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Camperas sin estrés para un mejor sabor

La «fórmula» ecológica de Abel Moreno se nutre de su propia huerta para marcar la «diferencia» respecto a los huevos industriales

DIEGO SANTAMARÍA
12/02/2018

 

Dice un viejo refrán popular que «ave de pico no hace al amo rico». La máxima se aplicaba a rajatabla en Fresno de Río Tirón hasta la llegada de Abel Moreno. Se instaló en el pueblo en octubre de 2016 con varias «ideas de negocio», aunque un «giro drástico» en sus planes a comienzos del año pasado despertó sus «ganas de ser granjero». Sin embargo, el proyecto no nació de la noche a la mañana. Tardó cuatro meses en poner en marcha La Granja de Fresno tras documentarse a fondo sobre el cuidado y alimentación de gallinas con planteamientos ecológicos.

Lo que siempre tuvo claro, al menos desde que empezó «dibujando con lápiz y papel lo que sería mi granja», es que la crianza en libertad se convertiría en su principal seña de identidad. Su apuesta suponía un plus de esfuerzo, ya que las gallinas requieren «más cuidados y más gastos en alimentación». Eso sí, el resultado «merece la pena».

Lo mismo sucede con sus plantaciones hortícolas. También en ecológico, aunque sea más «complicado» porque la agricultura sostenible exige «muchas horas, mucho esfuerzo y sacrificio». Pese a ello, resulta innegable la «diferencia de sabor entre las hortalizas que nos comemos de las grandes superficies y las ecológicas». De hecho, reconoce que «después de cosechar tus frutos, se te antoja muy complicado probar otros que no sean los tuyos».

Como agricultor, Moreno plantó el año pasado «sobre estas fechas» cebollas, guisantes, lechugas y zanahorias. El problema es que con los «climas fríos» de su zona «las hortalizas no crecen hasta que sale más el sol», de ahí que esta campaña solo haya sembrado «ajos y unas pocas cebollas». En cualquier caso, su intención desde el principio fue cultivar «un tomate que supiera a tomate de verdad, una lechuga fresca criada por mí que supiera que no contiene pesticidas, ni tan siquiera fertilizantes, solo los nutrientes de la tierra que previamente yo cuido».

Volviendo a las gallinas, Moreno revela la «fórmula» de su alimentación para ofrecer el mejor sabor posible. La dieta, que no ha dudado en compartir a través de internet, se compone de maíz (35%), harina de soja (26%), trigo (9%), carbonato cálcico para la cáscara (9,5), aceite de soja (1,6%) y cebada (16,6%). Por si fuera poco, también se nutren de «toda clase de frutas y hortalizas que da la huerta, desde lechugas, berzas, tomates, patatas y pimientos hasta manzanas, peras, peras, mucha hierba y los bichitos que ellas mismas escarban de la tierra húmeda».

La crianza al aire libre se desarrolla en una parcela de 1.176 metros cuadrados con alrededor de 100 gallinas. Al ser camperas «queman más calorías», de ahí que la producción media por ejemplar ronde los 240 huevos por año. En cuanto a las «ventajas» que brinda este sistema, Moreno detalla que la gallina, al vivir en régimen de libertad, «no genera la hormona del estrés en su organismo», de tal manera que «no pasa a formar parte del huevo». Por otro lado, recuerda que la Consejería de Agricultura y Ganadería «nos exige ofrecer a nuestras gallinas cuatro metros cuadrados como mínimo de pasto». Entre sus planes de futuro, lo primordial sería «ampliar la granja y adquirir así más terreno por un periodo de cinco años prorrogables» tras alcanzar «recientemente» un acuerdo con los propietarios.

Lógicamente, la ausencia de estrés repercute de manera positiva en la salud de las camperas. Así pues, «se crían mucho más sanas», por lo que «si no enferman, no tienes que administrar antibióticos» que «pasan a nuestro organismo». Tampoco se olvida del factor alimenticio. La diferencia en este caso es «muy grande» si se compara con las gallinas enjauladas, cuya dieta se sustenta «a base de piensos compuestos para ponedoras». Por contra, una campera «se alimenta todo el grano que necesita para la puesta y tiene un extra de bichitos como las lombrices que habitan en su corral, frutas, hortalizas...».

 

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