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RESTAURACIÓN

Buen hacer y respeto por la naturaleza

Jimena y Andrea García dirigen este rincón gastronómico de Pinares. Sus máximas son «reflejar el color de la naturaleza» y «trabajar con humildad»

RAQUEL FERNÁNDEZ
10/05/2019

 


Rodeada de una de las masas boscosas más grandes de toda Europa se encuentra la localidad de Vilviestre del Pinar, una pequeña localidad burgalesa de tan solo 550 habitantes enclavada en plena comarca de Pinares.

Es allí donde se halla uno de los rincones gastronómicos de esos de los que no pasan desapercibidos y dejan huella en los que aprecian la buena mesa. Un lugar donde no solo se disfruta de la cocina, también de un entorno que acompaña a los sentidos a emprender un viaje hacia el disfrute de la naturaleza en todos sus estados.

Y es que el restaurante El Molino no es un lugar cualquiera. Lleva a sus espaldas mucha historia forjada a base de esfuerzo. Todo comenzó hace más de cuatro décadas a orillas de la cuenca alta del río Arlanza, en pleno corazón de la Sierra de la Demanda donde se rehabilitó un edificio de más de un siglo de historia donde antiguamente se cortaban los pinos y donde había un molino de agua. Todo aquello se convirtió en lo que hoy es todo un lugar de culto de la gastronomía serrana.

La esencia del pasado de este enclave sigue respirándose en el alma de este restaurante y en muchos de sus platos como por ejemplo el Ajo Carretero, la receta más popular de esta zona y que tantos adeptos genera por envolver el paladar no solo del sabor de las sopas y la carne, también por las importantes connotaciones históricas que contiene, ya que era el menú diario de aquellas gentes que vivían de los trabajos en el monte.

Tanto es el respecto que en El Molino se tiene al pasado carreteril que incluso en el mismo complejo se puede disfrutar de forma gratuita del Museo Carretero, que recoge la tradición de la que han vivido las gentes de estas tierras desde hace varios siglos. Este museo dispone de un buen número de objetos que permiten un viaje por la dura vida de los carreteros de la Sierra.

Pero sin duda no puede hablarse de El Molino sin hablar de las dos personas que dirigen con mimo sus fogones: Jimena y Andrea García y juntas entremezclan pasión, juventud y amor por lo que hacen y por reflejar el color de la naturaleza en sus platos.

«Intentamos reflejar el entorno donde estamos, nos gusta salir al monte por la mañanas y recoger piñas verdes, tomillo, romero, violetas, margaritas… aquellas cosas con las que podemos investigar en la cocina para crear nuevas ideas en las que transmitamos la esencia del bosque», explican las hermanas que confiesan, además, que una de sus máximas es «trabajar con humildad».

Lo aprendieron desde niñas, y pueden decir que ambas nacieron entre fogones a las faldas de sus padres, los dos pilares y principales ‘culpables’ de que ahora ellas tengan los pies en la tierra y el corazón puesto en el respeto por la cocina castellana, tradicional y a la vez innovadora, y hecha con los productos de kilómetros cero, los que nacen en tierras pinariegas.

De sus manos surgen apasionantes platos elaborados con setas de los bosques serranos, carnes a la brasa de la máxima calidad, platos innovadores como las albóndigas de corzo con lombarda salteada con manzana y brotes frescos, o los Boletus con huevo campero, foie y pan crujiente de hogaza…

Platos que en cada época van sumándose a una extensa carta de una veintena de platos fijos que ya de por sí cautiva a los comensales. Todo ello hace de El Molino de Vilviestre un restaurante de corte familiar, en el que la calidad de los ingredientes y la presentación de los platos es lo más importante.

El Molino de Vilviestre dispone de tres comedores, el primero de ellos tiene una capacidad de 60 personas; el segundo es más íntimo para 30 personas y tiene una cocina serrana con chimenea, ideal para calentarse al fuego en los días de invierno. Por último, el comedor más grande del restaurante, apto para banquetes tiene una capacidad de más de 200 personas.

 

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