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INICIATIVAS

Blindaje a la calidad del viñedo

Globalviti. Castilla y León participa en un proyecto nacional que pretende mejorar la producción vitivinícola frente al cambio climático / Ocho socios y 13 centros de investigación perfilan una plataforma que permita adelantarse a las nuevas amenazas

ELSA ORTIZ
02/12/2019

 

Para que una función sea exitosa, el atrezzo y el vestuario han de acompañar el hilo de la obra. Lo mismo ocurre con los vinos, cuya elaboración debe estar en consonancia con el escenario. El telón de fondo lo pone el cambio climático, invitando a que la representación corra a cargo de la compañía I+D. La investigación industrial y el desarrollo experimental llevan la batuta en Globalviti, un proyecto nacional que forja un escudo para blindar la calidad de la producción vitivinícola frente a las amenazas medioambientales.

La robótica, las tecnologías de la información y las estrategias biotecnológicas perfilan, junto a la adaptación del propio manejo de las viñas, una solución integral que no deja fuera ningún paso, empezando por la tierra y terminando en el vino. Esta iniciativa multidisciplinar busca, en resumen, alternativas marcadas por la innovación para adelantarse a los efectos de la nueva realidad, que ya son palpables; especialmente en las enfermedades de la madera y en la necesidad de dar con una gestión que palie los perjuicios de estas patologías.

Esta solución global la perfilan ocho socios. La bodega Familia Torres lidera un proyecto en el que, además, participan otras como Pago de Carraovejas, Juve & Camps, Martín Codax y Ramón Bilbao; así como los Viveros Villanueva Vides y las empresas Pellenc Ibérica y Grupo Hispatec. Las contribuciones de los ocho toman forma al abrigo de trece organismos de investigación de referencia a nivel nacional, entre los que asoma la Comunidad de la mano del Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (Itacyl), el Instituto de investigación de la viña y el vino de la Universidad de León.

En la antesala de las navidades hacen balance para saber qué les deparará 2020. La cuenta atrás de esta iniciativa, que arrancó en agosto de 2016, ya está puesta en marcha y el contador llegará a cero el próximo julio. Los hallazgos de estos cuatro años cuentan con un presupuesto global de 8,8 millones y el respaldo financiero del Programa Estratégico de Consorcios de Investigación Empresarial Nacional (CIEN) del Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial (CDTI).

Una plataforma digital que, a través de la inteligencia artificial y el machine learning, permita evaluar el estado sanitario de cada una de las plantas y el prototipo de un nuevo sistema inteligente para la aplicación de fitosanitarios en viñedos son la meta de Globalviti. Para cruzarla restan tareas pendientes como una base de datos con más de 30.000 fotografías previamente clasificadas por investigadores, que facilitará un diagnóstico sin necesidad de expertos. «Lo que hacen ahora es integrar todos esos datos en una plataforma que arroje interpretaciones más sencilla», traduce la jefa del Área de innovación y optimización de procesos del Itacyl. Cristina León adelanta que el reto pasa por encontrar «herramientas simples que ahorren costes al anticiparse a lo que pueda venir». Este desafío parte, como enumera, de seis objetivos: la utilización de las tecnologías de la información para la gestión y toma de decisiones; el control y la prevención de las enfermedades de la uva; la determinación de correlaciones; la selección de clones de vid resistentes a la sequía; la implementación de alternativas biotecnológicas en el mano; y la integración del Big Data en la evaluación de los viñedos.

Actividades

Cuatro son las actividades que estructuran el plan de trabajo de Globalviti en función de los aspectos clave en la cadena de valor: madera, viñas, microorganismos y explotaciones. El Itacyl opera, por encargo de la bodega Pago de Carraovejas, en el tercer apartado con el diseño de estrategias enológicas para poner un candado a la «máxima expresión aromática y singularidad de los vinos», minimizando el impacto del cambio climático. En concreto, la subtarea que tiene asignada busca «determinar la calidad de tintos de crianza a partir de la microbiota del suelo, uva y vino».

Silvia Pérez-Magariño es la investigadora que está al mando de esta línea que se centra, concreta, en el análisis de las aminas biógenas, unos compuestos nitrogenados que en gran medida pueden tener efectos negativos para la salud. «Estas aminas se producen por microorganismos que se encuentran en el suelo, la uva o incluso el propio ambiente de la bodega», contextualiza para desvelar que el fin de la tarea encomendada es «seleccionar los microorganismos más adecuados para frenar la producción de este tipo de compuestos». Con esta selección, añade Cristina, la bodega peñafielense busca ganar el pulso a «toda esa microbiota que puede aparecer en las distintas fases de producción para seguir manteniendo el perfil sensorial de unos vinos de calidad muy alta».

