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CRONOBLE ÁVILA

El ‘secreto’ de las croquetas frescas

Un matrimonio holandés-abulense abrió en Ávila hace 14 años Cronoble, una fábrica de alimentos artesanos precocinados. Las croquetas, a razón de una al segundo, son su plato estrella. Hechas por una plantilla muy ‘familiar’, viajan a carnicerías de toda España.

ANTONIO GARCÍA
12/09/2016

 

No es fácil decir, en los tiempos que corren, que una empresa no sólo ha superado la crisis, sino que se ha asentado durante este duro periodo en el que muchos negocios han tenido que echar el cierre.

En la capital abulense, una de esas caras de la moneda es Cronoble Ávila, puesta en marcha hace catorce años por el matrimonio integrado por la abulense María Belén Martín y el holandés Bert Korrel. Las croquetas artesanas y frescas están detrás del éxito. A razón de una al segundo. Tras 15 años en la trastienda de una carnicería en el país de los tulipanes, fabricando con sus manos croquetas, sopas, embutidos, decidieron trasladarse a estas tierras para cumplir uno de los deseos de Martín.

Y ese deseo hoy se ha hecho realidad: 12 millones de unidades de croquetas cada año salen frescas de su fábrica con destino a carnicerías de toda España. De jamón, de bacalao, de setas, de pollo... Se venden al peso, por unidades.

«Poco a poco hemos creado una marca de la que los proveedores se fían», resume Korrel, quien, junto a su esposa, destaca que la consolidación de esta empresa especializada en los alimentos precocinados se debe a un «crecimiento paulatino» y a trabajar en un «ambiente familiar». La plantilla está formada ahora por 29 personas, la mayoría mujeres (24), cuando en 2012 era de 20 y en 2008 de 13 trabajadores.

Estas cifras sirven para corroborar el impulso firme, pero imparable de una empresa que quizá el próximo año pueda llegar a los 35 trabajadores si sale adelante el nuevo producto en el que trabaja.
A estos números se suman los de producción. Ha pasado de facturar 1,4 millones de euros y producir 350 toneladas en 2008, a los 2,5 millones y 550 toneladas actuales.

Estos datos han hecho que en enero del año pasado tuvieran que trasladarse desde sus instalaciones en el Polígono Industrial de Las Hervencias, en la capital, al Polígono Industrial de Vicolozano, situado a algo más de 50 kilómetros de la ciudad. Allí cuentan con una nave de 2.000 metros cuadrados, que duplica la superficie de su sede anterior.

Las bases de su éxito las resume de forma clara y directa este matrimonio al unísono. Ambos aseguran que su apuesta es «la calidad por encima de todo», por ello aseguran haber rechazado algunas propuestas tentadoras de determinadas empresas para producir al por mayor. Su negativa ha sido rotunda.

Para certificar esa calidad, es necesaria la implicación de una plantilla que más que eso parece una ‘familia’. Según Korrel, todos hacen las cosas «juntos», con el objetivo de conseguir un «producto bueno». Al ambiente ‘familiar’ contribuye el hecho de que a los propietarios de Cronoble no les guste cambiar de trabajadores, ya que, además de lo que eso supone, la formación del nuevo empleado requiere en torno a cinco o seis meses. «No nos gustan los cambios en la plantilla», afirman los dos.

Bert Korrel duda de que, aunque son muchas las empresas que presumen de tener un ambiente familiar en sus plantillas, realmente «sea así», tal y como ocurre en la suya.

Y así pudo comprobarse hace unos meses cuando el propio Korrel subió al escenario del Centro de Exposiciones Lienzo Norte para recoger el reconocimiento a la Mejor Práctica Empresarial, concedido a su empresa dentro de los premios anuales que concede la Confederación Abulense de Empresarios (Confae). Durante su discurso de agradecimiento, este empresario holandés asentado en Ávila se emocionó, al igual que los trabajadores que le acompañaban, al agradecer este galardón conseguido gracias al esfuerzo de todos.

Este es el ejemplo de la cultura de una empresa que contrata a sus trabajadores –trabajadoras mayoritariamente- «seleccionando mucho», tal y como señala María Belén Martín, quien reconoce que en este sentido son «muy exigentes». Eso sí, las condiciones son buenas, con contratos indefinidos y jornadas matinales de lunes a viernes.

Todo ello contribuye a elaborar unos productos de calidad que han ido aumentando con el pasado de los años. Todos ellos artesanales y precocinados. A las ocho variedades de croquetas, se suman san jacobos, flamenquines, delicias de jamón serrano, nuggets, lasañas, pechugas villaroy, burritos y lomitos de cerdo rellenos de bechamel, queso gruyer y pimientos verdes. Se trata de un producto «muy delicado», ya que tiene un mes de caducidad. «Al ser fresco, hay que producir cada día lo que se necesita. No puedes fabricar más porque se estropea», comentan.

Respecto a sus planes de futuro, ahora trabajan en la elaboración de un nuevo producto sobre el que no quieren dar demasiadas pistas, por el momento. De salir adelante, supondría la contratación de otras seis personas.

Además, no abandonan la idea de potenciar sus exportaciones, aunque el hecho de que sea un producto perecedero condiciona esta posibilidad.

En la actualidad cuentan con diecinueve distribuidores en toda España. Uno de ellos, asentado en Pontevedra, trabaja en el norte de Portugal, donde ya han empezado a tener mercado. La proximidad de Francia les hace pensar en la posibilidad de llegar al país vecino, aunque por el momento deberá esperar, al igual que la intención de llegar a Holanda.

Todo se irá haciendo «poco a poco», respondiendo a la filosofía de este matrimonio hispano-holandés, que a finales de los noventa decidió dejar Holanda para asentarse en tierras abulenses con la meta de hacer croquetas como las de las abuelas. Por el momento, la decisión parece que fue la más acertada.

 

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