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Auténticas ‘influencers’ del mundo rural

LUCHA Las mujeres que «viven y sobreviven» en pueblos lamentan la «invisibilización» que aún envuelve a su trabajo en el sector primario / Denuncian la desigualdad de oportunidades que padecen en un entorno «carente de derechos y servicios»

E. ORTIZ
21/10/2019

 

«Lo rural está de moda». Pero es una tendencia de temporada. De la estival en concreto. Puede presumir de algo de reclamo durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa. Los reclamos se disparan en la antesala de las elecciones con maletas cargadas de promesas que pocas veces llegan a buen puerto. El resto del año solo quedan «valientes» que entienden de ella.

Hay jornadas concretas en las que esta moda es el último grito como ocurre, cada 15 de octubre, en la que se dedica a las mujeres que en este ámbito «viven y sobreviven». Son auténticas influencers que cambian el mundo digital por el rural y labran su credibilidad, requisito indispensable para presumir de esta etiqueta, «los 365 días del año».

Loreto Fernández, Rosa Arranz y Nuria Alonso son mujeres rurales. Detrás de estas dos palabras se esconden otras como trabajo, esfuerzo y tesón. También asoma la desigualdad, por razones de género pero especialmente por las condiciones propias de las zonas en las que residen. «Esto no quiere decir que en el medio urbano no se hagan sacrificios, pero los del rural están enmarcados en la inexistencia de transporte público y de otros servicios que obligan a depender a diario del coche y de unas carreteras que, además de en pésimo estado, están plagadas de animales salvajes», sintetiza la primera de ellas que recorre con asiduidad todo el norte de Palencia para impartir talleres artísticos. Desplazamientos que salen desde Santervás de la Vega, donde tiene una explotación de cereal en la que alterna secano y regadío.

Es precisamente ahí, en el sector primario, donde la presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) en Castilla y León coloca la invisibilización de las féminas que, por otro lado e impulsadas por la menor mano de obra que requiere un campo cada vez más modernizado, son quienes «se deciden a emprenden con pequeños negocios, que también son necesarios en medio rural y en los que se ponen al frente». Es así como se empieza a ver algo de luz.

Para la segunda de las protagonistas de esta historia, que remarca el carácter «a veces hostil» de este entorno, la visibilidad de la mujeres es «una asignatura pendiente» porque, a pesar de ese ápice de luz, lejos queda «realmente cuánto contribuyen a que los pueblos permanezcan vivos». Rosa es vecina de Olombrada, una localidad segoviana con cerca de medio millar de habitantes, y se dedica a la agricultura y la ganadería. Regenta una granja de cerdas madres donde sus inquilinas no entienden de fines de semana ni de vacaciones. «Hasta mi marido y yo nos tenemos que poner de acuerdo para caer enfermos», comenta para poner en valor una «profesión dignísima». Esta influencer lo es desde la presidencia de la de la Iniciativa Social de Mujeres Rurales (Ismur) Castilla y León así como de la Unión de Mujeres Agricultoras y Ganaderas.

Nuria también vive en la provincia de Segovia. Concretamente en Fuente el Olmo de Íscar. «Siempre digo que es más largo el nombre que el pueblo en sí», bromea antes de señalar que cuenta con 80 censados entre los que resuena el clamor por un médico y un ayuntamiento propio. «No vamos a pedir un colegio, pero sí que haya medios para que nuestros niños puedan desplazarse al más cercano», razona para hacer hincapié en que una mujer rural «es igual en un municipio de cien vecinos que en otro de 5.000, solo que en el primero no recibe los mismos servicios ni impulsos». A esta desigualdad suma la de género pues, aunque ella no lo ha «vivido así», considera que continúa siendo «un mundo muy masculinizado» en el que el hombre es todavía «la cabeza visible».

La pasión de esta segoviana por su especialización como personal shopper hace que cada día recorra 60 kilómetros para ir y venir de su casa a su trabajo en la capital. Además de estar inmersa en la gestión de eventos, atiende una explotación familiar de ganado. Es vicepresidenta nacional de la Federación de Mujeres y Familias del Ámbito Rural (Amfar), que igualmente lidera en Segovia.

Titularidad compartida

Loreto añade otra «tarea pendiente»: la titularidad compartida. Aunque Castilla y León es la comunidad que más registros tiene, con 230 de los 609 totales del país, aún resta trabajo para que «las que decidan estar en una explotación, lo hagan en condiciones». Y para que esta figura jurídica les resulte «más atractiva», aboga por «alguna partida más» que blinde «el reconocimiento legal de su trabajo».

Según valora Rosa, esta opción juega «un menor papel del que debería». Recuerda la aprobación por unanimidad de la Ley autonómica, que «se creía que llegaba para resarcir tantos años de injusticia y de carencia de derechos». Considera que es una «buena» normativa que no recibió, desde las administraciones y especialmente desde la estatal, «la atención ni la difusión» necesarias. «Tendrían que habérsela creído más y haberse puesto de acuerdo para no solapar conceptos ni tener desencuentros en sus interpretaciones», apunta.

