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Bodega del Abad

Adriana y el nuevo abad de Carracedo

JAVIER PÉREZ ANDRÉS
09/03/2018

 

Sigo la pista de esta bodega desde la primera fermentación y ya estoy deseando describir el nuevo proyecto que llevará al abad de Carracedo a las alturas de las laderas del Valtuille jacobeo. Una bodega debe contar con ‘adn’ territorial, un vínculo sentimental y un origen claro. Una bodega no es solo un proyecto económico, sino una empresa que depende de una cepa que muere y resucita cada año, que se hiela, brota y florece y que, cuando llega el envero, enseña las uvas que anuncian los mostos de la próxima añada. Una bodega es la consecuencia de los estados fenológicos, y lleva consigo una carga de sentimiento y terruño que no se encuentra en ninguna otra empresa, incluidas las alimentarias. Con polifenoles de por medio, están provistas de modernos lagares, veloces embotelladoras, naves de crianza con robles de mil bosques. Además de empresas, las bodegas son un vehículo cultural y auténticas embajadoras de la tierra, con un formato comercial que no ha variado desde hace 300 años o más. Todo esto lo entendió a la perfección Adriana Ulibarri cuando decidió tomar las riendas de la Bodega del Abad, que pertenece al grupo de empresas de la familia, pero con el matiz de ser un proyecto con ‘toma de tierra’ en suelo berciano.

Adriana ya ha entrado en el grupo de cabeza de mujeres del vino de la región por méritos propios. Ha pisado despacio, dominando desde dentro todas las aristas, sobre el cimiento construido por su padre a finales de los 90, junto al empresario Raúl Valcarce y el enólogo José Luis Santín. Pero ahora es Adriana, en solitario, quien dirige el presente y emprende un reto de futuro dentro de la DO Bierzo. Cuenta con una materia prima que garantiza la diversidad: cepas octogenarias en vaso, majuelos con más de 30 y 40 años, y plantaciones en espaldera con 20 de media. Todo ello, sobre la base de las dos grandes viníferas bercianas, la mencía tinta y la blanca godello. La mayor parte de las cepas de las cerca de 60 hectáreas de viñedo crece en las laderas de Valtuille de Arriba y se esparce por Villafranca del Bierzo y Valtuille de Abajo.

Por otro lado, Adriana ha renovado también la imagen de las etiquetas, reforzando la marca Abad Dom Bueno. Pero la apuesta definitiva será el nuevo emplazamiento del lagar y la bodega. Se construirá sobre una de las laderas más impresionantes de El Bierzo, en el término de Valtuille, en los pagos Olarte y la Sidra, en la finca de los Almendros. Desde allí, a más de 700 metros de altura, se divisa la mole del pico pelado –y, casi siempre, nevado– de La Aquiana y, más cerca, ladera abajo, la bucólica Casita de los Tres Pinos, que tanto aman sus vecinos, los Álvarez de Toledo. Por abajo, entre las viñas, se podrá contemplar la espectacular panorámica circular berciana y el paso de los peregrinos que van a Santiago.

Desde hace años, Adriana pisa otras alfombras, al margen de los suelos de sus vinos. Son las moquetas de las ferias, donde ya ha podido comprobar cuáles son las reglas del juego del sector del vino. Y se ha percatado de que el camino está hecho, pues sus vinos responden a la impronta de dos cepajes emergentes, demandados y solventes: la mencía y la godello, con viñas propias, prácticas culturales y rendimientos adecuados, suelos y constantes térmicas que explican la diferenciación.

Por ahora, la bodega comercializa una media de 350.000 botellas anuales, de las que un 80% son tintos y el resto, blancos. El 65% se exporta. La marca principal es Carracedo y se centra en los nuevos diseños de Abad Dom Bueno, junto al godello San Salvador y el tinto Tesín de la Campana, que no pasa de 2.000 botellas. El diseño de los vinos y los criterios del formato enológico, así como las prácticas culturales en la vid, dependen del enólogo Miguel Tienda, que lleva en la casa desde 2004 y está muy implicado con el paisaje berciano, otro activo de gran valor.

 

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