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Doñana en Tierra de Campos

Los humedales palentinos de La Nava, Boada y Pedraza, se transforman en invierno en auténticos paraísos, lugares de reposo y descanso para miles de aves que conquistan al visitante

ALMUDENA ÁLVAREZ / PALENCIA
08/02/2019

 

Cualquier época del año es buena para visitar los humedales de Tierra de Campos, donde el complejo formado por las lagunas de La Nava, Boada y Pedraza, en la provincia de Palencia, rompe el paisaje en medio de la inmensidad de un mar de cereales. Cada época con su paisaje, sus sonidos y colores singulares. Y en cada una, un ave por bandera. Los gansos y los patos en otoño e invierno, las gaviotas reidoras, las garzas imperiales y las cigüeñuelas en primavera y el pequeño carricerín cejudo, una especie mundialmente amenazada, en verano.

Pero es cierto que el invierno sigue siendo una de las épocas más atractivas para visitar los humedales terracampinos, porque es cuandomás variedad de aves se pueden observar, porque las lagunas rebosan agua y vida, y porque es también cuando el frío intenso se acompaña de días claros y cielos azules, el silbido del viento se mezcla con el sonido de aleteos, graznidos y chapoteos en el agua y las pisadas crujen sobre el terreno.

Sensaciones todas con las que podemos arrancar una ruta turística que combina naturaleza, patrimonio y gastronomía. Una ruta apta para todas las edades y todos los gustos, para naturalistas y ornitólogos, para jóvenes sensibilizados con el medio ambiente, para familias con niños o para los fieles de estos paseos esteparios. Algunos enamorados de este paisaje, como Carlos Zumalacarregui, responsable en Castilla y León de la Fundación Global Nature, -entidad responsable en gran medida junto a la Junta de Castilla y León de la recuperación de estos ecosistemas-, aseguran que tener estos humedales tan cerca de Palencia, de Valladolid, de León o de Burgos es un auténtico lujo. «Es como tener un parque de Doñana a las puertas de Palencia», afirma.

Así pues, siguiendo sus indicaciones, comenzaremos nuestra ruta por la mañana, bien pronto, en la Casa del Parque de Fuentes de Nava, a solo 25 kilómetros de Palencia. Allí los monitores de la Junta contagian pasión por estos particulares espacios naturales formados por grandes láminas de agua, más o menos profundas, y una enorme variedad de fauna y flora. Cuentan la historia del que un día fue ‘el mar de Campos’ hasta que se desecó en la década de los años 60 y se recuperó en los 90 dando forma al complejo de humedales que hoy beben del Canal de Castilla, tal y como se muestra con el funcionamiento de una compuerta de riego. Hablan también de la flora y la fauna que cobijan, de la gestión del humedal y las aves más características y abundantes en cada época del año. Muestran una imagen a tiempo real de la laguna a través del ojo de una cámara, y descubren a los ojos, con ayuda de una enorme lupa el fitoplacton y el zooplacton del agua de la laguna mientras los más pequeños se entretienen con juegos interactivos.

Con toda la información en el cerebro y la emoción en el corazón, el espectáculo está servido: más de 10.000 aves acuáticas de 238 especies distintas preparadas para ser observadas entre láminas de agua, junquillos, espadañas y hierbas laguneras. Solo queda acercarse a la laguna con el coche, dejarlo aparcado en cualquiera de los tres aparcamientos habilitados, y empezar a vivir lo que nos han contado. El recorrido por La Nava está muy bien señalizado con cinco puntos de observación que lo ordenan, pero si se visita el fin de semana los monitores también te acompañarán a los observatorios que hay instalados en el humedal para la observación de aves y te prestarán el material necesario para que no pierdas detalle. Cruzaremos la pasarela El Prado, entre árboles y carrizal; nos detendremos un buen rato en el observatorio de La Colada, un edificio de dos plantas desde el que se divisa toda la laguna y completaremos sensaciones apostados en el punto de observación de la Cogolla, una plataforma desde la que se observa una zona casi desnuda de agua en invierno en la que descansan gansos, limícolas y aves de pastizales y junqueras. Aunque es el Observatorio de Corralillos, que además es accesible para personas con discapacidad, el que ofrece una panorámica más amplia de la laguna y enfoca hacia una de las zonas más profundas y más apropiadas para observar a las aves acuáticas casi sin ser vistos.

