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AGRICULTURA TRADICIONAL

La siega y la trilla tradicional desde un «escenario viviente»

La localidad burgalesa de Mozares revive desde 2011 el «duro trabajo» al que se enfrentaban los agricultores dedicados al cereal / El proceso se desarrolla de principio a fin

DIEGO SANTAMARÍA
29/07/2019

 

Por mucho que hayan escuchado mil veces los relatos de sus mayores, las nuevas generaciones no se hacen a la idea de lo agotadoras que resultaban las jornadas de trilla y siega de cereal en el campo antes de que la maquinaria agrícola facilitase sobremanera las labores del agricultor. Afortunadamente, la localidad burgalesa de Mozares brinda la oportunidad, desde 2011, de experimentar el «contraste» entre el pasado y el presente gracias a su Jornada de Trilla Tradicional, que volvió a reunir este fin de semana a centenares de curiosos dispuestos a observar in situ un «escenario viviente» que revive con todo lujo de detalles aquellos veranos de sol a sol en los que familias enteras sudaban la gota gorda para «hacer el pan».

La siega tradicional se basaba en el sistema más «rudimentario» posible. No quedaba más remedio que «doblar el riñón» y realizar las labores a mano. Por eso, la irrupción de la gavilladora supuso toda una revolución porque permitía «aliviar ese duro trabajo». Gracias a una máquina tirada por bueyes, se podía «segar y dejar los montones listos para cogerlos con cuerdas o con los vencejos de las propias mieses que se segaban o de centeno porque era más correosa la caña», precisa el presidente de la Asociación Cultural Recreativa Amigos de Mozares, Fernando Pereda. Posteriormente, la «evolución» desembocó en un sistema capaz de «dejar la gavilla atada con una cuerda lista para poderla cargar en el carro y llevarla a la era». Una vez allí, los agricultores amontonaban la parva creando «formas arquitectónicas» -rectangulares, cuadradas, redondas e incluso con «forma de tejado»- que después pasaban por la beldadora, máquina indispensable para separar el grano de la paja (aventar).

La trilla también experimentó una evolución progresiva que, obviamente, fue muy bien recibida en el campo. Uno de esos artefactos que cambiaron la vida a miles de personas se encuentra precisamente en Mozares. Según detalla Pereda, se trata de una «trilladora traccionada por un tractor que por medio de poleas y limpias separa el grano y de paja», de tal manera que «van cayendo a los sacos».

Los últimos trabajos de trilla, al menos en esta zona, se realizaron con habas. Apartir de los años 60 y 70, los avances tecnológicos comenzaron a ser palpables. «Todo pasó a manos de las máquinas», señala el presidente de la Asociación Amigos de Mozares mientras recuerda con cariño esas jornadas de siega y trilla en sus tiempos mozos porque, a pesar de todo, resultaban «divertidas» para los chavales del pueblo que acudían a echar un cable a sus familiares.

«Todo ese proceso se ve perfectamente», asegura Pereda a sabiendas de que lo más sorprendente para los niños, niñas y adolescentes que asisten a la cita es ver cómo el trillo, con sus sierras y piedras de silex, da vueltas para cortar y romper las espigas soltando el grano. Es entonces cuando los más pequeños, completamente «alucinados», se suben a los bueyes para disfrutar más de cerca la experiencia.

Lo más llamativo para Pereda y el resto de sus compañeros Amigos de Mozares es el «contraste» entre generaciones. Los jóvenes contemplan «en vivo y en directo el trabajo de sus abuelos» mientras los mayores reviven con nostalgia una época dura que bien merece un homenaje. Por este motivo, la asociación desarrolla el proceso de principio a fin, ya que la «enseñanza» que se expone en este fin de semana no se estudia en los libros de texto.

Es tal el éxito de esta iniciativa que no es raro ver a estas alturas a «gente de zonas lejanas que viene a aprender». Para Pereda es todo un «halago», aunque es consciente de que la repetición del mismo patrón cada año no garantiza la asistencia de entre 2.500 y 3.000 personas durante todo el fin de semana. Por eso, en cada edición se ofrece un«enfoque diferente» que se nutre de actividades paralelas como el Festival de Folk Mozares Suena o las visitas al museo etnográfico, donde se pueden observar múltiples utensilios agrícolas de antaño e incluso una fiel recreación de una casa antigua.

 

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