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Joyas niponas en el corazón de Los Torozos

Asami Hatano vende kimonos y otras prendas de la vestimenta tradicional de su país en Wamba. Llegó hace 12 años para enseñar japonés en la Universidad de Valladolid. Ahora ha cambiado la tiza por una moda con personalidad.

E.L.V. / VALLADOLID
02/01/2018

 

Centenario y sensual. Es uno de los símbolos de la cultura nipona. A primera vista es sencillo pero en su corazón atesora tradición y protocolo. Cada puntada desprende cientos de significados y sentimientos, muchos de ellos llevan el sello, la marca y la mueca de su costurera.

El kimono recoge sosiego, detalle y belleza. Es el centro de la vestimenta japonesa. Y nada esta sujeto a la improvisación. Su fabricación, la manera de lucirlo y, más tarde, de guardarlo tiene sus propias reglas desde hace siglos. Es verdad que en España esta prenda ha influido en la moda, el arte y los gustos en gran parte de la sociedad. Eso sí, de una forma diferente. El clásico es ese que centra la sensualidad en la nuca, con telas ornamentadas y los obi –fajas que se utilizan para decorar– anudados con formas caprichosas y únicas.

La cuestión es que estas joyas no se encuentran en los percheros de los grandes almacenes. No obstante, es posible hacerse con uno de ellos en Valladolid, en concreto en Wamba. La localidad situada en el corazón de los Montes Torozos esconde un establecimiento donde su dueña, Asami Hatano, vende kimonos y otras prendas de la vestimenta tradicional de su país de origen.
Kimono Hana es un rincón donde poder adquirir estos atuendos tan especiales. Asami llegó a España hace 12 años para enseñar japonés en la Universidad de Valladolid. Entre clase y clase decidió que su futuro no se escribiría delante de una pizarra, tiza en mano, sino rodeada de kimonos, unas ropas que conoció con siete años gracias a su abuela.

Desde ese momento cayó en su hechizo. Con ella ordenaba el armario, revisaba cada uno de ellos y desempolvaba viejas historias. «A mi abuela le gustaba verlos extendidos sobre el tatami y dejarse cautivar por sus colores y su tacto. Los doblaba con cuidado y los envolvía en papel con la delicadeza y la familiaridad de quien sabe que trata con algo precioso e íntimo al mismo tiempo», recuerda con nostalgia.

En su local quiere seguir rescatando leyendas. Cada una de las piezas ha tenido una vida en Japón. ¿Quién sabe si se lo puso una geisha o una emperatriz? Lo importante es dejar volar la imaginación. «Los kimonos dan originalidad y muchas posibilidades en el guardarropa de alguien con personalidad en el vestir», expresa Asami, antes de comentar que son obras de arte, unas más antiguas, otras menos, de la segunda mitad del siglo XX.

En este sentido, señala que uno de los tesoros más preciados que tiene es un kimono de hace 70 años. Indica que se reconoce a simple vista porque tiene peculiares estampados y en la tela se esconden numerosas técnicas para tejer. Una pieza única seleccionada por ella misma que sirve tanto para vestirse como elemento decorativo inimitable.

La esencia de los más antiguos es que muchos están puestos al revés. En Japón, en la época de posguerra, estaba prohibido hacer ostentación del lujo. Por eso algunas piezas tienen su parte más valiosa en el interior.

El kimono cae recto, las curvas del cuerpo pasan desapercibidas, potenciando el misterio de lo que hay debajo. En ese punto, se encuentra una de las principales diferencias con los que cualquier persona puede comprar en una tienda de moda tradicional. En Occidente se apuesta por revelar la forma del cuerpo, mientras que en Oriente el protagonismo se lo lleva el tejido. De hecho, para disimular las japonesas se colocan almohadillas en zonas estratégicas como los pechos, la cadera o el trasero.
Su forma de colocación es particular y sencilla, asegura la propietaria de Kimono Hana. «Con cualquier vestido o camiseta lisos van estupendamente los haoris –chaquetas de seda–. También utilizando un cinto un kimono largo se puede convertir en un vestido muy original», destaca. No obstante, siguiendo el patrón marcado desde hace cientos de años hay que colocar cada doblez es su sitio y respetando, por ejemplo, las medidas entre la nuca y la tela, al máximo.

Hay modelos para todos los gustos y edades. En Japón los de larguísimas mangas sólo son aptos para jóvenes. Los ropajes blancos para ceremonias nupciales, mientras que los más sencillos para la hora del té. Hay que tener en cuenta que las personas de menor edad van más tapadas, por el contrario, las mujeres adultas y casadas pueden enseñar más el cuello y sus estampados no son tan llamativos, además llevan unas lazadas más bajas.

Asami Hatano vende también obis, cordones de seda y una colección de camisas que están realizadas por una modista japonesa con telas que, por su antigüedad y belleza, valía la pena conservar. Asimismo, cuenta con una línea infantil. «Tenemos bodis y pijamas de primera calidad, confeccionados en Japón con fibras naturales, cómodos y prácticos y con un peculiar aire a kimono».

Los obis destacan por los magníficos bordados y brocados de sus motivos decorativos. Expone que son muy recomendables como decoración, en casa o en cualquier espacio al que se le quiera dar un toque especial. Tienen una longitud de cuatro metros. Otro complemento es el obijime, cinto o cordón que se colocaba sobre el obi. De seda, tejido o trenzado, es un complemento bello y versátil para todo tipo de ropa, apostilla Asami.

El público que acude al establecimiento es muy variado, desde veinteañeros a señoras de más de 70 años. «Curiosamente, las prendas que eligen les encajan perfectamente como si fueran piezas de puzles pérdidas», dice. De hecho, anécdotas sobran. Una de las que más ha marcado a la japonesa es cuando una clienta se enamoró de una pieza y se la llevó. Al poco tiempo trajo a su hija y también a su nieta. «Ya todas las generaciones tienen una pieza igual que las japonesas», cuenta muy emocionada al recordar una tradición que tantos buenos recuerdos le traen a la mente.

De cara al futuro, Asami quiere seguir siendo «el puente» entre las manos japonesas y las españolas para entregar auténticas joyas. Por ello insiste en que la diferencia con los productos que se pueden encontrar en las tiendas españolas es la seda trabajada de forma minuciosa para que dure más de 100 años. «Vamos a seguir potenciando un estilo que hemos conseguido poner de moda en España», concluye. Y todo desde Wamba, un pueblo que el destino colocó en su camino. Ahora se encuentra a miles de kilómetros, cómo no, buscando tesoros en la tierra de su infancia.

 

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