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ALIMENTACIÓN | LA HOGUERA

Una tierra en torno a la hoguera

Cuatro jóvenes sampedranos se negaron a emigrar en los 70 y crearon la empresa que sostiene a la comarca con calidad extra y buenos alimentos

ANTONIO CARRILLO
30/11/2019

 

Embutidos La Hoguera es más que una empresa. Sin ella, posiblemente la comarca menos habitada de Europa ya habría tirado la toalla hace días. El tesón de cuatro jóvenes de San Pedro Manrique en los años 70 hizo que hoy sus 98 empleados saquen 7.000 toneladas anuales de productos cárnicos de calidad en el epicentro de la despoblación. Si a eso se suman hitos como haber introducido la raza Duroc en la cesta de la compra o los premios a sus elaboraciones, es fácil entender que va más allá de lo que significa una compañía al uso.

Carlos Martínez Izquierdo, José Luis Espuelas, Marcos Martínez y Agustín García «éramos en aquel entonces cuatro jóvenes que renunciaron a lo que el 90% de las personas hacían, irse de aquí a buscar trabajo», rememora Martínez Izquierdo, presidente de La Hoguera. Primero comenzaron con un grupo de colonización que quería trabajar las tierras en común y «sobre todo explotar el sector porcino». La experiencia previa, compartida con su padre, era de una granja 100 cerdos y 10 reproductoras.

En ocasiones se habla de emprendedores que han levantado sus empresas desde los cimientos. En este caso es literal. Cavaron a pico y pala «para que no se perdiese el hormigón. Fue una etapa preciosa. Hicimos hasta las propias rejillas con un molde y mazos, cada día unas pocas». Como armazón de metal se utilizó «el desmonte de las líneas de alta tensión de los pueblos abandonados». La comarca había entrado en un terrible declive y de los 12.500 habitantes de los años 40 quedaban un tercio. Hoy son poco más de 1.500 pero en San Pedro Manrique sus 617 habitantes son 130 más que en 2000. Hay una llama de esperanza y en parte chisporrotea desde La Hoguera.

Hasta que la cosa comenzó a funcionar, dos de ellos tuvieron que subir a trabajar a la azucarera de Álava, pero «la cosa empezó a ir bien y conseguimos 300 cerdas con su cebo». El crecimiento siguió y se expandió a la finca de Los Llanos, ahora con 3.000 madres y 75.000 u 80.000 lechones. Finalmente la «preciosa nave de destete» de Ventosa completó el despliegue en el sector primario. Se pasó de apenas alcanzar el autoempleo a generar puestos de trabajo, pero los cuatro jóvenes seguían inquietos. Y así nació la idea de abrir una fábrica de embutidos para transformar sus propios animales.

«La mujer es determinante para el medio rural. No puedes tener mujeres en el medio rural y que no se sientan importantes, que no puedan trabajar». Tras algunos problemas se consiguió poner en marcha una fábrica de 1.000 metros cuadrados con «un curso de formación para 15 mujeres como mi mayor ilusión. Trabajo digno para hombre y mujer, vivienda digna y conciliación. Así podremos hacer algo en el mundo rural».

400.000 JAMONES COLGADOS

Con estos mimbres y alguna prueba previa en casa «primero comenzamos con los embutidos clásicos. El chorizo, el salchichón, la panceta.... El jamón costaba mucho dinero y necesitaba mucho tiempo» en aquellos primeros pasos. Sin embargo «el jamón se ha ido abriendo hueco y hoy es el 50% de nuestra producción», con unos 400.000 perniles colgados en los secaderos. A ello se suman «unos 40.000 ó 45.000 kilos de chorizo casero, 15.000-20.000 de lomo, 5.000 de tripera, chorizo cular, salchichón...

Uno de los grandes saltos fue la introducción de la raza Duroc, que en España se conocía en granja pero no en el plato. «Como producto en la calle fuimos los primeros. Uno de nuestros cliente a los que más les costó entenderlo fue al Corte Inglés, que decía que eso no lo entendía nadie». La raza Duroc era «más prolífica que el Ibérico y menos que el blanco», y permitió presentar un embutido superior sin que los precios se disparasen para el cliente final.