La primera aportación de estas pesquisas es, como comentan ambas, «la inoculación de bacterias lácticas para la reducción de aminas biógenas, principalmente histamina, que den lugar a vinos más saludables». Todo ello sin crear alarma. La jefa del Área de innovación y optimización de procesos del Itacyl remarca que la histaminas presenta efectos tóxicos a «determinadas concentraciones», que la Organización Internacional del Vino (OIV) limita en 12 miligramos por litro. «Pago de Carraovejas está por debajo de 1 y así quiere continuar, protegiendo el perfil aromático que les distingue», sentencia para anotar que desde el laboratorio de cromatografía buscan «reinventarse para proteger la calidad» frente a los vaivenes climatológicos.

Este «apoyo analítico» que brinda el Itacyl tiene una perspectiva saludable en los vinos a la que se une otra organoléptica al pie de la bodega, al determinar «los compuestos volátiles de la madera y su influencia en la composición de los tintos envejecidos en ella», precisa Silva después de subrayar que trabajan con «20 maderas distintas en unas 13 tonelerías» para preservar sus características propias.

Aunque ya han entrado en la recta final, la investigadora que encabeza esta línea enológica aboga por la cautela ante los flecos pendientes. «Aún falta concluir el seguimiento en barrica de los vinos de 2018, así como corroborar los resultados obtenidos hasta el momento en la última vendimia, la de 2019», remarca para precisar que el contenido de histaminas se analiza en los tintos más recientes pero también con su envejecimiento en barricas. «El estudio se hace a los seis y a los doce meses de crianza, para ver si hay síntomas de evolución a lo largo de la misma», concreta Silvia.

Los contrastes previos a esta «resonancia magnética», adelanta Cristina, ya ponen sobre la mesa «la reducción drástica de estas aminas biógenas en los tintos» así como la «influencia de la composición de la madera en los vinos, dando lugar a la diferenciación que reclama un mercado tan competitivo». La responsable del Itacyl no descarta la «apertura de puertas» que Globalviti ejerce hacia otros proyectos puesto que el cambio climático «exige adaptaciones a todos los niveles».

La otra participación autonómica en esta estrategia nacional corre a cargo de la Universidad de León, en concreto de su Instituto de Investigación de la Viña y el Vino. Este grupo de trabajo camina de la mano de los Viveros Villanueva Vides. Amistades familiares entre una bodega leonesa y la empresa navarra tejieron los lazos de ésta última con la institución académica en 2007, y ahora están embarcadas juntas en el «mayor proyecto vitivinícola del país». El responsable de I+D de los viveros, Carlos Lucea, asevera que participar en el mismo es una «satisfacción» puesto que en cierta manera respalda que el objetivo que persiguen desde 2007 de «producir plantas lo más sanas posibles» es una tarea «bien hecha».

Esta empresa cumple dos misiones dentro de Globalviti. Carlos divide esta estrategia en dos partes para contextualizar sus quehaceres. Su aportación en la troncal, donde cada uno de los ocho socios pone su grano de arena bajo la responsabilidad del Instituto de la Vid y el Vino, es la propia de un vivero al ser la «proveedora de plantas para las formulaciones de las cuatro bodegas».

Es en la «línea individual» en la que cuentan con la Universidad de León, dando continuidad a un estudio sobre las actinobacterias en viñedos que arrancaron hace cuatro años. Carlos puntualiza que en estas analíticas buscan «bichitos buenos que hagan de escudo frente a los malos». De las 20 candidaturas a esta «lucha biológica para buscar métodos naturales de control», tres salieron vencedoras por su acción biocida. Una vez que se conformó este podio a nivel de laboratorio, el siguiente paso fue la «repetición a nivel experimental en campo», es decir, en el propio vivero.

Con Globalviti lo que se hace es «ampliar y llevar a las viñas aquello que hasta ahora se ha visto que funciona bien», reparando en dos aspectos: perdurabilidad y translocación. A ambos acompaña, hasta la fecha, un tic verde puesto que las bacterias inhibidoras «continúan en la planta tres años después, habiéndose desplazado del sistema radicular a las hojas». Queda comprobar una tercera característica: la efectividad. Es decir, «si después de sobrevivir y trasladarse sigue teniendo ese efecto biocida», concluye Carlos.

Para llevar a la práctica los resultados encontrados en este proyecto por Pago de Carraovejas y el Itacyl o Viveros Villanueva Vides y el Instituto de la Vid y el Vino es necesario que el sector aproveche el impulso de la transformación digital e incorpore a sus manejos la industria 4.0. Una renovación que urge Globalviti para echar el freno y que la viticultura no muera ante una realidad climática que cambia a plazos agigantados pudiendo limitar, en el medio plazo, el cultivo de la vid en muchas regiones del país.

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