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El Carnaval y su paradoja

CÉSAR MATA CÉSAR MATA
12/02/2018

 

UN RECENTAL mama con ansiedad. Nació la pasada noche, heladora, y se aferra a la ubre de su madre. El invierno ofrece sus francos rigores en el páramo. La naturaleza, que no entiende de disfraces, ofrece un mejor abrigo a las reses, un pelo más abundante y grueso. Una app termostática sin patente, equipamiento genético para la supervivencia.

El Carnaval no asoma por los predios en los que pasta el vacuno, vuelan los pájaros y corretean los conejos. Más allá de sus orígenes reactivos a cierta moralidad, y sin olvidar el lado meramente lúdico y alegre que ofrece a los más pequeños, el presente muestra una fiesta algo deslocalizada, exiliada de sí misma. Digamos que, ajena ya a necesidad alguna, la celebración carnavalera (que como ya habrán comenzado a notar me importa lo mismo que el menú de Puigdemont) adquiere un tono desnortado.

Por otra parte no es difícil advertir que el disfraz podría suponer un acercamiento, paradójico, a la realidad del personaje, sea éste quien fuere, dado lo proclive del gentío a aparentar ser quien no es con la ayuda, si es necesaria, de las más avanzadas y sofisticadas tecnologías. La apariencia, y no solo por los usos virtuales de imágenes, se ha convertido en dueña y señora del cotarro. Lo que se dice y hace en privado en nada se parece con lo que se dice y hace en público. Demasiados tribunales inquisitoriales están pendientes de saber si hay un ajuste con lo que se impone como correcto, aunque la minoría cuerda sepa que es una salvajada (feminismo radical, animalismo, etc).

Así que, sin tardar mucho, el Carnaval, el verdadero, consistirá en mostrarse tal cual se es. Será un tiempo en el que los extremismos (la Iglesia en sus épocas más radicales queda a la altura de un juzgado de menores) permitirán comportarse de modo natural, y nadie irá a la cárcel por un piropo…
El disfraz, circunstancia agravante en el Código Penal, es hábito e indumentaria habitual. Lo de menos es su composición y apariencia material. Lo auténtico, lo coherente con la naturaleza de las cosas y las personas, está en busca y captura.

 

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