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TRIBUNA

Tabarnia: fuñones y patrioterus

El autor señala que la broma de Tabarnia explota la enorme fractura política entre los catalanes. «Claro que sí existe un problema en Cataluña; un problema político, al que hay que buscar soluciones políticas, no judiciales» 

ÁNGEL LOZANO ÁNGEL LOZANO
07/02/2018

 

Empleo estos vocablos del bable/astur en honor a los orígenes de la Reconquista del Reino de España, desde D. Pelayo y sus victorias milagrosas contra la morería ayudado por la Virgen de Covadonga.
Fuñón significa «tacaño, que retiene con avaricia». Y patrioterus, son esos nacionalistas españolistas, patrioteros, de las banderitas, pulseritas y del «viva España, campeones».

El nacionalismo más provinciano –más arcaico y rural– se asemeja al bizkaitarrismo paleto, que decía Unamuno sobre los orígenes del vasquismo de Sabino Arana. Cuando, hace unos meses, escuchábamos y veíamos en ETB calificar a España de tierra de «fachas, paletos y atrasados», nos preguntábamos si aún perduraban la xenofobia y el racismo fundacional en el nacionalismo vasco del carlista de Abando. Inocentes nosotros, pues considerábamos que las rabotadas de Arzalluz  y de algunos herribatusaneros, estaban ya erradicadas de las hemerotecas.

Pero, sin embargo, también Unamuno defendió –enérgicamente, jugándose la vida– a los vascos y catalanes de los ataques de los fajistas y fascistas en el Paraninfo de la Usal en plena guerra civil española: «…Se ha hablado también de los catalanes y de los vascos, llamándoles la anti-España. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo (Plá y Deniel), catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española y no…».

Quede claro de antemano que yo siempre he defendido el derecho a decidir de los diferentes pueblos españoles y he criticado las aberraciones y las tendencias represoras e inquisitoriales de los que aplicaron el art. 155 en Catalunya. Y protesté contra los abusos de las políticas opresivas en el País Vasco –a todo quisque– cuando el terrorismo etarra. He apostado por la plurinacionalidad de España, un «concierto político y social con horizonte confederal», trabajando por el diálogo y el acuerdo para resolver conflictos y encontrar soluciones políticas –no judiciales– en la defensa y actualización del autogobierno.

Pero respetar la tolerancia a las nacionalidades, a sus identidades, de catalanes, vascos, gallegos, etc., debe ganarse a pulso. Y muchos políticos independentistas, sobre todo catalanes, han estado últimamente muy lejos de ello.

Hay que reconocer que el binomio gubernamental –CIU y ERC– tenía de progresista y de independentista lo que yo de obispo de Teruel que –con perdón– «no sabemos si existe y si tiene obispo». ¿No fue el honorable Artur Mas el presidente de la Generalitat de Catalunya, con algún diputado actual, y con el consejero de Interior de entonces, Felip Puig, cuando el 15M, en la Plaza de Cataluña, ordenaron aquellas brutales palizas, con saña, de los Mossos d´Escuadra a los manifestantes, progresistas, de izquierda, ahora en la CUP, en En Comú Podem, o en asociaciones vecinales y sindicales? Y cuando los recortes sociales y salariales, y los desahucios, repartían pelotazos y fastidiaban los ojos y las caderas a los ciudadanos, ¿no eran dirigentes de CIU o de ERC los que mandaban en la Generalitat?
Atuñáus del nacionalismu –otros vocablos en bable– son estos independentistas de pacotilla, poco demócratas y que siempre han ido a lo suyo. Y han provocado fuertes tensiones secesionistas irreparables. En este país, con muchos problemas, con un Gobierno de la derecha más dura y una izquierda débil, ha crecido el número de patrioteros españolistas gracias a las maniobras de un pacato independentismo unilateral, y a los continuos errores del PP.

La cosa de la porfía catalana ya venía desde los tiempos en que el clan familiar Pujol y algunos dirigentes de CIU estaban en la timba de la corrupción y de las prebendas y con el «trile» del dinero de empresas a sus bolsillos y a sus cuentas bancarias y a las del partido. Cuando la cosa se vio mal, –en una suicida huida hacia adelante, a lo imposible–, Artur Mas y después Puigdemont, cogieron el timón de CIU, PDeCat o JxCat, para blanquear corrupciones e imponer una independencia unilateral en la que ellos nunca creyeron realmente. Son fuñones, los de «la pela por la pela», y a dominar más autonomía, más financiación para Cataluña –añorando el cupo vasco–, pero protegidos dentro de un estado federal o el que sea.

También la cabezonería en las gestiones del PP, primero con Aznar y luego con Rajoy y con casi todos los dirigentes catalanes peperos desde hace 15 años, nos han llevado a esta matraca catalana. Y solo se le ocurre a Rajoy y al PP eso de «frenar al Cs», o ignorarlo: «Ese asunto del que usted me habla». Ni siquiera ven la realidad cruda de que su partido ha desaparecido en Catalunya o Catalonia. O también llamada ahora Tabarnia, como dicen con mal gusto y sin innovación política, pero con más cachondeo que retranca, muchos españolistas de nuevo cuño.

O sea, seguimos en la propaganda y con las peroratas rupturistas. Tenemos dos discursos reduccionistas que se retroalimentan: españolistas patrioteros contra independentistas fuñones. Lo de tender puentes de diálogo no va con estas dos visiones de Cataluña.

La broma de Tabarnia explota la enorme fractura política entre los catalanes. Claro que sí existe un problema en Cataluña; un problema político, al que hay que buscar soluciones políticas, no judiciales, señores del PP. «Hay gente en la cárcel por defender un programa político que dos millones de personas han refrendado el pasado 21 de diciembre».

Y aunque nos pese, existen presos políticos en España, en Catalonia y en Tabarnia; lo veamos como lo veamos, señor Rajoy. Claro, presos y dirigentes políticos independentistas, con delirios de grandeza, muy fuñones e “iluminaos”.

Ángel Lozano Heras es profesor y escritor.

 

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