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Un sabio de Zamora

Mariano Rodríguez exhibe en un espléndido libro de recetas medio siglo dedicado a los fogones y a recuperar guisos perdidos

PABLO R. LAGO / ZAMORA
02/08/2017

 

Aquel día cayó una nevada antológica. De esas que caían hace 40 años en Zamora, lugar de paso de camioneros y viajantes entre las tierras atlánticas y la meseta. Ni lo proveedores podían llegar al mítico Rey Don Sancho ni los allí alojados podían proseguir su camino. Adela y Manolí, esposa y hermana de Mariano Rodríguez, echaron mano del ingenio y su arte culinario, además de una legión de lenguados congelados, y de ahí salió un plato sublime que encumbró a Mariano y atiborró el restaurante los fines de semana para probar esta sencilla receta que nació de una inclemencia.

Es lo que tienen los zamoranos, que convierten en virtud la adversidad. Y en buena parte este plato sencillo y bruñido de los contratiempos que ocasiona la vida cotidiana a comprender como un hombre de provincias se convirtió en un gran cocinero. En un admirable cocinero apegado a las bondades que proporciona el entorno.

Mariano es uno de los genios de la cocina de Castilla y León. Es un astro que no requiere estrellas que le iluminen. De esos que se han construido a sí mismos con esfuerzo y con ahínco y han convertido los fogones zamoranos en una referencia de la cocina de Castilla y León. Indagó y buscó, y recuperó viejas y exquisitas recetas que ya ni conocían los lugareños, como el pulpo a la mostaza antigua o el tostón al golpe de estado. Y así hasta 280 recetas ilustradas y claramente explicadas para que las pueda cocinar cualquiera sin necesidad de pasar por Masterchef.

Mariano Rodríguez San León, un emprendedor en los tiempo en lo que se les llamaba valientes, creó un humilde imperio gastronómico, pero al fin y al cabo humilde. Y con esa misma humildad de los que ceden la sabiduría propia acaba de editar un fabuloso y elegante libro de cocina:Mi cocina y mis amigos. Un ejemplar elegante de más de 300 páginas de esos que ya no se editan. Tan elegante como sencillo de entender y para quien quiera ser Mariano en la cocina d su casa. Sólo para intentarlo. El que quiera comprobar lo que esMariano y su trascendencia en la cocina hispana debe pasarse por el Sancho 2 o Casa Mariano, en el corazón de la capital zamorana.

El Sancho 2 fue el escenario de la presentación de su quinta obra. Dice que con esta se retira de la literatura gastronómica. Y lo dice al tiempo que reconoce que en Mi cocina y mis amigos le faltaron todavía 300 páginas de una vida dedica a indagas e investigar platos y recetas. Mariano Rodríguez, que nació un mes después de que acabara la civil, incluso amenazó ayer con su jubilación operativa. Amenaza que ninguno de sus amigos llegó a tomar en serio. Y eso pese a que la herencia forjada junto a su familia galopa enérgica a las riendas de su hijo Luismi Rodríguez.

Presume el veterano cocinero de contar entre sus amigos a sus proveedores de siempre. A los que les profesa veneración y lealtad. La mejor prueba ocurrió ayer en los salones del Sancho 2. Dando prueba de esa lealtad obsequió a Manuel Fariña, otra leyenda, en este caso del vino, con un botella de Colegiata 1982, la primera añada que le valió al entrañable bodeguero el primer reconocimiento internacional.

Mariano, que con siete años ya despertaba a las cinco de la mañana para ayudar en la churrería familiar, iba para ingeniero. Tras titularse como maestro industrial encuentra empleo en la desaparecida SAVA vallisoletana, germen de Renault. La enfermedad de sus padre le hace regresar a la churrería, sustento familiar. La generosidad de este tipo viene de largo.

Es en el 69, hace casi medio siglo, cuando emprende su andadura de emprendedor con el Hostal Rey Don Sancho, el que a la postre le daría fama y empuje. Ahí empezó a labrarse una ejemplar vida de hostelero y cocinero. Una vida que ahora refleja un libro hecho como el ha querido y que le ha costado cuatro años poniendo orden a todo su saber y al sabor que ha proporcionado tanto saber.

El suyo es un libro que habla de la concina sincera de las tierras de Castilla y León. De lo que el autor ha dado en llamar “cocina fuerte y recia”. De esa que no defrauda ni habita a la intemperie de las modas. De esa que ha hecho de Castilla y León un emblema gastronómico y culinario. De esa que acude al huerto, al campo y al entorno que le rodea para nutrirse de ingredientes. “Estoy orgulloso de la vida que hemos tenido y sólo espero que mi hijo, que ya lo hace, siga esa trayectoria”, sentencia el sabio de los fogones zamoranos.

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