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¿QUO VADIS UNIVERSIDAD? (I)

Reseteen sus cerebros

 

SÓCRATES ERA albañil. Si resucitase, no necesitaría más de una mañana para ponerse al día y levantar casas en el sector del ladrillo. En la sociedad del conocimiento no es tan fácil, las cosas mudan de forma abrupta y con rangos de aceleración nunca vistos. Einstein sentenció que, «en caso de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento». Y deduzcan ustedes que se refería al conocimiento que utiliza la imaginación como cabeza tractora.

Aquí y ahora, los conocimientos se acreditan con métodos administrativos, con un documento, un salvoconducto o título. ¿Se debieran acreditar, sin embargo, a capón, sin tanta intermediación, poniendo conocimiento encima de la mesa de trabajo? Parece una pregunta ociosa o inocua. Los partidarios y seguidores de la segunda opción, sin embargo, crecen exponencialmente. ¿Cómo la respondemos los españoles? Hay que lograr, decimos, que los salvoconductos expedidos por la Administración, por nuestras instituciones, coincidan con conocimiento y experiencia real. Es una respuesta conciliadora y templada. Y parece, desde luego, el pivote ideal sobre el que puede girar la reforma universitaria de España. En un mismo lance, salvamos la institución universitaria, su prestigio, muy desmejorado, y proclamamos nuestra adhesión al conocimiento. Sencillo. ¿Es lo que necesitamos? ¡Quía! Las palabras no rectifican la realidad ni reemplazan a los hechos ciertos. ¿Qué son el MIT, Stanford, Harvard, Oxford u otras universidades de la ‘Liga de la Hiedra’ (Ivy Leage), instituciones o marcas? ¿Son ‘Campus Universitarios’? Claro que lo son, aunque la idea de ‘Campus’ adjetiva más que sustantiva su actividad, y es algo que puede importarle a un español, a ciertos europeos y a nadie más y que, a todas luces, resulta obvio, es pregunta, retórica y contemplativa.

Entre los activos que son apreciables, que nutren y engrandecen el buen nombre de los integrantes de la Liga de la Hiedra, son escasos, créanme, los que tienen que ver con sus ‘Campus’, cada vez más irrelevantes frente a la aportación de sus Hubs de talento proactivo. Los activos de mayor peso son sus empresas, laboratorios/empresa, institutos/empresa, talleres/empresa, patentes, derechos, opciones, etc. Estas instituciones son expertas en líneas transversales y oblicuas, expertas en la menor distancia, en el recorrido más corto, entre el talento y sus start-ups y spin-offs. ¿La recluta de talento para sus laboratorios, institutos, talleres o hackerspaces procede de sus propios ‘Campus’? Quizá sí hace una o dos décadas. Ahora, procede de las líneas transversales, de las innumerables pasarelas, que no descansan en crear (hacer cosas), entre el talento y el objetivo, saltándose el ‘Campus’.

¿Acaso el talento natural, entonces, rinde más frutos que la formación adecuadamente estructurada? No es pregunta trivial ni fácil de responder. Se expande la hipótesis, no obstante, de que el talento natural necesita menos intermediación estructurada (formalmente) de lo que hasta ahora habíamos supuesto y todo invita a pensar que establecer pasarelas entre el talento y la acción es más productivo, sin comparación posible, que prescindir de ellas.

¿Y nuestros ‘Campus universitarios’? ¿Qué hacer, entonces, con nuestras universidades? En España hemos tomado decisiones hace tiempo al respeto. Decisiones estratégicas. La primera, salvar nuestras instituciones, por encima de todo, aunque sea con cuentagotas pecuniario (y, ya se sabe, «quien paga al gaitero, escoge las canciones»). La segunda, que el talento, por sus propios medios, tendrá que buscarse la vida y dejar de crispar la vida universitaria. Nada en nuestras estructuras puede ser creado para identificar talento, protegerlo o promoverlo. Y siendo insuficiente lo anterior, tomamos la decisión, inamovible, exacerbando nuestro divorcio de la realidad, que más importante que la excelencia académico-científica o la utilidad social de los ‘Campus universitarios’, son las cuitas gremiales (?).

¿Puede, hablarse, con tales premisas, de fracaso de nuestros ‘Campus’? En absoluto. De ningún modo, hemos cumplido todos los objetivos y con creces. Sólo cabe hablar de éxito y rotundo. Tenemos muchos ‘Campus universitarios’, muchos alumnos universitarios, más que ningún país occidental, porcentualmente hablando, y no existe familia que no posea al menos un miembro con ‘título de valor’ debajo del brazo, expedido por alguno de nuestros ‘Campus’. Es una lástima, también lo digo, que dichos títulos estén a dos minutos de ser expulsados del ‘parquet’ para quedarse, definitivamente, sin cotización. Después de tanto éxito, la sociedad, basta asomarse a los hechos, a través de sus políticos, nos regatea sin contemplaciones, el reconocimiento y el aplauso y pone en duda nuestros servicios y viabilidad. Lo hace retirándonos el dinero, estrechando la manguera, rebajando muchos puntos la sección del conducto que nos une al erario público. Lo hace sin clemencia, aunque bien sabemos que ese, precisamente ese, no es el problema prístino de nuestra alma mater, de nuestros ‘Campus’.

La denegación de la primogenitura al conocimiento, su subordinación a la institución (la Universidad) y sus quehaceres gremiales, es el talón de Aquiles de los ‘Campus universitarios españoles’. Le hemos quitado la primogenitura al conocimiento que es acción y experiencia y, por contra, exhibimos, sin atisbo de rubor, una organización del conocimiento atrabiliaria, muy antigua, desvencijada, con fuerte hedor a rancio. Y cuando te acercas, se ve la roña, dura como corindón. Tiendo a pensar que tenemos un problema ontológico que afecta al ‘qué’. Estamos demasiado entretenidos con el ‘cuánto’, el ‘cómo’, el ‘quién’ y el ‘cuándo’. El ‘por qué’, hay que decirlo, también estresa mucho por estos pagos.

Nuestros problemas, los problemas de los ‘Campus universitarios’ son de interés compuesto. Me refiero al algoritmo. Son problemas de un tamaño, a estas alturas, con lo que ha llovido, que empieza a ser inhumano. ¿Qué ocurriría si en lugar de ‘campus’ los llamásemos ‘pazos’, ‘quintas’ o ‘eras’, y los adjudicáramos al conocimiento, con mayúsculas, con una organización interna que premiara la acción, la experiencia, los resultados y las líneas transversales?. Los españoles tenemos problemas ontológicos, filosóficos, problemas profundos, lo repito, con el ‘qué’. En el lienzo de ‘Las Meninas’ de Velázquez, los españoles nos apresuramos a celebrar la epifanía real, los figurantes de la escena, sin percibir el efecto estupefaciente, deslumbrante, de la luz y el aire que atesoraba. Estamos, a las claras, más atentos al ‘sello’ que al ‘fuero’.

Para el ‘conocimiento’ nunca han sido buenos tiempos. Desde que sé de su existencia siempre lo he visto de igual modo, con la lengua fuera, con las fuerzas justas, exhausto, inquieto. Es una imagen, me consta, poco tentadora y que explica que los españoles seamos solícitos con el ‘sello’ y nada y menos con el ‘fuero’. Por favor, reseteen sus cerebros. Prefiero —y espero que lo entiendan— la imagen del conocimiento exhausto, como los ciclistas ascendiendo ‘La Camperona’ de Sabero, a esta otra de los cerebros petados, en blanco.

 

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