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ROMÁNICO SORIANO

Galerías muy preciadas

La reconquista trajo consigo la repoblación del Duero y con ella, las galerías de los templos que definen a toda una comarca

ANTONIO CARRILLO
17/05/2019

 

Castilla y León es una enciclopedia viva del románico y posiblemente una de las mejores regiones de Europa para imbuirse en este estilo. Pero dentro de la Comunidad también hay posibilidad de centrarse en ‘subdivisiones’ aún más concretas. Es el caso del románico porticado tan característico del suroeste del Duero.

Aunque salpica a otras provincias, trazando líneas desde las ciudades de Segovia, Soria y Guadalajara se forma un triángulo único en el mundo, repleto de gráciles –para ser románicas– galerías e historias de reconquista y repoblación que las convirtieron en ejes de la vida. Cercanas entre sí, permiten formar rutas para disfrutar sin prisa en coche o incluso en bicicleta, observando los paisajes puramente castellanos y rurales que enmarcan sus arcos.

En el caso de Soria, con un recorrido de apenas 100 kilómetros se pueden descubrir más de una veintena de templos de estas características. Hay galerías de mayor y menor tamaño, unas más toscas y otras cuajadas de capiteles delicados, unas en cabeceras de comarca y otras en localidades hoy apenas pobladas. Sin embargo todas ellas respiran historia y no es difícil encontrar a algún vecino de hable de doncellas, de las correrías de Almanzor o de cómo aquellos colonos venidos del norte tomaron posesión de sus nuevas tierras hace cerca de un milenio. Paz, historia, arte... y vino, porque algunas se enclavan en la Denominación de Origen Protegida Ribera del Duero. Toda una invitación a relajarse y meditar.

La cabecera del románico porticado soriano se puede ubicar en San Esteban de Gormaz. Tierra de viñedos y bodegas, quizás uno de sus símbolos más reconocibles es su iglesia de Nuestra Señora del Rivero. Sus diez arcos más el de acceso, ubicados en un lugar privilegiado, traen una inusitada luz a un espacio plenamente románico, si bien el resto del templo ha ido recibiendo modificaciones.
En s interior, por ejemplo, quedan restos de pinturas murales del siglo XIII, 100 años posteriores a su construcción. El coro mudéjar, un estilo mucho más frecuente en Aragón que en Castilla y León, data del siglo XVI. Y el Rivero, como se le conoce a secas por los habitantes, guardó incluso enigmas un siglo anteriores a su construcción.

Cuando se decidió hacer una pequeña intervención a mediados del siglo XIX para poder vestir a la Virgen con más facilidad, apareció una cajita con una reliquia envuelta en un trozo de tela con letras árabes. Recaló en Madrid, en la Real Academia de la Historia, donde la traducción permitió conocer que se trataba de un trozo de turbante del Califa Hissam II. ¿Se ganó en batalla? ¿Es un trofeo de aquella reconquista que marcó para siempre las lindes del Duero? ¿Lo trajo algún converso como prueba de buena voluntad? Poco se puede afirmar categóricamente, salvo que el templo ha visto mucha, muchísima historia.

Pero ese emblema de la localidad no es el único de esta singular interpretación del románico. San Miguel, recientemente restaurada, tiene también mucho que mostrar. Se considera la primera construida en Soria y una inscripción afirma que se erigió en 1.081. La capital soriana, por ejemplo, celebra este año su noveno centenario. Cuando se fundó, San Miguel era ya una estructura con cierta solera.

Además de su galería porticada, con algún capitel muy curioso como el del lobo mordiendo al hombre desnudo, uno de sus grandes atractivos está en el interior. Las pinturas del siglo XIV son una joya y no sólo por su cuidada representación de escenas religiosas. Por ejemplo los apóstoles aparecen enmarcados en arcos góticos pintados sobre muros románicos, creando un contraste muy curioso.

Desde allí se puede continuar la ruta a Rejas de San Esteban, en el mismo municipio. También en la pequeña localidad los ejemplos de románico porticado se cuentan por pares. En San Ginés los arcos medievales que habían sobrevivido a las reformas y el paso del tiempo estaban cegados hasta que, a finales del siglo XX se apostó por una restauración que recuperase en la medida de lo posible el aspecto original. Cerca de tres años después volvió a añadirse a los templos porticados.