Si tenemos paciencia y permanecemos en silencio, ante nuestros ojos desfilarán ánades reales, patos silbones, frisos, cercetas, azulones y cucharas, avefrías, cuellinegros y avetoros, aguiluchos laguneros, grullas, ánsares caretos y gansos, muchos gansos, sobre todo gansos. «No tantos como hace algunos años en los que se llegaron a contabilizar hasta 40.000 ejemplares», asegura Zumalacárregui. Y es que, aunque hace años que los gansos vienen a pasar en tierras castellanas «su particular verano», con esto del cambio climático acortan sus migraciones, como antes hicieron las cigüeñas, y cada vez son más los que deciden quedarse más al norte, en Holanda, porque no necesitan buscar tierras más cálidas. Ya no hay enormes bandadas de gansos en Tierra de Campos, antes «especie bandera» de estas lagunas en invierno, y apenas han llegado 4.000 este invierno, asegura el experto. Pero por el contrario podemos ver especies que antes no eran habituales en los humedales de interior como el tarro blanco, y disfrutar de otros valores naturales gracias a la puesta en valor de estos humedales que son «un oasis de vida en medio de la aridez de Tierra de Campos», afirma Carlos Zumalacárregui.

Después, nuestra ruta nos lleva de regreso a Fuentes de Nava para hacer un alto en la iglesia de San Pedro, admirar su torre campanario conocida como La Estrella de Campos o La Giralda, nos detenemos a contemplar su retablo mayor, obra de Pedro Berruguete, y el artesonado mudéjar de la iglesia de Santa María, recorriendo la arquitectura tradicional castellana de sus calles, antes de hacer una parada a probar las delicias de la matanza del cerdo en cualquiera de sus bares.

Después hay que poner rumbo a Becerril de Campos para comer en alguno de sus restaurantes y, si queda tiempo, reencontrarnos con Pedro Berruguete en la iglesia museo de Santa María o mirar a la estrellas en San Pedro Cultural, hacer incluso una parada en una pequeña fábrica de cerveza y tomarse una Bresañ rubia o tostada muy artesanas porque las elabora un bretón con corazón castellano, o dar un salto hacia la España de la Ilustración para maravillarse con la belleza del Canal de Castilla.

Pero si seguimos con los pájaros en la cabeza, el atardecer es un buen momento para acercarnos a las lagunas de Boada y Pedraza donde la luz de la tarde brinda unos instantes únicos para observar el vuelo de las aves y ver cómo se preparan para descansar en grupo. En Boada de Campos es obligatoria la visita a la Casa Museo y después hay que avanzar un kilómetro desde el pueblo antes de descubrir la laguna en medio de cultivos de cereal y el observatorio de Los Ansares, a unos 300 metros de la laguna, desde donde contemplar el espectáculo.

Desde ahí nos dirigimos a Pedraza de Campos, -no sin antes detenernos en Villerías a comprar quesos de oveja churra-, dejar el coche en el pueblo y caminar un kilómetro hasta el observatorio de la Nava de Pedraza. «Este es el humedal más natural», asegura Zumalacárregui. Porque es el único de los tres que, si llueve lo suficiente, se llena con el agua del arroyo del Salón, que viene del páramo de los Torozos, ya que los demás «se desecaron tan bien, que no se llenan con el agua de lluvia», explica, y necesitan los aportes del Canal de Castilla para mantenerse con vida.

Ya de vuelta a Palencia, podemos detenernos en Mazariegos y subir a la torre observatorio apuntalada en la Vía Verde, un camino paralelo a la carretera N-610 que antes recorrió el Tren Burra y que ahora se ha recuperado para hacer andando, en bicicleta, o a caballo, desde Palencia hasta Castromocho. O llegar hasta Autilla del Pino, ya muy cerca de la ciudad, para contemplar desde el Mirador de Tierra de Campos la inmensidad de esta comarca geométrica y plana salpicada de torres de iglesia, palomares, agua y ocres. En un día claro podremos señalar con la mirada hasta 26 localidades: Villaumbrales y Grijota partidos por las aguas del Canal de Castilla; Frechilla y Guaza de Campos, donde se pueden avistar avutardas, aguiluchos y bisbitas campestres; Villarramiel rodeado de palomares que sirven de refugio a palomas y pichones; o Pedraza y Boada de Campos, donde se nos ha quedado grabado el aleteo de las aves camino al descanso.

Hay que fijar todo lo aprendido en la cabeza para volver en primavera y llenar nuestros oídos con otros sonidos, los del cantar de los pajarillos recién nacidos. Y en verano, para descubrir la verdadera aridez del terreno y al pequeño carricerín cejudo, que encuentra en estos humedales agua, vegetación, calor y mosquitos, y uno de sus lugares preferidos gracias a proyectos como ‘LIFE Paludícola’ que están recuperando su hábitat para que se sienta como en casa.

 

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