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Delibes académico

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
04/02/2018

 

A DIFERENCIA de otros colegas más prendidos del oropel, Delibes no recibió ninguno de los colgantes para notables que dispensa la Corona. Ni título ni toisón. Lo cual es coherente con su opción personal, siempre a gusto con sus personajes y lejos del postín de los salones. El jueves 1 de febrero hizo 45 años que Miguel Delibes fue elegido académico de la Lengua, a despecho de los candidatos oficiales, que eran el poeta José García Nieto y el hijo del marqués de Abc, Torcuato Luca de Tena.

Si su estancia en aquel club (que se reúne los jueves en torno a una mesa con forma de gigantesco bidé), no resultó en exceso provechosa, al menos le sirvió para soltar uno de aquellos aldabonazos de conciencia a los que era propenso en el trámite de su toma de posesión, que tuvo lugar dos años más tarde. Su entrada, sin hacer la ronda petitoria por casa de los académicos, supliendo aquel latoso protocolo con una carta, malogró el empeño de Cela por sentar al sonetista de guardia a su vera y la ilusión del marqués por compartir honores con su hijo.

Delibes encontró en la docta casa a sus paisanos Marías, Tovar y Alarcos. Poco antes había fallecido el longevo don Narciso Alonso Cortés, académico en el devaluado aluvión de la temprana posguerra. Pero quien no estaba ni llegó nunca fue el más grande escritor de su tierra, el poeta y profesor Jorge Guillén. Un año más tarde recibiría el primer Cervantes, aunque no de mano regia, ni siquiera ministerial. Se lo entregó en Alcalá, con el descaro del sobre por delante, Miguel Cruz Hernández, un director general que había sido alcalde de Salamanca y gobernador de Albacete en años turbios y sombríos.

Delibes era de una pasta que no le permitía andar perdiendo el tiempo. Y enseguida percibió el desdén a sus fichas de pájaros, que Tovar trataba de dulcificar con requisitos de procedimiento. Cada papeleta debía pasar su purgatorio. Así que les dijo hasta luego. Había sucedido en la silla e minúscula a un almirante que entretenía su retiro de la Armada tejiendo alfombras con gusto. Y Delibes no estaba para macramés.

 

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