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ZAMORA

Calidad intacta del garbanzo de Fuentesaúco

BALANCE. La sequía evita la aparición de enfermedades pero limita las producciones por «la falta de humedad en el suelo» / El Consejo Regulador de la IGP celebra la tendencia al alza en las siembras y denuncia el «uso indebido» de su nombre

E. ORTIZ
07/10/2019

 

 Dice el refrán que «el buen garbanzo y el buen ladrón de Fuentesaúco son». Las dudas de los cacos se disipan con las legumbres que, a modo de relevo de la protección real con la que llegaron a contar en el siglo XVI, ahora presumen de ser Indicación Geográfica Protegida (IGP) en la provincia zamorana. Este sello, regulado a nivel europeo, no les hace inmunes a la sequía que también ha dejado huella en la cosecha en términos de cantidad. La calidad, sin embargo, gana el pulso a la falta de precipitaciones. Esa es la valoración que arrojan las «primeras catas» que dan la bienvenida a octubre, mes en el «empieza a moverse» lo recogido dado que la demanda del producto aumenta conforme bajan las temperaturas.
«La calidad no se ha resentido», celebra el director técnico del Consejo Regulador de la IGP tras lamentar una «cosecha complicada» en un año marcado por una «sequía extrema» que ha dejado «muy limitadas» las producciones de este cultivo de secano «por la falta de humedad en el suelo». Nicolás Armenteros asegura que además de escasas, las exiguas precipitaciones «no fueron muy útiles porque al ser pequeñas no llegaban a la raíz de las plantas». En consecuencia, la cosecha «se ha resentido mucho», más aun si se tiene en cuenta que la anterior fue récord al triplicar la producción media, que ronda los 600 kilos por hectárea. Esta temporada cae casi a la mitad, con «poco más de 300 kilos por hectárea».
Este año «extremadamente seco» ha ido de la mano en Zamora de unos mercurios «muy altos» que «dificultan la viabilidad a cualquier cultivo», sobre todo en secano. «Las temperaturas se pueden mitigar si hay agua, pero unidos los dos factores devuelven unas producciones que no llegan a aceptables», subraya para insistir en que cosechas como la de este año «no permiten que haya una rentabilidad real del producto».

Una campaña seca, por otro lado, es sinónimo de «baja incidencia» de enfermedades. La carencia de agua también se traduce, en el caso del garbanzo, en una escasa presencia de hongos dado que «suelen necesitar condiciones altas de humedad». Por ello, «no ha sido necesario hacer ningún tipo de tratamiento» como tónica general. «Casi es preferible que no se dé esta situación porque la experiencia nos dice que cuando hay pocas enfermedades, la cosecha se debilita más puesto que va ligado a bajas precipitaciones», apunta.

En la provincia zamorana, las siembras también quedan en mano de la climatología. Marzo sería la media. La sucesión de «primaveras más secas y calurosas que antes» hace que muchos agricultores empiecen pronto, en febrero, «para aprovechar un poco más la posible humedad del invierno». Hay quienes «son más tradicionales y apuestan por la época clásica» de esta legumbre, en la que San José da el pistoletazo de salida. Y si, por el contrario la lluvia hace acto de presencia, esperan hasta abril. La cosecha, mayoritariamente, se da cita en agosto.

Récord

El garbanzo de Fuentesaúco ha vuelto a batir récord en el terreno. Si el año pasado el Consejo Regulador celebraba las 600 hectáreas, en esta campaña se toparon con la «sorpresa» de llegar a las 800. «Comparadas con las de otro tipo de cultivo no son una gran superficie, pero lo importante es la tendencia a incrementar la siembra», considera su director técnico para puntualizar que esta subida va acompasada de otra en la comercialización: «es evidente que hay tirón porque en los dos últimos ejercicios casi se ha duplicado». No lo ha hecho, sin embargo, exento de zancadillas. «Nosotros hemos realizado un esfuerzo muy grande por afianzar nuestra legumbre autóctona», contextualiza Armenteros para lamentar que en el mercado «ha funcionado mucho la venta de un garbanzo más gordo» y las cualidades del de Fuentesaúco «han tardado un poco en llegar al consumidor».

