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¡Cataluña no se regala!

Todos aquellos que claman por el diálogo y abominan del integrismo jurídico aplicado en la solución del problema, en realidad, están haciendo el caldo gordo al separatismo

 

Está cundiendo estos días la idea de que el problema de Cataluña reside en lo que llaman «unilateralismo», es decir, esa corriente político-ideológica que empezó con Artur Mas//Puchimón, y que quiso independizarse de España: según ellos, había llegado el momento de ir «a por todas» como sea, unilateralmente, por las bravas, caiga quien caiga, etc... El Unilateralismo (perdón por el palabro), es por tanto una facción del nacionalismo catalán de nuestros días y, tras el paréntesis del 155 y de Rajoy, ahora vuelve por sus fueros. Las consecuencias de este remake las vemos todos los días: manipulación orquestada y gigantesca, invasión de los espacios públicos –entre otras cosas con lacitos– reedición de tácticas propagandistas totalitarias, sofocación violenta del discrepante, incumplimiento impune de las leyes democráticas…

Por otra parte, algunos opinadores que se enfrentan a los «unilateralistas» dicen asumir la inmensa gravedad del problema y hablan de solucionarlo mediante una nueva transición, un federalismo difuso y confuso, una consulta pactada, etc, etc.,… Me está pareciendo que este remedio es peor que la enfermedad, como se suele decir. A mí esta propuesta del federalismo y la retahíla de pseudo conceptos que le acompañan me suena a técnica «de apaciguamiento» rebozada de buenismo democrático. Para solucionar un problema (lo mismo que para curar una enfermedad) estaremos de acuerdo en que lo que hay que hacer es, primero, reconocer que existe, luego, diagnosticarlo correctamente y, acto seguido, aplicar el remedio idóneo. Y estos del «anti-lateralismo» (perdón de nuevo) no lo hacen; por mucho que digan que el problema es «gravísimo» y que los nacionalismos son una peste. En realidad estas y otras expresiones se quedan en cáscara vana, en retórica pinturera que no se acompaña de un análisis valiente de la situación.

Por mi parte, desde la distancia (ni estoy en Cataluña ni estoy en la política activa) intentaré hacer un diagnóstico de la enfermedad en la que ha caído esa periférica región de España: se trata, claro está, de un problema originado desde mucho tiempo atrás, no quiero señalar límites precisos, pero mucho, mucho…; y agravado cuando a algún «lumbreras» se le ha ocurrido repartir las competencias educativas entre las Comunidades de España, como quien reparte caramelos. Con ello se está produciendo lo que ya temía Durkheim, el fundador de la sociología: entresaco una cita muy interesante, sobre todo viniendo del intelectual considerado como el fundador de la Sociología moderna: …de no estar la Sociedad siempre presente y ojo avizor para obligar a la acción pedagógica (…) ésta se pondrá necesariamente al servicio de creencias particulares y la gran alma de la patria se dividirá y se reducirá a una multitud incoherente de pequeñas almas fragmentarias (É. Durheim. Educación y Sociología, http://studylib.es/doc. Pag. 37)
De modo que desde ahora mismo, respaldado por la autoridad de Durkheim, me atreveré a ponerle un nombre concreto al problema catalán: se llama odio a España (una rediviva Leyenda Negra). No hay que rebuscar mucho para dar con el nombre: está, digámoslo así, escrito en el reverso del famoso mantra nacionalista «España nos roba», es el lado oscuro de ese lema que tanto ha dado que hablar. Odio a España. Lo preocupante es que han tomado el poder en esa Comunidad y están imponiendo sus postulados al resto de conciudadanos: construyendo/inventando (en palabras de Durkheim) una pequeña «alma fragmentaria» que quiere romper el pacto constitucional.

