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Industrias José Luis Blanco

Valladolid universaliza el genuino churro

Las chinchetas sobre el mapamundi señalan los territorios ‘conquistados’ por el inventor José Luis Blanco:91 países de los cinco continentes elaboran churros con sus pioneras máquinas. Ciclista profesional, cambió la bici hace seis décadas por un negocio «multiplicado» ahora por su hija.

MAR PELÁEZ / VALLADOLID
04/06/2018

 

Despliegue un mapamundi y piense: ¿qué pueden tener en común un coreano, un indio, un kuwaití, un caboverdiano, un australiano y un mexicano? No es un chiste. Su nexo en común es que todos ellos comen churros elaborados con maquinaria fabricada en Valladolid.

Y no son los únicos. Industrias José Luis Blanco vende su maquinaria en 91 países de los cinco continentes, por lo que un amante de este dulce frito tan español bien podría «hacer una ruta gastronómica» y «dar la vuelta al mundo de churrería en churrería», tal y como muestra, sobre un mapa repleto de chinchetas, Belén Blanco, directora general e hija del fundador. «Más de 10.000 máquinas vendidas», recuenta.

Hace ahora justo seis décadas que José Luis Blanco echó los ingredientes para convertir a Valladolid en «referente mundial del churro». Ciclista profesional, colgó la bicicleta y el 1 de abril de 1958 comenzó a ‘amasar’ su sueño de empresario. Desde un pequeño taller auxiliar de automoción, en el barrio de las Delicias, José Luis empezó a «inventar», y así continúa a sus 83 años largos, «ejercitando la mente» y plasmando en cualquier papel y en cualquier circunstancia «las ideas» que le continúan surgiendo.

Antaño mezcló cuatro ingredientes: su pasión por los churros, su formación como metalúrgico, la inexistencia de maquinaria específica en las churrerías de entonces y la poliomielitis de su amigo Eusebio –el churrero de las Delicias–, y ‘cocinó’ su primer caldero basculante para evitar que se le derramara el agua hirviendo. «Vi una necesidad más que una forma de ganar dinero y lo creé», recuerda con memoria milimétrica.

A ese invento le sucederían cientos; como su primera churrera, que pesaba 116 kilos y que «aún funciona» en Manzanares (Ciudad Real), o una amasadora, la «antecessor», su primera máquina automática con transmisión de cadenas de bicicleta. Porque, «aunque parezca curioso, empezó haciendo aparatos automáticos antes que manuales», relata su hija. Luego tuvo «el mérito» de fabricar el primera artilugio para hacer churros de lazo, que «triunfó» en la capital madrileña.

No tenía competencia y pronto sus equipos saltaron el ‘charco’. Un cliente mexicano le compró antes de entrar en la década de los 70 un buen número de dispositivos, lo que le permitió adquirir un terreno de 5.000 metros cuadrados en la calle Villabáñez al que se trasladó en 1973.

Como «hombre de oficio» que es prosiguió inventando. Es el ideólogo de las 40 referencias que hoy conforman el catálogo de maquinaria que oferta la empresa, desde la clásica churrera, manual o mecánica; freidoras de muy distintos tamaños y distintas fuentes de calor, amasadoras, rellenadoras que se montan y desmontan en segundos, refinadoras, calentadores... hasta equipos más sofisticados «y pioneros» hace diez años, que incluyen máquinas automáticas con pantalla de control táctil y un pequeño ordenador en varios idiomas.

Todos sus artilugios comparten «diseños de acero inoxidable», desde mucho antes de que la normativa lo impusiera, y son «muy robustos y resistentes», por aquello de que «funcionan todos los días, muchas horas y en condiciones de mucho calor y muchos vapores». Y «no tienen obsolescencia programada», presume Belén, muy involucrada en la empresa desde su infancia. Recuerda aquellos viajes de niña en vespa con su padre, desde Valladolid a Bilbao y a Santander y regreso en el mismo día, para instalar maquinaria, o cómo le ayudaba a buscar clientes potenciales revisando una a una las páginas de las guías amarillas de teléfono que previamente habían comprado de cada ciudad española.

Fue Belén, precisamente, con su llegada en 1998 y una renovada estrategia comercial, la artífice del salto definitivo de la empresa. «La maquinaria que hacemos dura 30 o 40 años, y el mercado español es pequeño, por lo que corríamos el riesgo de saturarlo. Había llegado entonces el momento de ampliar la gama de productos y de salir al exterior», explica, muy orgullosa de que su padre no le pusiera obstáculos y siempre le haya «dejado hacer».

Le convenció, pese a sus reticencias iniciales, para que diseñara máquinas manuales –más baratas que las automáticas–, y redujera el tamaño y capacidad de sus equipos para facilitar que cualquier cliente pudiera lanzarse sin excesivo coste al mundo del churro. E incluso le persuadió, «contra su voluntad», a crear rellenadoras de churros. «Mi padre no veía la necesidad y no le parecía un reto mecánico, pero hoy se ha convertido en nuestro aparato más vendido».

Pero no fue el único salto. Belén creó una gama de accesorios, escurridores, espumaderas... y una línea de consumibles, harinas, aceites especiales..., bajo la marca ‘Mi Churrería’, para que cualquier profesional del sector encuentre en Industrias José Luis Blanco «todo aquello que pueda necesitar», hasta servilletas, bolsas, envases, cucuruchos.

«El objetivo era ofrecer el paquete completo, una atención integral» y, para ello, como complemento, crearon hace siete años un obrador que, casi a diario, recibe a clientes de todo el mundo para aprender el manejo de las máquinas y hacer el «auténtico» churro, «sin conservantes, colorantes, grasas saturadas, ni aditivos». «Sano y muy rico», añade como defensora a ultranza de «sus grandes valores nutricionales».

Su estrategia funcionó y así es como, con la ayuda de su web, ha ido «multiplicando» expediciones a destinos tan alejados como Australia, Sudáfrica, Ghana, Georgia, y esté penetrando en los países árabes o en el Sudeste asiático. «Ya no tenemos que buscar a los clientes, son ellos quienes nos llaman», apunta, mientras echa cuentas y afirma que de las 900 máquinas que venden al año, sólo 300 se quedan en España. De los dos millones y medio de facturación, el 60% proviene del extranjero. Tal es la demanda de sus productos que ni siquiera tienen stock en sus tres naves.
Aquellos cambios introducidos en la política de la empresa les sirvió para que la crisis pasara de largo. «El nivel de ventas en España cayó drásticamente, pero lo compensamos con la exportación», señala Blanca. «Nunca imaginé tanto éxito», reconoce José Luis, que mima a sus ‘creaciones’ con el mismo detalle que a los 24 trabajadores que componen la plantilla, «y subiendo».

Su empresa ha logrado universalizar el genuino churro español. Como dice su ‘mascota’, una muñequita llamada Rita la Churrera: «en el imperio del churro nunca se pone el sol». Eso sí, cada país ‘tunea’ el producto. Hay churros con helado, con queso, en forma de oso panda, de canguro, de árbol de navidad... y desde hace muy poco «la alta cocina ha puesto sus ojos» en este producto y lo está elevando a la categoría de delicatessen. Quizás así, el uso peyorativo de la palabra churro que se emplea únicamente en España quede en el olvido.

 

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