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DE VINOS / BODEGA EL HATO Y EL GARABATO

Aromas de libertad en Formariz

 

Mientras contemplaba la entrada de uva de esta vendimia, que ha llegado en cajas y desde los majuelos más intrincados de la orografía arribeña a la nueva bodega que dirigen su hijo José Manuel y su nuera Liliana, Manuel Beneitez, Manolo, les cuenta a sus nietas Vero y Lola la emocionante historia de su pueblo. Lo que hay detrás de todo lo que ven. En el suelo de grandes lanchas de granito, en el exterior, en las calles y hasta en el aire que impregna el edificio donde fermenta el mosto de uvas de cepas octogenarias. Por cierto, que ahora la casa de muros de piedra se llama El Hato y el Garabato, razón social de la bodega familiar inscrita en el consejo regulador de la DO Arribes. Manolo no quiere que sus nietas olviden algo que su hijo José Manuel supo recordar siempre. Por eso hace cinco años regresó a España, a Zamora, a Sayago. Para elaborar vino como lo viera hacer a sus antepasados. Y esperó un lustro para construir la bodega en Formariz de Sayago, su pueblo, pedanía de Villar del Buey.

En Formariz sus habitantes son dueños del pueblo. Resulta que los jornaleros que trabajaban esta tierra se hicieron propietarios de ella en el siglo XX. De la huerta, del cortino y las cortinas, dueños de los rebaños, de la tierra arada y del encinar, de sus casas y apriscos… el más bello canto a la libertad protagonizado por sayagueses. Manolo cuenta así la historia a sus nietas: «Mi abuelo Alonso Beneitez Bárbulo fue uno de los 40 renteros que en 1912 compraron la propiedad de la tierra y del pueblo a los dueños de la dehesa, a los Calderones». «El padre de mi padre, –prosigue Manolo–, pagó a los terratenientes 6.875 pesetas. La misma que el resto de los vecinos. Para ser dueño de la tierra que trabajaba y la casa donde vivía. Por eso es tan importante –recuerda a sus nietas– que la bodega de vuestros padres este aquí en Formariz, en vuestra propia tierra». Liliana y José Manuel conocen la parte trágica de esta historia de libertad en Sayago y suelen ampliarla añadiendo detalles sobre el suceso triste de Francisco Alejo, el tío Francisquito, que murió de un tiro en la cabeza de manos del poder rural de entonces… Su delito, cortar ramas y plantar bellotas para que naciesen encinas. Hoy ellos compran viejos majuelos, plantan e injertan vides y vuelcan la cultura de esta tierra en su marcas de vino, cada cual más original por fuera y por dentro. Los elaborados con sus propias uvas de viejos vasos se llaman ‘Sin Blanca’, ‘De buena Jera’, ‘La Xefa’ y ‘Otro Cuento’.

A pocos metros de la nueva bodega se encuentren los restos de la casona que fuera morada del terrateniente y que se conoce por la portada de piedra con los cinco bolos. Liliana y José han vuelto a recuperar el espíritu revolucionario en Formariz, con un proyecto moderno, comprometido y sostenible, con vinos de calidad muy valorados en el mercado. El Hato y el Garabato se suma hoy a la actividad económica de una aldea con apenas cien vecinos. La bodega cuenta con siete hectáreas de viñas repartidas por los términos de Cibanal, Fermoselle, Torregamones y Mámoles, entre otros. Comercializan en torno a 10.000 botellas, de las que exportan el 70%. Sus vinos tintos, blancos y rosados se elaboran principalmente con las castas Juan García, Bruñal, Bastardillo, Tempranillo, Malvasía, Albillo, Rufete y Puesta en cruz. José y Liliana regresaron a Sayago con la mochila cargada de ideas, experiencia y conocimiento. Ambos son ingenieros de montes y, tras formarse en las diferentes disciplinas vinculadas a la enología, la viticultura y el márquetin, decidieron volver. Pero antes trabajaron y recorrieron bodegas y viñas en California, Australia, Portugal y Centro-Europa. Con todo eso y con los brazos listos para podar, trasegar y etiquetar, este año estrenan bodega en su pueblo. Ya no son colonos. Son los dueños de la tierra en Formariz, el solar de sus mayores.

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