Por su parte San Martín muestra un camino muy distinto. No cuenta con apenas intervenciones posteriores y es un auténtico paradigma de lo que supone un templo románico. Su coqueto ábside, sus volúmenes romos e incluso sus capiteles vegetales destilan sobriedad. También estuvo tapiada hasta hace unas décadas, pero en este caso se habían mantenido casi todos sus elementos originales del templo en una suerte de cápsula del tiempo.

Llegar a Berzosa requiere un desplazamiento bastante corto, de apenas 11 kilómetros en bicicleta –para mimetizarse con la tranquilidad del paisaje– y alguno más por carretera. Se trata de otros de los templos más antiguos de la provincia y en su aparente tosquedad radica su encanto. Por ejemplo, las columnas de la galería están talladas en un sólo bloque de piedra para cada una; y en los canecillos hay representaciones con ese toque naïf que a veces acompaña al románico más puro.

Desde Berzosa toca la etapa más larga con algo más de 20 kilómetros para enfilar hacia el sur, hacia Miño de San Esteban. Allí la iglesia de San Martín vuelve a demostrar que en el Duero hubo una interesante mezcla de culturas y que los nuevos tiempos no supusieron arrasar con lo antiguo. Además de la curiosa galería porticada, con dos contrafuertes jalonando el arco de entrada, en el interior el tiempo avanza con el artesonado mudéjar de ecos moriscos o con la colección de pinturas tardogóticas. Toda una lección de historia del arte en unos pocos metros cuadrados.

Siguiendo hacia el sur surgen dos nombres míticos, los de Montejo de Tiermes y Tiermes. Pero en esta ocasión no toca sumergirse en la ‘Pompeya soriana’, ese yacimiento incomparable entre lo rupestre y la ciudad romana. En el pueblo el templo de San Cornelio y San Cipriano muestra dos arcos abiertos y dos cegados en una galería cuyo entorno invita a la paz. Y es que por ejemplo cruzar el atrio renacentista y sentarse en un banco a escuchar la naturaleza, a la sombra de cuatro estilos artísticos combinados, es un lujo.

En Tiermes propiamente dicho hay una joya oculta más allá de celtíberos y romanos. Una vez atravesado el yacimiento se yergue aún altiva la iglesia de Santa María, único resto conservado de aquel pueblo que repobló el entorno del asentamiento celtíbero–romano. Su galería porticada es singularmente amplia y está en muy buen estado de conservación. Se cree que se asienta sobre un templo paleocristiano, lo que añade aún más carga histórica al lugar.

El estado de conservación de sus tallas, tanto en los capiteles como en los canecillos; su variedad de representaciones, desde unos canónicos apóstoles hasta seres mitológicos y escenas más cotidianas; y la inexistencia de un pueblo como tal hacen de este templo una guinda para los visitantes del yacimiento, pero también un motivo suficiente para ir hasta allí.

Hacia el este se encuentran dos de los nombres más sonoros de la ruta, Madruédano y Modamio. En el primero de los casos la galería porticada es de pequeño tamaño pero elementos como la graciosa espadaña le dan un aire grácil a este templo en el caben varias veces los escasos habitantes del pueblo.

En Modamio la recogida galería porticada no tiene tanto valor por sus elementos románicos como por su combinación de estilos, realmente singular. De la primera etapa sobreviven tres arcos de distinto tamaño y el poyo de piedra. Las columnas y los capiteles son cuatro siglos más recientes y la luminosidad que daban estos espacios queda bastante constreñida. Aún así, resulta curioso ver cómo estructuras románicas se sostienen sobre soportes cuasi neoclásicos.

Otras localidades como Andaluz, Aguilera, Caracena, Omeñaca, Villasayas, Barca, Berzosa, Madruédano, Arganza, Las Cuevas de Soria, Gormaz (imprescindible visitar la mayor fortaleza califal de Europa), Alcozar o Romanillos de Atienza completan un espacio mágico en el que un presente de tranquilidad pura contrasta con un pasado de guerreros y colonos.

 

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