A partir de la etapa zapateril, este ente llamado «unilateralismo» empezó a fraguar: o sea, que se atrincheraron en las instituciones y se quitaron la careta. Hasta ahora, solo la actuación de la Justicia y el Rey ha sido eficaz contra ellos. A partir de ahora, solo veo dos soluciones, y las dos deben ser de aplicación simultánea: en primer lugar, hay que hacer cumplir las leyes, todas las leyes: ¿no hay en España una ley de banderas?, ¿no hay una ley de política lingüística?, ¿no hay en nuestro Código penal un delito de incitación al odio?, ¿no son iguales las dos lenguas habladas en Cataluña –la oficial y la cooficial–? ¿No es obligatorio jurar la Constitución con una fórmula firme e inequívoca?, ¿no tenemos división de poderes?, etc, etc. Los que manejan el timón del Estado deberían aplicar estas leyes sin vacilar ni temblarles el pulso: la Fiscalía General, los tribunales de Justicia, la Policía, el Ejecutivo…. ; sin dejarse engatusar por los cantos de sirena que tanto abundan, sin miedo a la verdad, como siempre parecen tener. Y lo cierto es que ni siquiera el PP se atrevió a esto. El ruido que hacían los que atacaban al PP por excesivo, franquista… (le llamaban de todo menos bonito) no era más que eso: ruido que impide reconocer la realidad.

Pues bien, yo afirmo que todos aquellos que claman por el diálogo y abominan del «integrismo jurídico» aplicado en la solución del problema, en realidad, están haciendo el «caldo gordo» al separatismo; están escondiendo la cabeza debajo del ala para no ver las cosas como son. Estos progres de nuevo cuño son los que ahora rechazan el «unilateralismo» pero a la vez pretenden dialogar con los separatistas, revisar la Transición democrática, establecer Federaciones en lugar de Comunidades, etc. Y yo, que no soy politólogo (a Dios gracias, «no me deja mi madre serlo»: ese espacio ya está ocupado por los Iglesias, los Monederos, los Vestringe… –ese profesor con pinta de Nazi que primeo fue de Alianza Popular–) me atrevo a decir que nuestro sistema de Comunidades, ahora mismo, es ya un sistema federal de facto. Por lo tanto, pocas novedades podemos esperar por ahí, pocas soluciones.

Por cierto, los que quieran comprender o medir la hondura del problema al que nos enfrentamos (odio fanático a España) deberían analizarlo diacrónicamente (como decíamos en mi querida Filología): algunos creen que todo lo pasado es viejo e inútil para comprender el presente o mejorarlo; sin embargo, las claves del presente suelen estar en la historia. Creo no equivocarme al afirmar que este fanatismo separatista que nos excluye se parece, como un huevo a otro huevo, a lo que ya pintó Galdós en alguno de sus Episodios Nacionales. Concretamente, en uno protagonizado por Salvador Monsalud (se titula Un voluntario realista: está ambientado en la comarca de Solsona, y ahí se ve cómo se las gastaba toda la clerigalla carlista). Tengo para mí que son «los mismos perros con distinto collar».

La otra pata de la solución: reside en la capacidad del Parlamento para hacer nuevas leyes. ¿Por qué nosotros debemos ser más «guapos» que los alemanes y franceses y tolerar que aquí haya partidos que quieran liquidar nuestro país? (entre paréntesis, el país donde mejor se ha vivido en los últimos siglos de nuestra Historia). Es sencillamente suicida, una chulería que no podemos mantener más tiempo. Los españoles deberíamos imitar a Alemania en esto y vetar a los partidos que sean, digamos, «contra natura»: los que cifran su existencia en ideas perversas o inmorales (la esclavitud, la explotación de los niños…etc.) y, por supuesto, los partidos nacionalistas-independentistas; es decir, los que no aceptan integrarse en lo que ya somos y venimos siendo desde hace siglos: una nación plural con suficientes articulaciones y «cintura» para aceptar distintas adjetivaciones del sustantivo «España»: España gallega, asturiana, castellana, catalana, andaluza…

Si los políticos actuales (bisoños como son, además de timoratos, entreguistas, tactistas…, no son capaces de proponer un cambio de esta envergadura, que lo pongan en manos de la Nación española (sujeto político desde 1812 –con alguna interrupción–): que convoquen elecciones, ya. Que nos dejen siquiera la dignidad de suicidarnos nosotros mismos, todo menos que nos «suiciden» ellos.

Javier Diosdado Moras es catedrático de Literatura Jubilado.

 

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