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TRIBUNA - TEATRO

Maratones de consciencia

Elena González Vallinas
15/05/2017

 

SI ALGUNA función tiene cualquier disciplina artística, es la de remover las tripas, el alma y cuestionar aquello que recibe de la sociedad. Y digo «alguna», porque todavía hay quien piensa que el ser humano puede desarrollarse sin él. El arte, en el sentido más amplio de la palabra, la expresión artística, nos define como civilización, país y persona, por su presencia y por su ausencia, por mirar hacia otro lado o por alimentar el alma. Un país que no entiende de arte, de cultura, está muerto porque no puede pensarse, sentirse, auto explorarse.

Este año, el XVIII Festival Internacional de Teatro de Calle de Valladolid (TAC) ha decidido, no sólo alimentar el alma, sino ampliar la empatía de quienes dormimos cada día bajo un techo, ignorando la distancia y los obstáculos que separan a muchos otros seres humanos de la vida, y también de la muerte. Y lo ha hecho haciendo un llamamiento cuyo objetivo es reunir a 5.000 voluntarios en una playa, la de las Moreras, que el 27 de mayo, se transformará en todas las playas del Mar Mediterráneo y el Mar Egeo. 5.000 cuerpos en representación de las 5.000 personas que, huyendo de la guerra y perdiendo la vida en el mar, dejarán su huella en la playa de las Moreras.

Ponerse en el lugar del otro, desarrollar la empatía, es todo un arte y es, en definitiva, lo que propone la cultura en todas sus facetas artísticas: abrirse a la experiencia de la vida más allá de uno mismo. Yo me pongo en el lugar de Ofelia para que tú, como público activo, puedas ponerte en el lugar de Ofelia, y de Hamlet, y de Gertrudis a través de mí, y empatizar con ella, con él, con ella y, lo más importante, contigo mismo, para poder llegar de nuevo a mí. Porque sólo a través del auto conocimiento se puede llegar al conocimiento de otra persona, porque sólo puedo ver en los demás, lo que he experimentado antes en mí o en mis allegados, porque sólo puedo ver tu dolor, si soy capaz de reconocer el mío propio. Lo que hace el teatro, es facilitar el camino, ir eliminando barreras para que dé menos miedo acercarse a lo aparentemente desconocido, uno mismo.

El teatro de calle elimina una barrera que -a veces- nos parece infinita porque nos compromete, nos distancia y, sobre todo, nos ubica en un lugar desconocido que, en muchas ocasiones, nos atemoriza: la puerta. ¿Es quizá esa puerta la misma que nos conecta con nosotros mismos?

De manera que esta vez, la puerta está abierta: ¿quiere pasar? Usted puede morder las palabras que escucha, llorar de rabia, de dolor, gritar de placer… ¡Atención! Está permitido comerse la instalación artística. Sí, está usted en un museo, pero está permitido comerse esta instalación artística. No. No hablo en broma. Recuerdo una de las instalaciones del artista plástico cubano Felix González-Torres. Haciendo una descripción muy escueta, su obra estaba compuesta por un montón de caramelos idénticos colocados en el suelo de una sala y formando un rectángulo. La obra de arte, y así lo indicaba el artista, se completaba con el público. De manera que cada persona que visitaba la obra, podría formar parte de ella comiéndose o llevándose el número de caramelos que considerase oportuno sin que eso supusiera un perjuicio para la obra sino todo lo contrario. Están en lo cierto. El cuadrado de caramelos nunca desapareció. Sólo algunos valientes se atrevieron -entre risas y extrañeza -a coger uno o dos caramelos, siempre bajo la aprobación del personal de la sala.

El XVIII Festival Internacional de Teatro de Calle de Valladolid (TAC), a través de Colectivo Indignado, nos invita a atravesar la puerta, adentrarnos en las profundidades del yo para llegar al nosotros en una performance colectiva que podrá despertar conciencias, si el corazón lo permite. Y es que lo que no se nombra, no existe. Muchas veces, ni siquiera, en nuestras propias cabezas.

Sueños ahogados pretende visibilizar, nombrar y crear una vivencia individual y propia de cada persona que ha perdido la vida en el mar, buscando otra mejor. La puerta ha desaparecido, sólo necesitamos escuchar a nuestro cuerpo: ¿quieren ver qué hay tras la puerta? Les sugiero un inicio.

Elijan uno de los montajes que propone el TAC, cierren los ojos, transiten -por ejemplo- la música, y escuchen su cuerpo. Seguramente sientan que sus pies quieren moverse, entonces, ¡déjenlos bailar! Quizá sean sus manos, quizá sea todo el cuerpo... ¿Quién les impide moverlos? Si necesitan salir corriendo, ¡háganlo!, pero después pregúntense por qué se han ido, cuál ha sido el estímulo. Si quieren llorar, ¡lloren!, si quiere reír, ¡rían!, si quieren enfadarse, ¡enfádense! Ustedes tienen que opinar. El arte necesita que el espectador se comprometa y se atreva a gritar. Como decía Richard Hornby: «el arte en una obra de arte, no reside en el objeto en sí, sino en la transacción entre el observador y el objeto. La respuesta es la obra de arte». Sin usted no hay obra de arte. Atrévase.

Necesitamos parar, dejar de correr, transformar las maratones en maratones de consciencia. ¿De qué huimos? ¿Por qué el teatro está en sus horas bajas ahora que la sociedad pide, más que nunca, adrenalina en estado puro? Hace ya muchos años, el teatro suponía una catarsis para cualquier espectador, el público era el dueño de la escena y a él se le permitía abuchear, arropar, desenmascarar a los intérpretes en su lucha por conseguir sus objetivos. Retroceda a aquella época, el Teatro de Calle le permite todo eso. Cómase un caramelo, vuelva y tome uno más, ¡vuelva de nuevo! No se lo piense, ¡el artista se lo permite! Después, descálcese. Pise la arena, descanse su cuerpo en ella, sienta la temperatura, el olor, el gramaje. Pronto comenzará a escuchar otras respiraciones que sintonizarán con la suya. Mágico, ¿verdad? Desaparecerá el yo anestesiado para transformarse en un nosotros activo capaz de respirar en sintonía y, sobre todo, de escuchar. De eso se trata el arte, eso pretende la cultura.

 

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