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ALIMENTOS

Agricultura vertical

La demanda de alimentos, la escasez de tierra cultivable y el cambio climático obligan al sector a adaptarse a un futuro más sostenible

M. CALLEJA
09/10/2017

 

En el año 2050 la población mundial superará los 9.000 millones de personas, un 34% superior a la de hoy en día, según las previsiones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO. Una estimación que implica duplicar prácticamente la producción de alimentos para atender las necesidades y la demanda de una población en aumento, teniendo en cuenta que este crecimiento se producirá sobre todo en los países en desarrollo.

Según estos datos, y en relación a algunos productos básicos, solo la producción anual de cereales tendría que alcanzar los 3.000 millones de toneladas, casi mil más que en la actualidad (2.100 millones), mientras que la producción de carne aumentaría en más de 200 millones de toneladas hasta llegar a los 470 millones.

Un difícil reto al que se enfrenta la agricultura actual obligada en los próximos años a incrementar la productividad, con menos suelo cultivable, menos agua, y también de forma más sostenible.
Estas son las perspectivas de futuro que analiza Rosa Porcel, investigadora en mejora genética de plantas en la Universidad Politécnica de Valencia, quien tiene claro que «hay mucho por hacer» para que la actividad agraria sea capaz de garantizar en este horizonte 2050 «cantidad y calidad» en los alimentos. Es decir, que haya productos disponibles para una población mundial creciente, que se asienta en un 70% en áreas urbanas, que éstos sean «seguros» y que ofrezcan «beneficios» para el consumidor, en un marco «respetuoso» con el medio ambiente.

La agricultura es la principal fuente de alimentación humana y animal. El incremento de la producción se vincula en la mayor parte de los casos a un aumento en los rendimientos y la intensidad de los cultivos. El resto, en torno al 20%, procedería de la expansión de la superficie de tierras cultivables, circunscrita principalmente a los países en desarrollo, según la FAO.

La pregunta que formula Porcel en estos momentos es: ¿cómo crecerán las plantas? ¿dónde se cultivarán? y ¿para qué servirán?. Una reflexión que esta investigadora trasladó recientemente en Naukas Valladolid, un evento organizado por el Parque Científico de la UVA, y en el que expertos en diferentes materias hablaron sobre ‘La ciencia del futuro’.

El hombre comenzó ya en el neolítico a «modificar» las plantas, como explica la profesora de la Universidad Politécnica de Valencia. Una manipulación necesaria ,ya que de otra forma no tendríamos ninguno de los alimentos tal y como los conocemos hoy en día, «ni estaríamos aquí», según esta investigadora. Porcel tiene claro, en este sentido, que las plantas en el futuro van a crecer «literalmente hacia arriba», es decir, hablamos de lo que se conoce como agricultura vertical. Un modelo que no es nuevo y que trata de dar respuesta a la escasez de superficie de cultivo.

Aunque no es una técnica demasiado extendida, especialmente en Castilla y León, lo cierto es que existen experiencias en todo el mundo que ofrecen algunas ventajas importantes frente a la agricultura tradicional. El cultivo hidropónico o aeropónico no hace uso del suelo, sino del aire y el agua, lo que reduce los costes y el impacto ambiental frente a los modelos tradicionales.

La investigadora en mejora genética relata algunas experiencias verticales como la que existe a unos 20 kilómetros de Nueva York, con una nave de unos 30 metros cuadrados, donde se producen mil toneladas de lechugas al año. Si el ciclo de cultivo suele ser de unos 46 días, aquí se reduce a quince, teniendo en cuenta que no hay herbicidas ni insecticidas, y el uso del agua es un 80% menor. Y es que la agricultura vertical puede reducir de una forma significativa la demanda de agua actual destinada al cultivo de plantas y el ganado.

Por otra parte, como apunta Porcel, se reducen los gastos en logística y transporte, así como el consumo de combustibles fósiles. En su opinión, el futuro de la agricultura pasa por «mejorar» las plantas y producir alimentos «seguros». Un futuro en el que hay que hablar de biotecnología e investigación para garantizar el desarrollo de nuevos alimentos y evitar también «que se extingan otros», como el chocolate, amenazado por el cambio climático. Se busca, en definitiva, alimentos «más saludables, nutritivos, más sanos y con mejor sabor». Todo ello en un contexto climatológico cambiante que exige el desarrollo de plantas cada vez más tolerantes a la sequía, en un entorno más eficiente.

Cambio climático

El cambio climático es una realidad como constata, por otra parte, José Luis Marcos, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingenierías Agrarias de Palencia, quién apuesta por la formación, la investigación y el apoyo institucional en el sector agrario para abordar este desafío.

Marcos recuerda que la actividad agrícola supone actualmente el 12% de las emisiones mundiales de gases efecto invernadero, aunque se muestra convencido que, con un compromiso «firme y decidido» de los empresarios agrícolas por la sostenibilidad, el medio ambiente y la biodiversidad se podría «revertir esta tendencia».

La Escuela de Ingenierías Agrarias de Palencia ha participado en dos proyectos Life+ de la UE cuyo «nexo común» es la mitigación del cambio climático mediante la implementación» de sistemas agroforestales que sean «viables» económicamente. Proyecto bajo la denominación ‘Desiertos Verdes’ y ‘Operación CO2’ que ofrecen un «cambio de perspectiva» en el paisaje actual de la agricultura intensiva, transformando las actuales parcelas en proyectos agroforestales, «secuestradores de carbono», compatibles con la biodiversidad de las especies y con la agricultura verde.

En estos proyectos se utilizó, por ejemplo, el waterboxx. Una curiosa caja que, como explican desde la Escuela, es capaz de captar el agua de la lluvia y del rocío y suministarla lentamente a un árbol logrando que sobreviva en ambientes áridos y suelos degradados.

Marcos cree que estos métodos, junto a diferentes prácticas agrícolas como la utilización de micorrizas, cultivos forrajeros plurianuales como la alfalfa y el laboreo de conservación, deben ser «impulsados mediante ayudas e incentivos institucionales. «Las autoridades y la comunidad científica tienen que ser capaces de certificar un sistema de créditos de carbono a los cultivos agrícolas que utilicen estas prácticas para que los agricultores obtengan una recompensa a mayores por su labor en favor del medio ambiente», aseguran.

 

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