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SILVICULTURA

Testigos directos del cambio climático

El sector forestal reclama una política estratégica y un pacto por los bosques, donde ubican la llave del futuro

E. ORTIZ VALLADOLID
04/11/2019

 

Una alarma salta cuando detecta una presencia intrusa o una situación de emergencia. De la del cambio climático, cuyo sonido incesante retumba en el mundo entero, prenden dos cables. Como si de una bomba se tratase. El azul simboliza el pasotismo y su corte provocaría una explosión; mientras que el rojo, el que en todas las películas con final feliz se elige, representa la concienciación que es necesaria para minimizar el impacto.

Esta semana vuelve a ser decisiva en el panorama nacional. Las propuestas políticas están claras, pues el país vive en una constante campaña electoral. Para que esta claridad sea recíproca, desde el otro lado del atril cogen el altavoz para que esta vez sea la definitiva. Para el sector primario, entre otros, el enfoque de la andadura que arrancará a partir del domingo ha de ser medioambiental. Dentro del mismo tienen mucho que decir los silvicultores de la Comunidad, que son «testigos directos» del cambio climático.

En el lugar de los hechos se encuentra la Federación de Asociaciones Forestales de Castilla y León (Fafcyle). Son espectadores en primera fila de esta enorme amenaza para el medio ambiente y, por extensión, para toda la humanidad. Desde la misma elevan una demanda tan sencilla como prioritaria: «un mayor énfasis en cuidar lo que tenemos». Para su gerente, Olga González, «el futuro de la región pasa por sus bosques». Con esta certeza, considera imprescindible «un pacto por los mismos» que llegue de la mano de «una política forestal estratégica».

Para entender estas propuestas, solo hay que mirar al escenario irregular que a su antojo dibuja la climatología. «Estamos afrontando ciclos irregulares de falta de precipitaciones y altas temperaturas», concreta la responsable de Fafcyle antes de advertir del jaque mate que esto plantea para ciertas plantas. «Hay especies que estaban ya en el límite de su desarrollo y ahora mismo estamos viendo en directo cómo se van secando», lamenta, poniendo como ejemplo los pinares vallisoletanos y abulenses.

De la incertidumbre que moldea este declive progresivo enmana la urgencia de «guiar a los propietarios para paliar su preocupación». González postula esta orientación como «primera acción de efecto rápido» a ejecutar en esta cuenta atrás. «El cambio climático ya está sobre el terreno y la única herramienta que tenemos para hacerle frente son los bosques», insiste antes de marcar los requisitos para sacarle provecho en una lucha de la que nadie está exento: «mucha formación, asesoramiento y colaboración para gestionar lo existente y plantar más».

DE LA MANO
A juicio de la gerente de Fafcyle, las asociaciones forestales y la Administración deben caminar de la mano por este escenario. Y para que el entrelazado de los dedos sea lo más preciso posible, aboga por introducir «el asesoramiento forestal dentro de las medidas del Programa de Desarrollo Rural». A esta necesidad imperante del sector, añade «la puesta en marcha de ayudas para afrontar todos los efectos de la sequía», entre los que se encuentra «la proliferación de plagas como la avispilla en el castaño o la chinche en el piñón». También está, destaca, el nematodo del pino. Este gusano, que seca y marchita los árboles, ya ha visitado «Salamanca y Ávila, especialmente sus encinares». Estos patógenos son enemigos históricos de la silvicultura, «siempre han estado» pero el sector cada vez percibe «un riesgo mayor» cuyo perjuicio no recae «solo en los árboles en forma de enfermedad individual, sino que afecta a todo el conjunto al sentenciar su regeneración».

La gravedad de esta dolencias se acentúa en el contexto en que se desarrollan paulatinamente: los montes que, como anota González, «no son rentables para los propietarios» quienes, a su vez, «necesitan dinero para mantenerlos. En esta espiral, y antes de continuar con su denuncia, coloca los beneficios de los terrenos boscosos. En primer lugar está su contribución a «fijar el suelo y defender a la población en grandes inundaciones o catástrofes» como ocurrió, recuerda, en Haiti.

También «favorecen el ciclo hídrico» puesto que «los árboles, a parte de regular la humedad, absorben dióxido de carbono y devuelven oxigeno». Por contra, el 20% de las emisiones que contribuyen al cambio climático proceden de la deforestación. Para finalizar, resalta la regulación de los mercurios. «Contribuyen a que las temperaturas no sean tan elevadas», asevera para remarcar que con este motivo como bandera «se está planteando fomentar su presencia en las grandes ciudades».

Esta es la cara de una moneda de «beneficios sociales y ambientales» sin cruz, puesto que estas contribuciones carecen de intercambio por mejoras económicas. «La silvicultura no es una actividad generosa, pues apenas se gana dinero con ella, pero mantiene un patrimonio que es necesario para todos», lamenta la responsable de la Federación para insistir en el papel protagonista que juegan los bosques para hacer frente al cambio climático y, para reforzarlo, aboga por «apoyar y ayudar» a los propietarios.

A modo de conclusión, resume las dos grandes necesidades del sector, que son una «información suficiente para abordar sus problemas con un asesoramiento como el que tienen los agricultores» y el «acceso a unas ayudas que permitan, por lo menos, mantener lo que hay» puesto que la escasez de dinero, concreta, «va aparejada a un déficit de gestión».

MUCHO QUE APORTAR
Ningún ámbito está exento al avance sin frenos del cambio climático. Es una montaña en la que cualquier grano suma y para la que tanto la agricultura como la ganadería tienen mucho que aportar, aunque la opinión pública no lo tenga del todo claro, especialmente en el segundo caso. «Lejos de que la sociedad entienda nuestras actividades como un problema, debería verlas como unas de las pocas que contribuyen al control de esta amenazada», sentencia el presidente autonómico de Asaja. Donaciano Dujo plantea la elaboración de «políticas para intentar minimizar sus efectos negativos» entre las que pone como ejemplo la modernización y el incremento del regadío en el campo castellano y leonés.

Misma propuesta plantea el coordinador de la alianza UPA-COAG, al ver en la «tecnificación del sector» un potente escudo para plantarle cara a un «tema serio». Aurelio González lamenta las «acusaciones de culpabilidad» que reciben agricultores y ganaderos. «La producción de alimentos responde a menos del 10% de las emisiones», concreta para instar a «centrarse en el 90% restante para revertir» la situación. «Caminando por la Sierra de la Culebra ves animales pero nunca una boina de contaminación como la que te encuentras en Madrid, donde no hay vacas ni ovejas», compara.

El responsable de la Unión de Campesinos de Castilla y León (UCCL), Jesús Manuel González Palacín, asegura que la agricultura y la ganadería son «conscientes de que tienen que seguir adaptándose para contribuir a que los efectos sean lo más suaves posibles». Para asumir este «esfuerzo a mayores», propone «cuantificarlo» y que pueda «ser compensado como ocurre en cualquier otra actividad».

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