A este listado de matices, Nuria añade la «falta de información» en torno a la titularidad compartida. El desconocimiento en este ámbito, como en muchos otros, también es sinónimo de rechazo. «La mujer siempre ha trabajado en el campo, en las tareas o llevando el papeleo, pero esto se ha visto como una ayuda sin reconocerse como empleo», argumenta para lamentar que hoy en día todavía son muchas las que permanecen «detrás».

Si hay algo visible en el medio rural es el techo de cristal. ¿El motivo? «Siempre recurren al mismo, que no encuentran mujeres que quieran estar», reprocha la presidenta de Fademur en Castilla y León con la consideración de que sería «más fácil» acceder a puestos en organismos representativos «si existieran unas normas que estipulasen una presencia femenina casi obligatoria».

Para la máxima responsable de Ismur esta «infrarepresentación» reproduce el patrón general con el añadido de «la masculinización tan evidente y patente que se ha sorteado en los años de atrás». Sin embargo, ve como «tímidamente van entrando en las ejecutivas» de cooperativas y organizaciones agrarias donde, remarca, «no deben relegarse a compartimentos estancos ni a hacer bonita la foto» de un día puntual. «La mujer que hoy decide quedarse en el campo está igual de capacitada que un hombre para todas las tareas», sentencia.

Con menos optimismo mira la vicepresidenta de Amfar al techo de cristal: «es algo que no va a cambiar nunca». Toma como referencia las administraciones, donde quienes las lideran «se llenan la boca con la palabra mujer, en días puntuales como el 8 de marzo, pero a la hora de la verdad no hay presidentas ni en el Gobierno ni en la Junta ni en las diputaciones». Para Nuria, esta realidad «se agudiza» en el ámbito rural. «Valemos para sacar las castañas pero no para figurar en órganos de representación», critica.
oportunidades

Con este escenario como telón de fondo, ¿hay futuro para las jóvenes? Las que «se lancen a la aventura» de lo rural, sin el colchón del sector servicios o de una explotación familiar, «lo tienen complicado». Loreto asevera que el empredimiento es bienvenido y bien recibido en estos municipios, salvo por una vecina que ocasiona bastantes problemas: la conexión a Internet. «Esperemos que esto se solucione pero ya, no vale el poco a poco», insta.

Este es uno de los factores, de esos que «hacen la vida algo más fácil», a cuya ausencia Rosa coincide en culpar como «freno a las jóvenes para quedarse» en los pueblos. «No estamos pidiendo nada que no nos corresponda, pagamos los mismos impuestos y tenemos idénticos derechos», espeta antes de repartir responsabilidades de las migraciones: «también tiene mucho que ver la visión que hasta hace poco se ha tenido de que quedarse en el pueblo era fracasar y, al final, tanto inculcar el ir a la ciudad para triunfar a hecho mella».

Nuria desgrana dos claves para poder hablar de futuro en el medio rural. Por un lado, plantea «enfocar la formación» a las posibilidades laborales que éste brinde. Y, por el otro, aboga por ponérselo fácil a las industrias con «el papeleo y las subvenciones» para que apuesten por este entorno. Son propuestas dirigidas a «conseguir que las mujeres no abandonen» los pueblos. «Al final somos las que fijamos población; y muchas veces no nos vamos por voluntad propia, más bien sentimos que nos echan», asevera.

Riendas

Este es el contexto en el que Loreto, Rosa y Nuria llevan más de dos décadas luchando. Cuando decidieron coger las riendas de la situación a través de asociaciones como Fedemur, Ismur y Amfar eran esposas de, hijas de o madres de. Ahora son mujeres rurales, con todas las letras, que alzan la voz por la igualdad en un medio que «no solo es bonito un día al año o durante las vacaciones estivales».

Para «valientes» como ellas, que soportan veranos pero también inviernos, piden mejoras. «¿Cómo no vamos a reivindicar buenas carreteras si tenemos que desplazarnos para ir al médico, a hacer la compra o incluso a trabajar?», se pregunta Loreto para denunciar el estado de «algunas que son casi caminos de cabras y están abarrotadas de animales salvajes».

La «principal» reivindicación que Rosa pone sobre la mesa plantea una Política Agraria Común (PAC) «más igualitaria y justa» para las mujeres. «Si tuviera una mirada un poco menos miope y una perspectiva de género global en sus medidas, seguramente avanzaríamos más y mejor», razona.

Por su parte, Nuria invita a hacer «una política a pie de campo y no desde las oficinas» para comprobar de primera mano la exigüidad de las comunicaciones, tanto las de transporte público y privado como las relativas a las nuevas tecnologías. Otra pieza clave, a su entender, es la formación. «No salen programas formativos desde tiempos de bonanza», lamenta para reclamar una «disposición tanto de palabra como económica» a quienes «solo se acuerdan de las mujeres rurales cuando hay una jornada especial».

Llevan más de 20 años andando en la misma dirección, para dar respuestas a sus inquietudes y alas a todas aquellas que «viven y sobreviven» en los pueblos. Las tres coinciden en el remarcar la dureza de un camino plagado de curvas y desazones que no han impedido, en cambio, avances abismales pero lentos.
A las mujeres rurales aún les queda mucho camino por recorrer en el que auténticas influencers como las de esta historia continuarán uniendo su trabajo, esfuerzo y tesón diarios para derrocar desigualdades, injusticias e incluso techos de cristal.

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