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MOZO GRAU

La ‘raíz’ de una sonrisa perfecta

Cuando la implantología estaba aún en pañales, Fernando Mozo Grau ‘cosió’ los hilos de una empresa de implantes dentales y accesorios. Esta firma vallisoletana usa tecnología suiza de alta precisión en la fabricación de 500.000 piezas al año que iluminan sonrisas de doce países.

MAR PELÁEZ
10/07/2017

 

La ‘raíz’ de una sonrisa perfecta está en el interior: dientes blancos, sí, pero sobre una estructura de base firme. Y a eso precisamente, a proporcionar los ‘cimientos’ de una bonita dentadura se dedica Mozo Grau, una empresa vallisoletana que, con la fabricación de implantes dentales y aditamentos de precisión suiza, ha contribuido a dibujar en sus 21 años de historia la sonrisa de más de 500.000 personas de todo el mundo.

El ‘cirujano’ de esas raíces artificiales se llama Fernando Mozo Grau, un electrónico que fue «aprendiz antes que empresario». Primero trabajó en una empresa de reparación de sillones de odontología, después fue comercial de implantes cuando la implantología estaba en pañales. «Tan sólo había un fabricante en España y exclusivamente diez clínicas en Valladolid los colocaban».
Esos contactos previos con el mundillo de la odontología le permitió ‘medir’ el pulso de la competencia, ‘extirpar’ errores ajenos y ‘diseccionar’ las claves del negocio antes de lanzarse, en 1996, a ‘coser’ en solitario los hilos de una empresa que no empezaría directamente a fabricar implantes.

Al principio los importaba de Estados Unidos y los comercializaba con su marca. Y así prosiguió hasta que en 2003 comenzó a producir sus propios accesorios para implantes en un local en el centro de Valladolid. «Una familia de aditamentos, luego otra.... Preferí ser cauto porque había sido testigo de muchos intentos de innovación que no habían durado ni un año», afirma.
En cada viaje se «iba familiarizando con los procesos y las tecnologías más punteras», y esa experiencia sobre el terreno le llevó, tres años más tarde, a fabricar en Villanubla ya su primer implante.

Su máxima cualidad: la precisión ‘milimétrica’, o mejor dicho «la tolerancia por debajo de las diez micras», que le proporciona el hecho de utilizar la misma maquinaria que Rolex en sus relojes. «Nuestros tornos son el Fórmula 1 del mecanizado», comenta, mientras pasea por esa casa que respira aires alpinos, «por aquello de transmitir la seguridad de que se fabrica con tecnología y precisión suiza», y que fue inaugurada en el límite con Arroyo de la Encomienda en 2010.
Hoy es un referente en tecnología y en producción. De sus sofisticados tornos y centro de mecanizado salen 3.000 referencias. 500.000 piezas al año, de las que el 20% son implantes, lo que coloquialmente se llama el tornillo que va directo al hueso, y el resto accesorios para que el implante asiente como un ‘guante’.

Fabrican en serie, pero también, desde hace cinco años, realizan prótesis de forma personalizada y exclusiva para cada paciente tras plasmar con la tecnología Cad Cam el diseño enviado por el protésico dental. Un total de 12.500 trabajos realizaron a medida el año pasado, y «las previsiones son llegar a 15.000 en el actual», explica.

Cada pieza fabricada, ya sea personalizada o en serie, por muy minúscula que ésta sea, lleva un código único. Es su DNI. Esta herramienta, llamada Implant Card y patentada por Mozo Grau, garantiza su trazabilidad, es decir la posibilidad de rastrear «a qué boca ha llegado esa pieza y qué profesionales la han realizado». Con sólo introducir un código numérico, «el paciente puede conocer hasta el plano técnico de la pieza que porta y el odontólogo saber cómo tiene que intervenir». No es la única patente de esta empresa. Ya suma cinco en total porque, como señala Fernando Mozo, «sin investigación es imposible crecer».

Todo parte de una varilla de titanio puro, adquirida en Alemania, que pasa por un proceso de mecanizado hasta lograr la pieza en apenas unos minutos. El 100% de ellas «son verificadas» a pie de maquina y, de nuevo, lo son tras eliminar los residuos de aceite. «Cada cuatro horas se corta una pieza para analizar la calidad de su interior», explica Fernando, quien añade que, junto a esto, utilizan máquinas de visión artificial para lo que han tenido incluso que firmar un contrato garantizando que no las usarán «para fabricar armas de destrucción masiva».

Se tardan minutos en fabricarlas, pero tres meses en estar listas las definitivas para su comercialización. Y es que, una vez verificadas, las piezas –de 10.000 en 10.000– son enviadas a Estados Unidos para el tratamiento de su superficie. Todas ellas volverán a viajar hasta allí una segunda vez para ser sometidas a una rigurosa esterilización. «Con los dos viajes se elevan los costos, sí, pero se da garantía de calidad», sostiene Fernando Mozo Grau, para quien su leitmotiv es «no defraudar» a todos aquellos, familia incluida, que confiaron y confían en él.

Clientes no le faltan entre los odontológicos, cirujanos, maxilofaciales, universidades y hospitales, tanto públicos como privados. Hasta 120 o 150 pedidos al día salen de la fábrica de Valladolid. «Cualquier pedido está al día siguiente en cualquier parte de España», subraya, mientras echa un vistazo al mapa mundi para ubicar los países a los que también llegan sus productos.

Comenzó a exportar en el año 2007 ya que, como él mismo se pregunta, «¿por qué quedarse sólo en España?». Inició su apertura exterior con una oficina en Polonia, que mantiene, como puerta de entrada a Europa del Este. Años después probó en China, convirtiéndose en la primera empresa española del sector, y única, en lograr abrir mercado en el país de la muralla.

En total, los productos de Mozo Grau están presentes en 12 países, entre ellos Irán, y tiene planes de llegar a Oriente Medio y a Estados Unidos. Sin embargo, antes de lanzarse a esa aventura prefiere afianzarse allí donde están porque, como apostilla, «una cosa es estar y otra es competir». «Nosotros estamos, y en algunos países incluso ya competimos».

Actualmente el mercado internacional representa el 15% de su 7,5 millones de euros facturados el año pasado, pero Mozo Grau se plantea el reto de «dar la vuelta» a ese porcentaje y alcanzar el 85% de ventas en el exterior. Y para eso confía en el éxito de su nueva imagen de marca Ticare, que surgió en 2016 para insuflar nuevos aires y para contrarrestar la «competencia atroz» de productos low cost.

Sabe que no será tarea fácil conquistar el mundo porque «España es referente en turismo y simpatía, pero no en tecnología». La experiencia de esta empresa contradice esa creencia. Y es que el nombre de Mozo Grau figura como referente en libros de prestigiosos profesionales de la docencia mundial. Sus instalaciones son visitadas a diario por profesionales extranjeros atraídos por una vocación innovadora que le ha llevado a mantener un proyecto de colaboración «apasionante» con un centro de investigación norteamericano.

Fernando se asoma al exterior sin vértigo desde su ventana de Valladolid. De ahí no piensa moverse, aunque eso limite las posibilidades de expansión de la empresa. «Yo soy de Castilla y León, y aquí me quedo».

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