Este no es, en cambio, el mayor hándicap con el que esta legumbre se encuentra en su expansión: «el abuso o uso indebido de tiendas y establecimientos que no se resisten a utilizar el nombre del garbanzo de Fuentesaúco, cuando realmente no lo es, para vender más».

Dos motivos empiezan a equilibrar la balanza: la concienciación del público de «demandarlo envasado y con contraetiqueta», y su presencia en grandes superficies.

La «abundante» cosecha de la campaña pasada es, a juicio de Armenteros, otro freno pues «el mercado no absorbe de la noche a la mañana». Con la bajada de producción de esta, asegura, se da una armonía dado que este garbanzo presume de «dos años de validez».

Detrás de la IGP hay 60 agricultores que deben cumplir una serie de obligaciones como la de utilizar la semilla autóctona, contar con un suelo franco arenoso dentro de los 22 términos municipales delimitados en Zamora, así como intercalar cultivos. Todo ello es controlado adecuadamente mediante cuadernos de campo, con tratamientos en dosis autorizadas. Además, los almacenes son inspeccionados por el Consejo Regulador para comprobar que «cumplen con la ausencia de humedades, roedores o cualquier elemento contaminante».

Las 13 empresas envasadoras con las que trabajan cuentan igualmente con deberes. «Tienen que pasar unos análisis sensoriales en los que consigan, como mínimo, un cien por cien de hidratación; es decir, un kilo de garbanzos tiene que absorber en 12 horas su mismo peso en agua, un litro», explica su responsable antes de garantizar que los de Fuentesaúco «lo sobrepasan con creces dado que suelen estar entre el 115 y el 118%». Asimismo, debe hacerse una «prueba de cocción» que dé el visto bueno a una «piel fina, mantecosa y no granulosa, y con un sabor agradable».

En cuanto al precio, Armenteros concreta que ronda los tres euros. «No es algo prohibitivo y la diferencia con otras legumbres es inapreciable», valora descartando que el tema económico suponga «un impedimento».

FRAUDE

En el balance «totalmente pesimista» que hacen desde la cooperativa Los Zamoranos asoma un destello de luz: «la calidad es muy buena». Su responsable, Florencio Rodríguez, lamenta «el desastre generalizado» que la sequía y el calor han provocado en la producción. «El garbanzo necesita humedad», sentencia antes de remarcar un pero: «si hay lluvias persistentes, aparece el fusarium y se resiente la legumbre».

Esta cooperativa suma unas 100 hectáreas de este cultivo y las mejor paradas han sido aquellas que se sembraron pronto. «Los agricultores que adelantaron las labores a principios de febrero han acertado porque arrastrábamos un invierno seco y la primavera lo fue aún más», reconoce Rodríguez para situar la cosecha media en 300 kilos por hectárea.

Para este cultivador, el «fraude» juega una mala pasada al garbanzo de Fuentesaúco. «Que en distintos puntos geográficos de la Península se utilice este nombre a la ligera es un indicativo de que hay algo que no funciona», reprocha para recordar al consumidor que la contraetiqueta del Consejo Regulador es el mayor garante.

Este es el principal culpable que, entiende, hace que «falle la comercialización» del producto. «Tenemos potencial para hacer las cosas bien y desarrollar nuestro cultivo, pero no somos capaces de sacar la producción de una forma correcta y eso que el garbanzo ya tiene promoción por sí mismo», explica para descartar la influencia del precio. «Puede haberse incrementado un 15% como mucho, pero esa subida en un kilo de legumbre resulta ridícula», asevera antes de abogar por la «búsqueda de soluciones» para que los profesionales de la comarca vean «sus esfuerzos compensados» y sigan apostando por unas siembras dignas de la realeza.

 

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