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TRIBUNA

Tomémonos en serio la cultura

El autor ve obligado que «los países europeos conformen un bloque de la escala y nivel de los que actualmente más pesan en el mundo, porque sin cohesión cultural la integración de una Europa unida no llegará a ser viable»

LUIS DÍAZ VIANA LUIS DÍAZ VIANA
16/05/2018

 

Hubiera motivos o no para asignarle su autoría, parece que la siguiente frase –apócrifamente atribuida a Jean Monnet por unos y otros– muy bien podría haber sido asumida por él en su calidad de padre o ideólogo de la Unión Europea: «Si tuviéramos que comenzar ahora la construcción de Europa la iniciaríamos por la cultura». Y, en cualquier caso, la aceptación por muchos de la verdad que esta frase nunca dicha esconde, sí sugiere el reconocimiento de una necesaria rectificación por parte de los artífices de la Unión Europea respecto a lo que quizá deberían haber sido las prioridades de ese proceso de integración de los distintos países y legislaciones. Pues sí que pasa por auténtica otra declaración de Jean Monnet en la cual se cifraría la verdadera pretensión del sueño europeo de los fundadores: «Nosotros no coaligamos estados, unimos a las personas».
Sin embargo, ni siquiera los estados se han unido o religado más allá de loables acuerdos o tratados de cooperación, porque quienes –sobre todo– lo han hecho han sido el mercado, la economía y las finanzas. Sólo éstos, así como las políticas normativas y directrices en estrecha relación (si no servidumbre) con ellos parecen haberse tornado –y no siempre para el bienestar de los ciudadanos– efectivamente comunitarios. La urgencia de desarrollar al tiempo una cierta consciencia de la necesidad de una reunificación en lo cultural iba quedando sistemáticamente relegada. Y cuando, al fin, se incorporó tal idea al panorama de la integración de nuestras naciones en el proceso fue, como vamos a ver, casi siempre arrastrando ciertos condicionamientos y «tics» que explicarían ese déficit inicial de la cultura en el plan general de construcción de la UE. Justo es recordarlo en este Año Europeo del Patrimonio Cultural para poder reflexionar con rigor sobre lo que, efectivamente, se ha venido haciendo en materia cultural en Europa e identificar los desafíos con que nos enfrentamos.
Porque las aproximaciones a las planificaciones culturales vendrían lastradas por una actitud más bien temerosa en la mirada «hacia dentro» y una sensación algo vergonzante en la proyección «hacia fuera». Temor por despertar viejos conflictos al mirar y reconocer las comunidades que, con sus lenguas y culturas diversas, componen no sólo Europa sino los propios países que integran la Unión; vergüenza por levantar fuera del ámbito europeo las suspicacias y recelos de todo tipo que dejó en tantas remotas latitudes la expansión colonialista.
Todo ello ha provocado que cuando, tardíamente ya, se establecieran programas europeos sobre la cultura éstos rehuyeran la búsqueda de sustratos comunes y se copiaran modelos como el francés, bien asentados en una visión hegemónica de lo cultural y en su posterior reconversión en industria: redes de museos, de archivos, declaraciones y premios que supusieran la consagración de artistas o entornos y ciudades monumentales estarían en el repertorio de los objetivos prioritarios de tales programaciones. Una idea de cultura, pues, muy ligada a lo que Gramsci denominó «cultura hegemónica» y que no admite ni incorpora fácilmente –en su dimensión de cultura nacional– diversidades culturales ni lingüísticas. No obstante, y paradójicamente, cuando los programas culturales intenten trocar los obsoletos planes de «ayuda al desarrollo» en los países del tercer mundo por una terminología más «puesta al día» se recurrirá –terminológicamente– a la supuesta panacea o amuleto comprendidos bajo la etiqueta de la «diversidad cultural», para conjurar posibles críticas postcoloniales. O disimular, así, la arrogancia con que desde hace siglos las oligarquías europeas tratarían tanto a sus «salvajes de dentro» –los campesinos–, como a sus «salvajes de fuera» –los nativos de las colonias–.
Uno y otro complejo se vieron largamente traducidos y plasmados en una actitud timorata hacia la posible construcción europea sobre sus identidades diversas –dentro de una identidad común–, o en el sentimiento de culpa ante unas políticas que, en efecto, fueron muchas veces auténticas estrategias expoliadoras por debajo del afán civilizatorio con que se presentaban. Y ambos síndromes deben ser superados, ya, para afrontar un futuro en que los países europeos conformen un bloque de la escala y nivel de los que actualmente más pesan en el mundo, porque sin cohesión cultural la integración de una Europa unida no llegará a ser viable. La incorporación de un enfoque renovado y más antropológico de la cultura, como el comprendido en el concepto de Patrimonio Inmaterial y en las políticas, programas y directrices impulsadas por la UNESCO (que derivan fundamentalmente de sus declaraciones), ha llegado tarde al concierto de los planes y acciones de integración europea. Y no será demasiado efectivo si se reduce, como en ocasiones está pasando, a inventariar y difundir lo más decorativo, impactante o típico.
Pues tal reenfoque tiene que constituir un verdadero giro antropológico en el tratamiento de la cultura o no será nada. Como mucho, todo su despliegue nominativo e institucional entrará a formar parte de ese ya largo y conocido deterioro de conceptos relacionados con las culturas no dominantes o «subalternas» que acabaron en etiquetas viejas y marcadas por connotaciones negativas: «folklore», «cultura tradicional», «tradiciones populares», «patrimonio etnográfico»… Desgaste terminológico que no se resuelve con la reconversión «ipso facto» de esa industria del pintoresquismo en una pretendida antropología sobre lo autóctono de la noche a la mañana, sin formación académica o reflexión teórica ni haber cambiado anteriores planteamientos sesgados y banales respecto a la cultura.
Por el contrario, ha de resultar crucial, de un lado, buscar el sustrato común de la cultura europea –que no es otro que el de la romanidad y el legado grecolatino– en sus expresiones culturales populares, ya que los discursos de las culturas nacionales sólo han ahondado hasta ahora las diferencias entre gentes o regiones. Y, de otro lado, se va haciendo necesario reivindicar –más allá de las sombras, que las hay, de la historia europea– lo que el pensamiento occidental ha aportado al diseño y avance de la humanidad en su conjunto.

Luis Díaz Viana es investigador del Instituto de Estudios Europeos, Profesor de Investigación, Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades.

 

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