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Los últimos cabreros del arribe

Inés Luengo, de 34 años, toma el testigo de Ángel Carrascal, que acaba de jubilarse, para criar en libertad un rebaño de cabras de la raza Agrupación de las Mesetas, en peligro de extinción / Sólo quedan 1.400 ejemplares en el libro genealógico

JOSÉ LUIS CABRERO
03/12/2018

 

Son los últimos cabreros del arribe zamorano. De los pocos que todavía manejan de forma tradicional un rebaño de cabras en libertad, con ejemplares de la raza Agrupación de las Mesetas, la variedad caprina más rústica que existe y que apenas se mantiene con 1.400 ejemplares inscritos en el libro genealógico de la raza, según explica Concepción González, veterinaria de la Asociación Nacional de Criadores de Ganado Caprino Agrupación de las Mesetas (Ancam).

Ángel Carrascal, nacido en la localidad zamorana de Badilla en 1953, acaba de jubilarse después de mantener durante 24 años un rebaño que llegó a tener en sus mejores momentos 150 ejemplares de esta raza. Hace apenas un mes le ha cedido el testigo de la actividad a Inés Luengo, una joven de 34 años que se inicia en este tipo de ganadería con las 89 cabras que el cabrero veterano ha conseguido salvar del sacrificio «después de casi tres años intentando venderlas y sin encontrar alguien que se hiciera cargo de esto», explica Ángel.

Y es que no es fácil. Esta raza es «de las más sostenibles y de las mejor adaptadas, pero también hay que decir que es poco productiva y tiene una escasa rentabilidad porque el cabrito no tiene lonja propia y la leche tiene mucha estacionalidad», explica Joaquín Romano, profesor del departamento de Economía Aplicada y Economía de los Recursos Naturales de la Universidad de Valladolid y coordinador del proyecto Poctep Paisaje Ibérico en el que se ha hecho un inventario sobre las razas en la reserva de la biosfera Meseta Ibérica, que abarca más de 11.000 kilómetros cuadrados en la Raya fronteriza entre Salamanca, Zamora y Portugal,

Ángel Carrascal no se planteó hace casi un cuarto de siglo si las cabras que iba a criar estaban o no en peligro de extinción. «Era las que había en la zona y las que tenía el cabrero al que se las compre», dice. Hoy, no se arrepiente de haberlo hecho porque, explica, «la leche que dan es muy buena y son duras como para aguantar en el monte y salir adelante».

Sin embargo, Inés Luego sí ha tenido en cuenta la situación de la raza a la hora de iniciarse en esta actividad ganadera. «Algo hay que hacer para que no se extinga este tipo de animales», apunta.
Aunque son dos generaciones bien distintas, la tradición manda en el manejo de estos animales y, de hecho, se les considera ejemplos del último exponente de la cultura pastoril. Ángel acudía cada mañana, «en cuanto se veía», dice, hasta el chivitero situado en mitad del monte a seis kilómetros de Badilla, el último construido a la manera tradicional que sigue en uso, aunque por poco tiempo. Recogía a los animales que habían pasado la noche en el campo y los llevaba hasta el cercado de piedra para amamantar a las crías que habían permanecido guarecidas en pequeños cobertizos al resguardo de las alimañas, espacios que el pastor ha ido construyendo con sus manos. Después, los adultos volvían a salir a alimentarse de forma libre en el monte hasta última hora de la tarde, en que había que repetir de nuevo el proceso.

Los chiviteros tradicionales que se conservan en la comarca de Sayago, muchos de ellos reconstruidos como ejemplo de la arquitectura pastoril de la zona, son construcciones realizadas con piedras apiladas en las que se recoge el ganado y en las que se guardan los cabritos en pequeños cobertizos, realizados igualmente en piedra y con los tejados cubiertos con retama.

Ángel no ha querido desprenderse del todo del rebaño. Se ha reservado seis madres y dos machos jóvenes que han criado recientemente y que le servirán, dice, «para estar entretenido». Son pocos animales como para que merezca la pena trasladarse dos veces al día hasta el chivitero, de manera que, a las afueras del pueblo, está construyendo una zona nueva donde manejarlos. Las cabras le conocen y acuden a él cuando menciona de forma repetida los nombres de Larga, Marinera, Adela o Pendienta.
Inés también es partidaria de que «se mantenga la tradición». El rebaño recién adquirido ha sido trasladado hasta una nave que la familia tiene en Fariza, donde se va a realizar la crianza. No tendrá que trasladarse hasta los chiviteros del monte pero sí mantendrá la costumbre del pastoreo con los animales. «Es un raza que no acepta bien permanecer estabulada», explica, tienen grandes cuernos que se pueden dañar y soportan mucho estrés cuando están encerradas, de manera que, desde hace un mes, acompaña a sus animales para que pasten de forma libre en el entorno de la ermita de la Virgen del Castillo.

Inés se enfrenta a la escasa rentabilidad de la raza siguiendo, en gran medida, las recomendaciones que se establecen en el estudio realizado por la Universidad de Valladolid y las asociaciones de criadores caprinos Ancam, de España, y Ancras, y Portugal. El aprovechamiento de la leche es el recurso más inmediato, destinada fundamentalmente a pequeños productores de quesos locales, ya que las grandes industrias exigen una cantidad que resulta difícil de garantizar, debido a la estacionalidad y al número limitado de cabezas. «Estamos haciendo reposición para aumentar el rebaño, pero está costando mucho encontrar animales», explica. 150 es el límite marcado para poder mantener el pastoreo, algo que se considera también fundamental para prevenir la aparición de incendios en la zona, ya que las cabras mantienen bajo control la vegetación del monte. De cara al futuro, añade, se plantea la fabricación de queso y la organización de actividades de agroturismo que no existen en el entorno. Para eso, Inés está programando la construcción de chiviteros tradicionales a través de los cuales explicar el manejo de la raza.

«La clave está en cerrar el ciclo, valorizar la calidad excepcional que tienen los quesos que se hacen con esta leche, que la restauración se interese por incorporar el cabrito y darnos cuenta de que es necesario actuar para no perder estas grandes joyas del patrimonio agrícola y ganadero, porque son razas heredadas de siglos de manejo tradicional, son como los dinosaurios que nos quedan y los estamos extinguiendo», dice Joaquín Romano.

Tanto Ángel como Inés apuntan también al necesario incremento de los precios que se pagan por la leche, entre 52 y 40 céntimos de euro, según las ventas hechas por el cabrero veterano.

Los 1.400 ejemplares inscritos en el libro genealógico de la raza Agrupación de las Mesetas, que Ancam gestiona desde abril del pasado año se encuentran distribuidos en rebaños en las provincias de Zamora, Salamanca y Ávila, según Concepción González. Hasta el próximo año estará abierto el registro fundacional, aunque no se espera que se produzcan variaciones significativas.

 

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