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Pistoletazo de salida a la batalla forestal contra la procesionaria

Asfova El tratamiento es «efectivo» ahora dado que las ‘okupas’ de los pinos son «pequeñitas»

E. ORTIZ
16/09/2019

 

Hay visitas que no son bien recibidas y la de la procesionaria es una de ellas. Los pinos, sus anfitriones predilectos, ya han recibido el aviso de la llegada de este insecto que en el pasado marzo, coincidiendo con el aumento de las temperaturas, hizo saltar todas las alarmas. Y, como más vale prevenir que curar, la Asociación Forestal de Valladolid (Asfova) ya se ha puesto manos a la obra para que la visita sea lo menos nociva posible.

Son lepidópteros, popularmente conocidos como polillas, y haciendo honor a su mala fama se hospedan sin mediar invitación. El hándicap que plantean estas okupas llega cuando alcanzan su fase de larvaria pues «debilitan y defolian los árboles al comerse sus acículas», es decir, cuando son orugas se alimentan de sus hojas. Y lo hacen «durante el invierno». El técnico de Asfova, Jesús Alberto del Río, explica que su plato favorito son los pinos «pero también afecta a otras coníferas como pueden ser los cedros».

La problemática no acaba ahí, en el mal que ocasionan en los pinares, sino que puede llegar a repercutir a las personas dado que «los pelos que expulsa la oruga cuando se siente acosada son urticantes». Además, puntualiza Del Río afecta «especialmente a los niños» y puede «incluso ocasionar la muerte de mascotas, sobre todo perros, que se acerquen a los árboles a olisquear». De ahí que salten todas las alarmas. Es en la primavera cuando la procesionaria «baja del pino para completar su ciclo y enterrarse». A finales de esta estación y principios de la estival, apunta Del Río, «ya afecta a la población».

Para que esto no ocurra, ahora es el momento óptimo de actuar. De prevenir en la antesala del otoño para no tener que padecer durante el invierno y curar en la primavera. «En estas semanas sale la procesionaria, pero de momento no se ve y tampoco pica», concreta el técnico de Asfova para aseverar que los ciudadanos de a pie serán conscientes de los daños, que ya son perceptibles para los entendidos, «en un mes y medio». Daños que entonces no pasarán desapercibidos pues, insiste, la oruga «defolia los árboles y los deja sin hojas, como si estuvieran secos». Este deterioro, continúa, es más evidente «a medida que avanza el invierno» dado que «salen esos ronchones blancos que parecen bolas navideñas».

Además del perjuicio que salta a primera vista, Del Río señala al «significativo» que deja en la producción de madera. En la de piña, «no hay estudios que lo acrediten» pero desde Asfova lo ven claro: «el árbol emplea todos sus esfuerzos en producir hojas, no los dedica ni a crecer ni a reproducirse». Las heridas se vuelven «irreversibles» a medida que se incrementan los ataques de la procesionaria, como está ocurriendo en los últimos años, dejando pinos que «solo intentan sobrevivir».

El momento indicado para atacar a estas inquilinas es ahora, cuando «son pequeñitas», puesto que «la dosis autorizada de producto es baja». Son «mililitros por hectárea» los que se rocían en una «fumigación vía terrestre, dado que la área no está permitida». Del Río asegura que el tratamiento resulta «muy barato» siempre que se utilice a tiempo. «Si se retrasa, por mucho que se eche, ya no van morir las orugas», advierte.

Asfova cumple con esta labor a rajatabla desde hace 15 años. Trata entre 1.000 y 1.500 hectáreas anuales. Con la experiencia como bandera, reivindican tratamientos «directos en el foco, con independencia de su titularidad». Aboga por sumar fuerzas, públicas y privadas, «no para extinguir la procesionaria sino para reducir su población y que no afecte ni a los montes ni a las personas».

Del Río ubica en 2011 el «último tratamiento conjunto» entre Junta y propietarios. Desde entonces, la expansión de este lepidóptero «va a más». Insiste en que, para frenar lo que a su juicio ya tiene condición de plaga, es necesario un «ataque por focos» que parta de la coordinación y de colaboración. Como primer paso para esta andadura, los forestales vallisoletanos piden a la Administración un programa de control por comarcas que les ayude a cortar las alas a este insecto.

 

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