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Los Serna, una familia con gen patatero

Nicolás gestiona junto a su mujer y sus tres hijos la cooperativa El Carmen con 300 hectáreas destinadas a la siembra de patatas

M.CALLEJA
13/11/2017

 

Nicolás Serna tiene 71 años y mantiene intacto su entusiasmo por el campo. Una pasión que este agricultor profesional ha «mamado» desde niño y que ha transmitido también a sus tres hijos: Isidro, Sara y Nicolás, que ahora le acompañan en el negocio familiar. Impulsor de la cooperativa El Carmen, en Montorio (Burgos), se sitúa, junto a su mujer, Balbina, al frente de una empresa agrícola que tiene la patata como actividad principal. No en vano, son uno de los principales productores del país, con más de 300 hectáreas destinadas a la siembra de este cultivo.

La cooperativa comenzó con la patata de siembra. Ahora cuenta también con patata de consumo con marca propia y de industria para Pepsico, con una producción de unas 15.000 toneladas al año y más de dos millones de euros de facturación. Una evolución creciente que ha supuesto esfuerzo inversor y personal también desde que la cooperativa se constituyó en 1988. Trabajo y dedicación que Nicolás, su mujer y sus tres hijos siguen prestando hoy en día con un claro objetivo: llevar el producto del campo al consumidor, sin intermediarios. Una forma de compensar al verdadero profesional

En una campaña marcada precisamente por los bajos precios, Nicolás se refiere a la Interprofesional de la Patata de Castilla y León, una herramienta de autorregulación que considera «útil», aunque «siempre y cuando se lleve al ámbito nacional». Y es que este productor tiene claro que su puesta en marcha solo en la Comunidad sería «un error», por eso, invita al sector a «avanzar» hacia un instrumento que evite los dientes de sierra a los que están acostumbrados y se marque, por ejemplo, un precio mínimo para los productores.

La patata es «complicada», explica Nicolás, que reconoce, sin embargo, que «tiene un gen que te arrastra y no te deja separarte de ellas». Un gen presente en la familia Serna, implicada desde hace casi treinta años con el sector agrícola, a través de este cultivo y de otros, como los cereales, el girasol o el maíz, con más de mil hectáreas.

El próximo proyecto familiar se centra en el porcino con la próxima puesta en marcha de una explotación con 1.500 cerdos de engorde en Báscones. Y es que, como señala Nicolás, siempre están abiertos a nuevas posibilidades, en este caso ganaderas, si éstas tienen futuro.

Se definen como vanguardistas, en palabras de Isidro Serna, de 42 años, y uno de los tres hijos que acompañan a Nicolás en la gestión de la cooperativa. Isidro lleva veinte años sembrando patatas y siempre ha apostado por el campo, incluso cuando ningún joven de su edad lo hacía. Siempre se quiso quedar en el pueblo, y así lo ha hecho definitivamente.

Su labor se centra en la patata, mientras que su hermano Nicolás trabaja más con el cereal y le ayuda durante la campaña. Sara, la mayor de 43 años, se ocupa de las labores administrativas, de todo lo relativo al almacenaje, así como del reparto y comercialización de la marca propia. Se siente bien «patateando» en la que denomina como «la casa de las patatas».

Los tres se muestran orgullosos de trabajar en la empresa familiar. Aunque la emoción se desborda cuando hablan de sus padres, el espejo donde se miran día a día, y el «ejemplo» que quieren seguir en el futuro. Y es que Balbina y Nicolás son el ‘alma mater’ de un negocio que, en este caso, tiene garantizado un relevo generacional que tanto se echa en falta en el medio rural. Un caso familiar atípico. Y es que frente a la huida habitual a la ciudad para encarar nuevos retos, la familia Serna responde unida a los altibajos de un sector que este año ha sufrido los avatares de la sequía y del mercado, con precios no ajustados a los costes de producción.

A pesar de todo y de las dificultades, exhiben con orgullo su trayectoria. Y es que Nicolás Serna no olvida la dureza de una infancia en la que apenas iba a la escuela, solo cuando la climatología era adversa. O su experiencia en la mili, en el Sáhara, donde descubrió su capacidad para arreglarlo casi todo. Un aprendizaje que le ha servido para reparar tractores, máquinas y solucionar hasta lo más complejo.

Es más, ahora echa en falta «gente preparada» para manejarse en el campo. Por eso, reclama a la administración una Escuela de Capacitación Agraria para empleados. «Es difícil, dice, encontrar a alguien que sepa llevar un tractor de más de 250 caballos y un apero de seis metros de anchura».

Una opinión que comparte Nico, de 36 años, el último en incorporarse a la cooperativa, hace cinco años. Este ingeniero especializado en diseño industrial tuvo varias ofertas para marchar a Estados Unidos o quedarse en Reino Unido, donde cursó el último año de sus estudios, aunque finalmente se quedó en el negocio familiar. Se encarga de la mecánica y repara tractores antiguos, además de llevar el cereal.

Recuerda aún cómo al comienzo de curso escolar solía incorporarse habitualmente dos o tres meses tarde tras ayudar en la campaña de patata. O cuando con 13 y 14 años llevaba el tractor al campo con los aperos que antes le había enganchado su padre. Nico habla con orgullo de su padre y de su profesión, a la que se dedica, como sus hermanos, «con todo corazón».

Reconoce que empezar de cero en el sector agrario es «imposible», por eso, se considera afortunado de tener el apoyo familiar. Solo espera heredar la fuerza de sus padres para tirar de un negocio modélico en el que el protagonista es el agricultor profesional del medio rural.

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