la primera Villa del Libro, la de Hay–on–Wye en Gales, impulsada por Richard Booth.

Como ocurriera en el enclave de Gran Bretaña, también en Urueña el título supuso un punto de inflexión. «Antiguamente solía acercarse algún pequeño grupo de personas que se escapaban desde la autovía, y al llegar me preguntaban si teníamos Coca-Cola, como si hubieran descubierto una ciudad perdida del Amazonas», recuerda Luis Antonio Vallecillo, responsable, junto a su mujer, Olga, del Mesón Villa de Urueña, uno de los seis establecimientos hosteleros de la localidad. Ahora, treinta años después de abrir sus puertas, dan un centenar de comidas los fines de semana y más de diez a diario.

«Era un pueblo metido en la muralla, y aunque el encanto patrimonial lo ha tenido siempre, le faltaba el impulso económico», destaca Carmen, la responsable de la oficina de turismo, después de explicar a Alberto y Nilda los recursos de Urueña. «Venimos de Toro y nos dirigimos a Valladolid, pero la dueña del hotel nos dijo que éste era un pueblo singular y nos hemos llevado una grata sorpresa», manifestó esta pareja procedente de Pamplona, fascinada por sus «vistas extraordinarias».

Esa singularidad de calles salpicadas de museos y librerías que acompaña al encanto paisajístico ha ido creciendo desde los sólidos cimientos que el etnógrafo Joaquín Díaz sentó sobre Urueña en 1988, al abrir allí las puertas de la Fundación que lleva su nombre con el objetivo de difundir la cultura tradicional a estudiosos y a gente interesada en conocer su patrimonio.

Había vivido en Madrid y después en Valladolid y no tenía ningún vínculo con Urueña, pero la Diputación de Valladolid le ofreció una casa que habían adquirido con la intención inicial de convertirla en parador, y allí se trasladó, a ese lugar que siempre ha definido como una «ruina noble». «Lo conocía porque había ido a grabar un programa de televisión sobre villancicos y me pareció muy bonito, con una historia y una tradición que no se podía obviar», explica.

De aquellos inicios, Díaz recuerda la confusión de los paisanos porque pensaban que regentaría un mesón. «Me sentaba a hablar con los pastores y un día se acercó un carnicero a decirme que me tenía que enseñar a cortar un jamón».

Nada más lejos de la realidad. No se puso el delantal, sino que cogió la batuta para desarrollar unos transgresores conciertos de verano, al principio con la presencia de cincuenta o cien personas. Llegaron a registrar 700 y tuvo que coordinarse con el cura para que no se solapasen con las misas. «Eran los únicos conciertos que entonces se hacían en la provincia y fueron ganando tanto público que hasta venía la Guardia Civil, pero teníamos que respetar las costumbres de aquí».

Música, conferencias, simposios... La vida rutinaria de Urueña comenzó a cambiar. Pasó «de la tranquilidad a tener más ambiente», comenta Agustina Pérez, una vecina que reside en Urueña desde hace 45 años. «Y estamos muy contentos». Mientras acude a comprar pescado, alertada por los avisos del claxon del furgón, recuerda cómo antiguamente se temía por la desaparición del pueblo ante la escasa población y ahora las casas han vuelto a abrir sus puertas e incluso se construyen nuevas residencias.

Su indumentaria, una bata y zapatillas de andar por casa, contrasta con la de María Isabel, una mujer procedente de León que pregunta por la oficina de turismo, aconsejada por la recomendación de su hijo mayor y de dos amigos.

También esta convivencia entre oriundos y forasteros se aprecia en los bares. Mientras unos excursionistas de Quintanilla de Onésimo hacen un descanso después de visitar el Museo de las Campanas, Soledad Vallecillo busca su hueco a un lado de la barra. Esta agricultora de 44 años, natural de Urueña aunque vive en Valladolid, destaca el giro experimentado en la localidad y lo compara con el devenir de otros pueblos de alrededor.

«Siempre ha tenido un encanto especial y, aunque tanto visitante da alegría al pueblo, quizás es demasiado. Ya no es un pueblo como los demás y a veces da miedo dejar a los niños solos en la calle», sopesa la mujer hasta inclinar la balanza hacia un «resultado positivo».