Sobre la puerta de acceso a la fábrica aparece el lema ‘Un paso por delante’ y Martínez Izquierdo lo lleva poniendo en práctica desde hace más de tres décadas. «Pensé, ‘voy a darle calidad al blanco para hacer un producto diferenciado’. La diferenciación es clave para entrar en el mercado, sea por sabor, gusto, formatos, grasa infiltrada... Luego están presentaciones, loncheados o tapas».

El gerente, Teo Martínez, representa el relevo generacional dentro de la empresa y recuerda cómo la llegada del Duroc no fue rodada. «Mi padre estuvo predicando en el desierto. El sentido era ofrecer un serrano diferenciado». Hoy es una nueva categoría dentro de los jamones y muy apreciada por la relación calidad-precio que ofrece.

Ya en clave más relajada, Carlos se confiesa devoto «de lo que nos da la fama, el chorizo casero»; mientras que su hijo Teo hace lo propio con el jamón Duroc. Antes de salir hacia casa al final de la jornada laboral pide a la charcutera «100 gramos de jamón recién cortado».

«DEL CAMPO A LA MESA»

Igualmente importante fue el hecho de que La Hoguera apostó por controlar todo el proceso. «‘Cultivamos, producimos y transformamos. Día a día al servicio del consumidor’. Ese lema ha estado conmigo más de diez años», señala entre risas el presidente. «Ahora esta de moda el producto que viene del campo a la mesa o de la granja a la mesa, y eso es lo que hemos hecho nosotros». La idea no debe ser muy mala, porque comenzaron el 1 de enero de 1986 con 1.000 metros cuadrados en la planta chacinera y ahora van por 17.000 metros cuadrados.

En la combinación para este éxito indudable –aunque con los lógicos sinsabores– se mezclan tesón, trabajo duro, ideas claras, innovación en las gamas... y amistad. Puede sonar edulcorado, pero no lo es en absoluto. Carlos toma la fotografía del día de su boda del aparador tras su silla de despacho. Los colores ya desvaídos y algunas patillas ochenteras datan la imagen. En ella aparecen los cuatro fundadores. «Son ya 48 años juntos y no sé lo que es una palabra más alta que otra o un enfado serio».

Si que saben, por ejemplo, lo que es quedarse dormidos sobre unos sacos cuando levantaban a mano sus primeras instalaciones y que el padre de uno de ellos acudiese preocupado por la noche y los descubriese a pierna suelta. «Eran 14, 16, 12 horas construyendo las naves mano a mano». Si eso no forja una unidad en el accionariado de la empresa, nada lo hace.

Su ejemplo no lo quieren sólo para sí y de hecho Carlos lamenta con amargura que no se haya aprovechado su caso para espolear a jóvenes de otras zonas rurales en la lucha por sus pueblos. «Si los políticos tuviesen algo de vista verían que esto en el pueblo puede servir de ejemplo real de lo que se puede hacer». Ya en sus primeros pasos como ganaderos «dejábamos entrar, grabar y tomar medidas», encantados de que su idea se pudiese copiar en otros lugares. «Los que encuentran un trabajo en una capital ya no vuelven», así que desde La Hoguera se empeñan en que se empleo pueda ofrecerse desde el pueblo para evitar la fuga de jóvenes. De hecho el presidente es consciente de que los 98 trabajadores equivalen a casi el 16% del censo. Es como si en Valladolid capital hubiese una empresa con más de 47.000 empleos directos o en Soria, con más de 6.000. «Es la mayor responsabilidad que tenemos».

No, no es una exageración. Al salir de la fábrica Teo se despide y, por el rabillo del ojo, se ve cómo se encuentra con otros dos jóvenes que frisan en la treintena cuando salen de la fábrica. Eso, en la comarca más despoblada de Europa, se llama esperanza.

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