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En pocas palabras

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
15/03/2019

 

ME equivoqué, y por tanto rectifico. Me refiero a cuanto he escrito en prensa sobre mi ex alumna Soraya Sáenz de Santamaría, que no ha sido poco. Luego dicen que los profesores no tienen su corazoncito. Claro que lo tenemos. Yo guardaba un afecto sincero por esa muchacha que conocí en el Instituto Zorrilla de Valladolid por un montón de razones que no repetiré ahora. Siempre pensé que aquella joven llena de entusiasmo había acertado en lo principal.

Con sus altibajos en política, seguí manteniendo ese afecto a lo largo del tiempo hasta hace bien poco. Hasta que hace unos días la todopoderosa Soraya declaró en el Tribunal Supremo como testigo. Mi decepción fue kantiana porque en esa intervención, tan decisiva para la democracia, la libertad y la verdad, fue para mí como «la hora del marmolista» que aplicaba el filósofo alemán para las cosas que, de repente, mueren por un ictus cerebral y todo cabe en una breve lápida.
Pensé que era una demócrata de tomo y lomo, pero al oírla en el juicio –sin saber si defendía a la democracia o a los golpistas en una equidistancia imposible de hilar en una misma sesión– supe que para ella había dejado de ser una causa justa. Pensé, ay, que era una mujer libre de cabo a rabo, pero al oírla en el Supremo supe algo decisivo en un político: que renunciaba a llevar a cabo más conquistas por la libertad.

Pensé, ay, que la mi Sorayina, como dicen en mi pueblo a una cercanía real, tenía claro dónde estaba la verdad: esa que en Aristóteles está unida a la demostración tajante de la falsedad, sí. Pero al oírla en el juicio de los juicios que decide la unidad de España, supe que no, que había fichado por el catalanismo triunfante –no sé cuántos miles de euros la contemplan al año– con el despacho Cuatrecasas. Así que perdóname, hija mía, pero en estas tres cosas soy beligerante.

 

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