Las cifras de visitantes no dejan lugar a dudas del impacto que tiene el sello de Villa del Libro en un enclave tan pequeño que mantiene un índice de población cercano a los doscientos habitantes gracias a que el éxodo a las ciudades en décadas anteriores se ha equilibrado con la llegada de personas, vinculadas sobre todo al mundo editorial, que apuestan por el medio rural como entorno de vida, destaca el alcalde, Francisco Rodríguez.

A pesar de su escaso censo, las personas que pasean por sus calles se llegan a multiplicar por trescientos. En 2016 registró 60.337 visitas, convirtiéndose en el segundo de los ocho centros que gestiona la Diputación de Valladolid a través de Sodeva, sólo por detrás del Museo del Vino de Peñafiel. La cifra se mantiene estable, con pequeñas oscilaciones, desde que se inaugurara la Villa del Libro, si bien en las fechas fundacionales llegó a recibir casi 71.000 turistas. En una década, ha cautivado a más de 600.000 y confían crecer tras la instalación de una señal en la autovía A-6.

Todo ello gracias a la significativa inyección económica de la Diputación, que invirtió tres millones de euros en el acondicionamiento de buena parte de la muralla, en la disposición de locales para albergar las librerías y en la construcción del e-LEA, el «centro neurálgico» que alberga el Museo del libro y de la Escritura y sirve de sede a presentaciones, lecturas poéticas, conciertos y el resto de actividades culturales, destaca el director de la Villa del Libro, Pedro Mencía.

Es allí, en una de las salas del edificio, donde un grupo de estudiantes del colegio San Pío X de Orense participa en un taller de caligrafía antigua impartido por María Trigueros.

La amplia oferta de propuestas garantiza el futuro del enclave –que en 2013 logró también incluir su nombre en la guía de Los pueblos más bonitos de España– según coinciden en señalar los libreros, el director o el alcalde. Pero guardando siempre un equilibrio para no desvirtuar la esencia del pueblo para que, como reflexiona Joaquín Díaz, «Urueña no muera de éxito».

Convivencia de tradición y modernidad como medio de vida

El sector primario sigue siendo un pilar fundamental en Urueña, con cuatro explotaciones ganaderas en funcionamiento y una veintena de agricultores en activo, entre ellos Soledad, pero los servicios ganan cada vez más terreno hasta haberse creado una red de convivencia entre los oficios más tradicionales y las nuevas propuestas, como la impulsada por Juan Antonio y Alyson, que han habilitado una zona de degustación en su tienda de productos artesanos, que primero fue un estudio de diseño. También Luis Antonio y Olga han tenido que ‘hacer hueco’ a nuevas propuestas gastronómicas en su Mesón Villa de Urueña, donde hace tres décadas la «lumbre antigua» era la estrella de la carta. Y Jesús, en su librería Alcaraván, vende miel, queso, chocolate o cervezas artesanas, de empresas asentadas en el mundo rural para favorecer los productos de cercanía. / L.G.E.

RECORRIDO A TRAVÉS DE SU AMPLIA OFERTA

Librerías y tiendas. Alcuino Caligrafía&Arte, Primera Página, La Bodega Literaria, El Grifilm, Páramo, El Rincón del Ábrego, Alcaraván, Efímeros Pluscuam(im)perfectos, La Boutique del Cuento, Libería Enoteca, Más Libros&Libros, TF Librería y taller de Encuadernación Artesanal.

Museos. Fundación Joaquín Díaz, Museo de la Música (colección Luis Delgado), Museo de las Campanas, Centro e-LEA Miguel Delibes, Museo del Cuento (colección Rosana Largo) y Espacio DILAB.

Hostelería. Mesón Villa de Urueña, Restaurante El Paglo de Marfeliz, Restaurante los Lagares, Cafetería-Librería El Portalón, Centro Social, Apartamentos Rurales Carrelalegua, Casas rurales Los Beatos y Los Ilustres y Hotel Rural-Restaurante Pozolico.

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