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La dignidad del mendigo

 

UN MENDIGO es una persona que habitualmente pide limosna para vivir. La derecha y algunos ricos suelen ver mal que sus calles estén habitadas por mendigos, salvo que la limosna se pida a las puertas de las iglesias y se transforme en caridad.

Este jueves me saludó un presunto mendigo a las puertas de Mercadona. Nunca sé qué hacer; si darle dinero, comprarle un bocadillo o entregarle la parte menos costosa de mi compra. Me consuelo pensando que la caridad no es la solución y que es un problema de los gobiernos. Mal rollo el mío.
«Buenas tardes», me sonrió el mendigo. Le devolví el saludo, esta vez mirándole a los ojos. Pero no me atreví a decirle lo que pensaba. Que el Ayuntamiento de Valladolid ya no les sancionará por pedir limosna en sus calles. La izquierda los considera plenamente legales. Pueden estar de fiesta. La derecha que los denostó, multó y casi los ilegalizó se abstuvo; no sea que ahora los mendigos vayan a la puerta de sus viviendas.

Mendigo sugiere pobreza. A Marx se le olvidó definirlos como clase social y a la izquierda más oficial, sea política o sindical, les interesa poco porque no suelen votar. No son asalariados, casi nunca se les considera parados y, como mucho, sirven para pulsar el estado aparente de la macroeconomía. Muchos bancos les permiten dormir en las antesalas de sus sucursales a la sombra de los cajeros. Algunos mendigos tienen su estrategia de marketing, bien con frases acartonadas, bien exhibiendo a menores o incluso con ‘heridas’ de guerra como reclamo. Detrás de cada mendigo, como de cada persona, hay una historia de sufrimiento.

«Rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria... ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la fácil limosna del ochavo... ni tampoco con el mendrugo de pan....», decía Pérez Galdós, el novelista que más descendió a las capas más ínfimas de la sociedad.
En esta España de las desigualdades crecientes, veo que los 200 más ricos de España aumentan en 10.000 millones su patrimonio. Tras Amancio Ortega, el dueño de Mercadona, donde pide mi mendigo, se mantiene en segundo lugar. ¿Paradojas? Al menos el equipo de gobierno de Valladolid les devuelve dignidad.

 

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