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Prisión permanente

CÉSAR MATA CÉSAR MATA
15/01/2018

 

IMPRESIONA la lectura de la expresión: prisión permanente. Es cierto que hay que añadir la palabra revisable. Más impresionantes son, es cierto, los delitos, asesinatos, a los que tal pena puede aplicarse. Aquellos a los que, según el Código penal, se les pueda adjetivar como especialmente graves. No es, ni pretende serlo, en su sentido jurídico-penal, una cadena perpetua.

Alguno de los últimos crímenes sucedidos en España han hecho aflorar el debate sobre esta pena: su sentido, su aplicación y su necesidad. Firmar en caliente no es muy recomendable, y legislar mucho menos. Y lo que, desde luego, nunca debe hacerse, es dictar sentencias ejemplarizantes. Los fallos de los Tribunales no están para imponer nada que esté más allá de la recta y cabal aplicación de la norma. Ya existe en la ley la previsión de que los casos especialmente protegibles, por la notoria indefensión de la víctima, por ejemplo, vean modulada, agravada, la pena que ha de imponerse.

Para una sociedad asentada en el respeto a la Ley, emanada ésta por cauces democráticos, es tan importante erradicar la impunidad de los delincuentes como evitar los escarmientos selectivos a través de la Justicia como consecuencia de una especial sensibilidad social, normalmente causada por la inmediatez temporal de unos u otros acontecimientos.

La presunción de inocencia no es solo una garantía para el justiciable, también es una necesaria medida de salud ética para la sociedad, que no pocas veces actúa de modo reactivo superando incluso el desvalor del hecho frente al que dice reaccionar.

La existencia entre rejas no es algo baladí. Ya desde niño me interrogaba por lo que sentirían esas personas –con algunas de las cuales jugaba al fútbol junto con guardias civiles– a las que veía desde la ventana del pabellón del director de la prisión. Quizá también de aquella experiencia nació la vocación penalista de mi hermano Ricardo, hoy catedrático de la materia. Por cierto, felicidades.

 

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