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VERLAS VENIR

Pícaros y peregrinos

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
21/07/2019

 

NO rompe ningún secreto desvelar que el camino jacobeo de peregrinación a Santiago fue también un coladero de pícaros y bribones, que al abrigo de los piadosos caminantes ‘disfrazaban sus intenciones y ocultaban sus desdichas’.

Es la lección que nos regala contemplar el Camino con una perspectiva más amplia y realista. El Padre Feijoo dio cuenta en el dieciocho de los tunantes que ‘con el pretexto de ir o volver de Santiago, se están dando vueltas por España casi toda la vida’. Dejarse llevar por la concurrida Calle Mayor de Europa, era una aventura con alicientes.

El pícaro de nuestra literatura clásica Estebanillo González confiesa una de las primeras ocurrencias para dar suelta a sus trapisondas: ‘Traté de ponerme en figura de romero, principalmente por comer a todas horas y por no ayunar en todos tiempos’.

Esta era parte de la marea humana que durante siglos siguió el rumbo del sol hacia el fin de la tierra conocida. Junto a los auténticos peregrinos, se desplazaban truhanes y buscavidas. Y a su paso, aprovechando el camuflaje de los bosques, se apostaban bandoleros que limpiaban la bolsa a los caminantes. Hay lugares en nuestra geografía que pasaron a la literatura jacobea europea como encrucijadas especialmente peligrosas para los peregrinos.

Así, los Montes de Oca, entre Villafranca y San Juan de Ortega, o la solitaria dehesa de Valdelocajos en el páramo leonés del Cea, o las rampas maragatas pobladas de robledales, o el puerto de Foncebadón, a menudo dominado por las nieblas. Por no mencionar el tramo de despedida, entre Vega de Valcarce y El Cebrero, todavía con el miedo en el cuerpo supersticioso de aquellos peregrinos por haber visto al mismo diablo en la ermita del Santo Ángel de Parajís. Y no es el único demonio del Camino.

En Sahagún, denostada por los caminantes devotos como lugar de perdición, se muestra en el Museo de las monjas benedictinas la imagen de la Virgen del Garrote, en la que el pobre diablo pone cara de pavor ante el gesto virginal de arrearle un sonoro mamporro.

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