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TIERRA ADENTRO

Los ‘reden’ y los ‘cha’

 

LA red de conjuntos histórico-artísticos de Castilla y León es la colección de guindas más sabrosas del árbol geográfico del turismo de interior. La otra es la ‘reden’ (red de espacios naturales), en minúscula, para ganar cercanía con el común. De ahí que, junto a los ‘cha’ (conjuntos histórico-artísticos), sean las siglas –que me acabo de apropiar-– que han de hacerse un hueco, a codazos, si quieren destacar en el mapa de las ocurrencias, siempre bienvenidas, de los grandes sanedrines internacionales. Véase la Unesco, que bendice con regularidad territorios naturales biosféricos y eleva a los altares de la humanidad bienes materiales e inmateriales a los que, con el tiempo, se unirán los espirituales, como no ande listo el Vaticano. Otra cosa es el interés turístico y el natural. ¿Hasta qué punto quieren habitantes y gestores ser interesantes, interesados y naturales? ¿Quieren, de verdad, ser visitados sus moradores? ¿Qué reciben a cambio los que abren la puerta de la Historia, duermen bajo la techumbre de una arquitectura singular y viven rodeados de encinas y tejos? Y así espetaría el buen Sancho ante tanta frase excelsa de belleza y cumbre borrascosa.
Benditos organismos mundiales y normativas que delimitan y establecen qué trozo de mapa y territorio, qué monte y qué caserío deben entrar en el inventario de paraísos terrenales. El caso es que los ‘cha’ y los ‘reden’ ahí están, para orgullo patrio y exposición pública, pero sin facturar y sin rematar la faena de la rentabilidad. En resumidas cuentas: el dinero necesario para que los habitantes –o sea, la especie humana, en peligro de extinción entre tanto abedul y arte en piedra–- puedan seguir procreando y habitando sinuosos y bellos territorios con garantías.
Antes, el puntero se dirigía a los sitios rentables del mapa: aquí, cereal; al lado, ovejas y vacas, cerdos y pollos; y luego las viñas, con sus bodegas; pinos, con sus aserraderos; y montañas, con sus minas. Todo estaba compensado con los habitantes, que fijan población y trabajan muy duro. Pero ahora, cuando el puntero toca un cacho de mapa y señala un urogallo, un oso, un manuscrito o un capitel románico, resulta que allí no vive casi nadie. Vamos, que ya no hay paisanos y, lo que es peor, paisanas a quien cantar las marzas. A este paso, los ‘reden’ y los ‘cha’ se quedan solos bajo la atenta mirada de aves de gran envergadura, que hacen círculos sobre tejados y bosques sin apenas humanos abajo. Tendremos que hacérnoslo mirar. Digo.

 

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