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¿Por quién tañe la campana?

 

AMANECIÓ radiante, entre algodones celestes. Al caer la tarde, la luna roja volvió a bajar el telón, entre naranjas. Con los últimos rayos ambarinos, llegó el calamar de la noche y extendió su tinta. Se apagaron las luces de las casas. Y las bombillas de la calle larga. Solo quedaron prendidas algunas estrellas, de guardia esa noche. Este espectáculo vital solo se siente y alimenta cuando uno está a la intemperie, en la aldea, con el corazón abierto. Llave maestra que pocos manejan. Este ‘estado de cosas’ no cambiará. Lo que sí peligran son las ‘cosas del Estado’, las casas del común y las florecillas del campo; o sea, los agentes implicados en este escenario de soles, lunas y nubes. Me refiero al tapial, la piedra desconcertada, el heroico teito, las amapolas, las viboreras y las margaritas, que empiezan a esculpir su particular jardín japonés en la braña, la linde y el sembrado, cuando los herbicidas lo permiten. Porque el adobe, la piedra de cantero y la cubierta vegetal de paja o piorno son esas ‘cosas del Estado’ en gravísimo peligro de extinción; tanto como las golondrinas, que ya no vienen porque hemos profanado sus nidos del alero y del balcón.

Estaba un servidor a la puerta, cuando se me apareció un gorrión, saltando de teja en teja, sobre una techumbre herida de muerte, con las tripas abiertas, enseñando sus costillas abrazadas por ortigas y zarzas. Entonces me percaté de que los gorriones se están extinguiendo, y las casas y cosas del común, desapareciendo. En aquella ruina yo vi gente vivir y niños jugar. Entonces me dio por pensar en lo que hoy llaman patrimonio monumental, cultural, paisajístico, arquitectura vernácula, sostenible y así. Y recordé a los que construyeron pallozas, tenadas, casetas de era, cortinos, palomares, chimeneas pinariegas, molinos; aquellos brazos, que levantaron las casas del pueblo, las viviendas, las chozas del pastor, las estancias donde se nacía y se moría... las que tenían ranuras en la ventana, por donde te despertaba el sol muy despacito. Y, entonces, doblaron alocadas las campanas diciendo: «Tente nublo, tente tú, que Dios puede más que tú». Y el cielo se volvió infierno con espadas de fuego triscando al aire, se encogieron las flores, huyeron los gorriones y una ráfaga helada cayó del cielo. Una voz en la plaza gritó: «¿Por quién tocan las campanas?». Y un hombre mayorín, que la escuchó, miró hacia arriba y dijo: «Sabe Dios».

 

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