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Las consecuencias de no hacer nada

DONACIANO DUJO DONACIANO DUJO
22/07/2019

 

De los avestruces sabemos que gustan de meter la cabeza y aislarse del mundo cuando no quieren afrontar un problema. Y eso es lo que pasa a los políticos con el tema de los topillos: hacen como que no existiera, pero la realidad se empeña en llevarles la contraria, porque los topillos existen, y de qué manera.

En la mente de todos los agricultores y vecinos del medio rural quedó grabado aquel 2007, con los campos infestados de roedores. A los cuantiosos daños económicos en el sector agroganadero, hubo que sumar la lógica alarma social por la vinculación del topillo con la multiplicación de afectados por tularemia, que llegaron a superar las 500 personas aquel año. Una enfermedad que, aún no siendo grave según los criterios médicos, sí ocasiona unos daños importantes, que además se extienden en el tiempo.

Pues en este 2019, doce años después, nos damos de bruces con una situación muy parecida, y que demuestra que poco o nada se ha hecho para evitar que la plaga vuelva una y otra vez. Desde la administración se nos pide a los agricultores que ejerzamos como red de vigilancia, y así lo hacemos. Desde ASAJA hemos alertado en varias ocasiones de “picos” de proliferación de topillos, con su epicentro de actividad en Tierra de Campos y especialmente en Palencia. Nosotros hacemos nuestra parte, pero ¿qué hacen las administraciones? Esperar a que escampe y, de paso, acatar las demandas ecologistas de prohibir cualquier método de control, como las quemas controladas, que han sido tradicionalmente la forma más eficiente de sanear el campo. Así que campan a sus anchas por caminos y cuneta, zonas perdidas o abandonadas por la propia administración, donde los topillos se resguardan y reproducen sin freno.

Así las cosas, año tras año recae sobre las espaldas de los agricultores soportar a los topillos. Pero lógicamente en algún momento esta burbuja estalla, como en este 2019, donde desde hace meses se apreciaba un aumento de las poblaciones de topillos. En estos meses, pese nuestras denuncias, no se ha hecho nada y lo que eran focos se han convertido en plaga, que hoy se extiende por los campos de secano pero que a medida que avanza la cosecha arramplarán con el regadío y también invadirá -ya lo está haciendo- zonas verdes, piscinas y huertas familiares de los pueblos.

Y ahora ¿qué? Por desgracia no basta con decir que ya lo avisamos, porque resulta que esta inacción va a tener consecuencias directas en nuestras producciones, pero también en el bienestar y salud de los habitantes de los pueblos, en un momento de máxima ocupación, el verano. Ahora, como en 2007, habrá que tomar medidas de urgencia, para tratar de evitar el desastre. Pero hay que mirar un poco más allá, y establecer un plan de prevención sostenido a lo largo del tiempo, con quemas controladas en los meses de invierno y limpiezas mecánicas de esas infraestructuras que han convertido nuestro medio rural en un hábitat propicio para el topillo.

Y en este verano que se avecina problemático, invito a todos los que dictan las normas desde los despachos, o ponen palos en las ruedas desde los juzgados, a que se acerquen al campo y vean correr a los topillos por campos e incluso casas, y encima con el temor añadido a que transmita alguna enfermedad. Esto no es proteger la naturaleza y mucho menos defender el medio rural.

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