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La fórmula refinada del jabón de pueblo

Comenzó siendo un taller casero en 2006, instalado en un pueblo de cuarenta vecinos de Segovia. Hoy elabora al año 5.000 pastillas de jabón para pieles sensibles que distribuye a toda España, a media Europa, a Estados Unidos y hasta a Japón.

TERESA SANZ TEJERO SEGOVIA
21/01/2019

 

¿Qué hacen una cordobesa y un americano en Santiuste de Pedraza elaborando jabones sibaritas para pieles sensibles? Es la pregunta más frecuente entre quienes visitan la pequeña pedanía segoviana, cercana a las otras tres que subrayan el nombre del pueblo que reúne los Santiuste; de Chavida, Urbano, La Mata y Requijada. Entre todos, suman escasos cuatrocientos vecinos.

En Santiuste-La Mata viven apenas cuarenta habitantes que desde hace doce años usan los productos de este matrimonio de emprendedores y los sobre apodan ‘Los jabones de mi pueblo’. «Me enorgullece que nuestros vecinos nos tenga en cuenta», señala la artífice de las fórmulas secretas.

La aventura comenzó cuando, viviendo y trabajando ambos en Madrid, recorrían la provincia de Segovia y al pasar por este Santiuste vieron un letrero de ‘Se vende’. El amor a primera vista del paraje en aquel año 2001, les hizo comprar y rehabilitar aquella pequeña vivienda a la venta.

Le dedicaron tiempo libre y, transcurridos unos años, conocieron la intención del Ayuntamiento de crear un vivero de empresas capaz de atraer al pueblo a emprendedores jóvenes.

Para entonces, Amelia Pérez, una exitosa comercial en una gran empresa, con problemas de piel atópica, se había lanzado a hacer sus propios jabones. «Necesitaba jabones naturales que no me provocaran más picores ni molestias, que no agravaran la descamación que originan los productos químicos. Los testaba conmigo y mi familia: ¡somos diez hermanos con sus cónyuges y sobrinos¡», recuerda.

Lo que empezó siendo necesidad y dedicación en ratos libres mientras seguía trabajando en Madrid, acabaría convirtiéndose en un negocio próspero que manda jabones a media Europa (Francia, Reino Unido, Bélgica y Dinamarca) y a Estados Unidos, de donde es la familia de Pablo Olmos, el feliz culpable del nombre, además de Argentina, Puerto Rico, México, Japón y China. «Siempre en cantidades pequeñas; no somos una fábrica al uso, elaboramos jabones con mimo y eso está reñido con una gran producción. Alguna vez nos han querido comprar un camión de jabones», dice horrorizada.

El provocador nombre de ‘Los Jabones de mi mujer’ surgió en el mundo empresarial de él. Pablo es diseñador gráfico y gerente del Estudio Adamovich, en Madrid. Amelia, satisfecha con sus productos, preparó regalos navideños para los mejores clientes de la empresa de su marido. «Iba a ser un detalle original», recuerda.

Él diseñó unas cuidadas cajas en madera, cartones reciclados, papeles de seda y rafias y aquel regalo triunfó entre sus clientes. «Oye…¿y estos jabones tan buenos, de dónde son?, le preguntaban. «Los Jabones de mi mujer. Los hace ella, en Santiuste de Pedraza».

Poco después, en 2006, Los Jabones de Mi Mujer se convirtió en fabricante cosmético autorizado por la Agencia Española del Medicamento, con todos los permisos para realizar la actividad. «Controlamos el proceso de elaboración en nuestras instalaciones; la procedencia de nuestro ingredientes: el aceite de oliva virgen extra, por supuesto procede de mi tierra», dice con orgullo de cordobesa. «Y todos nuestros lotes han pasado un análisis de laboratorio. Podemos garantizar la calidad, excelente».

La presentación de los productos tiene mucho que ver con la estética cuidada que subraya el uso de productos naturales: «Aquí no usamos pegamentos, ni humos, ni químicos…son ingredientes naturales por dentro y por fuera», subraya. Huele a limpio y a aceites aromáticos en la casa que un día ocupó la maestra de la zona, deshabitada desde que desapareció la escuela.

El Ayuntamiento, con ayuda gubernamental, rehabilitó el edificio de piedra tratando de hacer un pequeño vivero empresarial. Ellos completaron el resto cuando el concurso público se resolvió a su favor. Una inversión cercana a los 80.000 euros les permitió empezar a funcionar, salvar los años de crisis y mantenerse doce años después.

«Esto está más cerca de Madrid y Valladolid de lo que la gente puede creer», comenta Pablo, quien asegura que en 45 minutos se planta en Madrid. «Veinte minutos de Santiuste a la estación del AVE y estás en Chamartín en menos de media hora».

Por eso el punto de inflexión de la empresa llegó el mismo año que se inauguró el AVE e internet empezó a funcionar de verdad en este lugar del medio rural. «Para una empresa localizada en un pueblecito tan pequeño es fundamental la conexión a Internet para poder vender online». «Empezamos con muchas ganas de exportar, pero el reto lo marcaban las cantidades tan pequeñas y la gestión de los envíos que necesitan de plásticos, que no se adaptan a nuestro modelo de negocio», explica Pablo.

Sus jabones tienen un precio medio de entre 10 y 16 euros, que en los envíos internacionales añaden un coste medio de 30 euros. En territorio nacional, los envíos son 6 euros y a partir de 50 euros son gratis. Su web les ha dado la visibilidad internacional que de otra manera sería más reducida, mucho más complicada.

Elaboran alrededor de 5.000 jabones cada año: «No más de una tonelada», apuntan. «Hago jabones dos veces al año, siempre entre primavera y verano, cuando mejor secan. Su cremosidad me permite partirlos meses después de elaborados». La facturación ronda los 60.000 euros y su mercado son principalmente clientes, «con problemas de piel, que desean jabones naturales hechos con ingredientes sanos», refiere.
Como empresa cosmética ubicada en un lugar tan pequeño y apartado, su enfoque fue desde el inicio funcionar online y distribuir a puntos de venta. «Enfocamos el producto no solo para el taller, que recibe mucha gente pero no sería suficiente. En casi todos los hoteles cercanos tienen los Jabones de mi mujer y los regalos para eventos y detalles de boda hacen el resto», señalan.

El 80% de sus ventas se realiza a través de su pagina web pero, como señalan, «sorprende ver la cantidad de gente que pasa y para o viene a propósito hasta aquí porque les gusta ver las instalaciones y el emplazamiento y han oído hablar de nosotros. Un fin de semana de invierno puede llegar hasta aquí centenar y medio de personas», explica Amelia.

La empresa estudia ahora la exportación real a China. Es muy posible que Los Jabones de mi mujer acaben vendiéndose directamente en Pekín porque así lo está estudiando un exportador chino que añadiría a los aceites de oliva que comercializa en un gran establecimiento de la capital asiática los jabones made in Santiuste de Pedraza.

 

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