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¿QUO VADIS UNIVERSIDAD? (II)

La crisis del currículum imperial

 

Cada vez es más evidente que la estructura viaria de las ciudades, dada su condición de dinamos sociales, sus accesos, su gestión de preferencias (semáforos), soporta una pesada carga de tráfico rodado. Es un caso bien conocido: a mayor carga, mayor es la ralentización del tráfico. Suele aflorar entonces la «paradoja del último», evidenciándose que la capacidad de carga de las ciudades es finita. En un instante, de un minuto para otro, decrece bruscamente la velocidad del tráfico y, literalmente, zás, se paraliza. Ocurre cuando se incorpora otro coche más, el último, y las estructuras de la ciudad colapsan. De tráfico lento se pasa a parar el motor y quietud exasperante.

Cuando colapsan, sucesivamente, las ciudades, con desesperación general, tomamos decisiones paliativas y poco más. ¿De quién es la culpa? ¿La tienen los propietarios de la industria del automóvil? ¿La tienen sus empleados? ¿La tienen los conductores? ¿Los únicos culpables son los vecinos que han puesto la ciudad al servicio del coche y para que antes o después entre en síncope? Lo único que sabemos es que reestructurar ciudades, con ‘supermanzanas’ o ‘smartcities’, lentas o verdes, es más complejo de lo que aparenta. Incluye cambios de paradigma y de cultura. ¿Qué y cuántas cosas hacemos mal? ¿Están mal pensadas las ciudades?

Quizás tal eventualidad pudiera ser que se deba a que, en general, los humanos no estamos muy avezados para discernir los cambios disruptivos, en especial el crecimiento exponencial. Imaginen, es un ejemplo, que introducimos en una botella de cristal transparente, de litro, una bacteria azul cuya única virtud o actividad radique en desdoblarse cada minuto y que, por evidencias previas, sabemos que al cabo de una hora la botella se ve totalmente azul. Pues bien, al cabo de media hora, ¿cómo luciría de glasto la botella? ¿por la mitad, o acaso, sería casi imperceptible, muy abajo, un tenue tono índigo?

¿Cuándo la botella está medio llena, en el minuto 30 o en 59? A la media hora, casi no se percibe el añil. Para mediar la botella necesitamos 59 minutos. Un minuto antes, sólo habría 250 mls, en el minuto 57 tan sólo 125 mls, etc. A mayores, en nuestro ejemplo, se necesitaron 59 minutos para alcanzar la mitad de la botella, pero si hubiera cerca otras tres botellas vacías, sólo necesitaríamos tres minutos más para que las cuatro rebosaran. Tal comportamiento recuerda a un palo de hockey: sólo después de un largo ‘letargo’, zás, se eleva exponencialmente. Su expansión es como la deuda-país o el interés compuesto incontrolado: inhumana. De ahí que Albert Einstein sentenciase que «la fuerza más devastadora del universo es el interés compuesto» o que el maestro Fabián Estapé remachase: «mira, chaval, hay dos formas de esclavizar a una nación. Una es por la espalda. La otra, por la deuda».

Los problemas de la Universidad, para algunos, han llegado al punto de no retorno. Ha colapsado el «Estatuto Universitario», el «Estatuto del Profesorado», el Modelo Institucional, y el modo en que se expresan los intereses gremiales de la comunidad académica. Prorrogarlos se ha convertido en una amenaza, casi suicida. Las ciudades son irremplazables en casi todos los casos, pero mutan, se cambian, aunque necesiten, lo estamos viendo, ciclos muy largos. ¿Qué hacer con las Universidades? ¿Cambiarlas o sustituirlas? ¿Las Universidades que conocemos son reemplazables o sustituibles por otro tipo de entidades y estructuras?

No faltan los que piensan que el Estado ha cumplido su papel histórico en el ciclo de la Educación Superior y tampoco faltan los que dudan de la función ejemplar del Estado. Lo que está en solfa es su armonía con las necesidades sociales de su misión prístina. Por supuesto que no son escasos los problemas aún por resolver y que los retos de explicar los comportamientos observables de la realidad se agrandan sin cesar. El conocimiento se ha hecho transversal, agrupa multitud de variables y no se deja atrapar por desvaríos administrativos de distinto porte.

El que unos pocos definan e impongan a toda la nación —y si pudieran a toda la Humanidad— el «currículo académico» a modo de procedimiento administrativo, es estrategia caduca, enfermiza. El conocimiento que poseemos, el que posee la Humanidad está en una fase muy germinal, incipiente, a pesar de avizorarse la singularidad tecnológica. Conviene decir la verdad y, aún más, advertir que las estrategia del «currículo imperial», diseñado para grandes empresas, como los grandes ejércitos o ministerios, lleva varios lustros chocando frontalmente contra la realidad.

¿Tiene razón Jeff Bezos, el flamante propietario de Amazon y The Washington Post, cuando sugiere que «si no puedes alimentar a un equipo con dos pizzas, es demasiado grande»?
La era del «currículo imperial», la que decretó que la gesta del saber casi había concluido y obliteró crear conocimiento, ha terminado. Los créditos homologables —¡qué lejos está Bolonia!— a escala regional y planetaria ha concluido y de muy malos modos. La era del «gran ascensor social», los tiempos del título como elevador automático de estatus, hace décadas que se marchitó.

La estrategia no consiste en expedir títulos, no existe ese «negocio», consiste en expedir conocimiento bañado en experiencia. El modelo institucional universitario español, tal como lo conocemos, ya es historia. Se nos ha caído encima. ¿Qué hay que salvar? ¿Los escombros? Lo único salvable, cuando existe, es el conocimiento, el que tengan las personas que siguen vivas entre las ruinas. La crisis del «currículum imperial», es la crisis del «Estado» como acreditador compulsivo.

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