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TIENE TELA

El babero de Marquitos

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
08/10/2018

 

SOBRA TELA que cortar en Castilla y León y en España. Gracias a los políticos que disfrutamos, la demanda está cubierta como lo hacía el tendero de mi pueblo. Tenía el señor Venancio, que en paz descanse, un renglón de madera milimetrado muy suyo.

Cortaba un metro del retal, pero en realidad te llevabas una cuarta menos tras añadir con la competencia de quien hace y maneja las reglas: te pongo unos centímetros más por si Marquitos necesita un babero. Así que la gente, nada tonta, le daba las gracias al son de ¡olé, torero! Total, que el tapete apenas disminuía por mucha materia prima que cortara el tío Venancio. Un genio como Keynes –el gran gurú de la economía de mercado–, copió la receta de Venancio cuando decía que mientras hubiera tela que cortar y locos que la compren, habrá mercado. De aquí el título de esta columna que inicia hoy, como decimos los pedantes, su singladura. Tiene tela.

Lo que son las cosas. Gran parte de la tela que ahora cortan los políticos españoles en versión iconoclasta y golpista, proviene de la locura perpetrada contra el Archivo de Salamanca que es de atar. Ninguno de los políticos responsables que conozco –Unesco, CE, gobiernos de España, Junta de Castilla y León, y Alcaldía de Salamanca– se libran de ese heroísmo sectario y destructivo por empuñar la piqueta contra unos legajos tan inocentes. Un Culturicidio de papeles en masa y de curso legal.

La Unesco, con la misión específica de velar por la historia plasmada en documentos como patrimonio inmaterial de la humanidad, ha callado como las cortesanas de altos vuelos que cita La lozana andaluza como ejemplo textual de «la hermosura en puta y la fuerza en badajo».

Una banalidad. En diciembre de 2014, en el castillo de Fuensaldaña, le planteé en público a un alto funcionario de la Institución universal, llamado Karin Hendili, que aclarara la postura sobre el Archivo de Salamanca. «El Archivo de Salamanca da para un simposium entero». Carcajada en el ruedo. Luego en privado, ante una loncha de jamón y una buena copa de ribera del Duero, evacuó la vergüenza en forma de flema: «Una situación intolerable», me confesó. Y yo le repuse en abierto: Pilatos lo hizo mucho mejor. De la Unión Europea nunca se esperó nada en relación con el Archivo de Salamanca, porque en sus comisiones parlamentarias no se discute nada que sea razonable con la historia, y menos con la de España. Dos guerras mundiales evidencian esa habilidad para hacer trampas. Siempre tienen prisa para evitar que, aprovechando que el Pisuerga pasa también por Bruselas, alguien con razón llame a Merkel incompetente, y que con ella se vaya abajo el invento del telar que hace billetes. Y no. En asuntos de dinero los alemanes coinciden plenamente con la Celestina: que no, que «no hay compañero». Solo tiene audiencia Puigdemont que usa los papeles de Salamanca como papel higiénico.

Con el partido Socialista en el Gobierno se agudizaron –y sólo para satisfacer a Pascual Maragall que ya apuntaba modales de independentista a la carta– las dos características que señala Voltaire como propias del guerra civilismo: «Bendecir sus banderas» y «exterminar a su prójimo». Algo que, en cuanto llegó Zapatero con Carmen Calvo, se aplicó al Archivo de Salamanca con singular inquina. En esta trampa cayó Jesús Caldera. El diputado salmantino, que prometió por su cadáver que no saldría un solo papel del Archivo, cavó su propia fosa en loor de multitudes. Y con este bagaje en tromba, más la ley de Memoria histórica, la destrucción del Archivo se convirtió en la causa más honrosa del progresismo sectario, anticultural, y remendón que ha conocido la historia con típex.

De la actitud del PP con el Archivo da vergüenza hablar. Rajoy nos engañó como el diablo que reza cual beata en trance. Se hizo zapateril y compañero de asaltos al día siguiente de obtener la mayoría absoluta, reforzó la ley de Memoria Histórica usque ad náuseam, y perpetró con nocturnidad las sacas más cruentas que desmantelaron la historia española para engordar la anti historia del separatismo catalán. Más aún. El rajoyismo, utilizando a su fiel palafranero el Alcalde de Salamanca, puenteó a la propia Junta de Castilla y León de tal manera que ésta perdió en el envite su virginidad entre ser fiel un partido que no lo era, y el cachondeo de los castellanos y leoneses que reían con el truco del almendruco: buen castillo sería el de Peñafiel, si no tuviese a ojo el de Curiel.

Difícil lo tienen Tudanca, Casado y Mañueco con sus devaneos sobre el Archivo de Salamanca. Sus partidos no sólo han cosido una tela de malla clientelar con ambiciones políticas y con exclusiones ciudadanas, sino que han querido cortar a la medida un traje a la historia de un pueblo. Y lo más intolerable de todo, ¿para qué tanta manipulación si el tema está clarísimo? Quieren el reglón del tío Venancio. Con la ley de Memoria Histórica en la mano se hacen con la tela, con el telar y con la tejedora. Tienen tela los papales. Marinera.

 

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