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Los pronósticos del clima que salvan bosques

Una investigadora perfecciona los modelos para predecir los efectos del cambio climático en los bosques / Los nuevos modelos permiten detectar las poblaciones que estarán más amenazadas.

ALMUDENA ÁLVAREZ
24/04/2018

 

La ingeniero de Montes, María Jesús Serra, se ha propuesto saber cómo van a reaccionar determinadas especies forestales ante un futuro escenario de cambio climático. Por eso ha dedicado cinco años a perfeccionar los modelos que había para predecir los efectos del cambio climático en los bosques y que tenían muchas limitaciones. «La idea era mejorarlos para que fueran más útiles en el mundo forestal», explica la investigadora. Su investigación, desarrollada en el Instituto Universitario de Gestión Forestal Sostenible, que tiene su sede en Palencia, ha ganado el premio de la Sociedad Española de Ciencias Forestales (SECF). El reto de esta tesis sobre modelos de distribución de especies forestales era «buscar herramientas que sirvan a los gestores de los montes para la conservación de la biodiversidad». Y sobre todo mantener la capacidad adaptativa de las especies, para que, si hay un cambio climático, tengan herramientas para «reaccionar y adaptarse a esos cambios» y poder seguir viviendo en el lugar donde están.

Sus investigaciones se han centrado en dos especies de pino, el pino resinero (Pinus pinaster) y el pino carrasco (Pinus halepensis) porque están muy extendidas en la Península Ibérica y también porque ya se disponía de información genética de estas especies, una de las variables que decidió incorporar con acierto a sus estudios gracias a la colaboración con investigadores del CIFOR-INIA.
Como detalla Serra, hasta ahora lo normal para calcular estos modelos que relacionan el lugar donde están localizadas las especies con las variables ambientales que caracterizan esas zonas, era usar exclusivamente datos climáticos y de distribución. Pero además, ella ha incluido la información genética de las especies y otras variables abióticas, como la distancia al mar, y bióticas, como posibles enfermedades que puedan ser relevantes para la supervivencia de la especie.

La incorporación de la información genética, que ha sido una de las novedades de esta investigación, implica «no tratar a la especie como un todo, sino partir de sus diferentes unidades genéticas» y tener en cuenta el hecho de que no todas las poblaciones de una misma especie reaccionan igual ante un cambio de clima.

La segunda novedad ha sido incorporar las interacciones bióticas, es decir, amenazas por nuevas enfermedades, patógenos o competidores. De esta forma ha podido elaborar modelos que incluyen estas interacciones, para distinguir si lo que amenaza a la especie es el cambio de clima per se o factores bióticos asociados a este cambio.

Por último ha utilizado todas las predicciones de cambio climático disponibles a nivel global, comparando sus resultados con 42 escenarios climáticos diferentes hasta el año 2050, y determinando así «el grado de incertidumbre» que puede haber en la predicción.

Cinco años de investigación que le han llevado a concluir que al incorporar la información genética y considerar que no todas las poblaciones reaccionan homogéneamente ante un cambio climático se mejoran las predicciones y son «más realistas».

Así, los modelos pueden ser «una herramienta fundamental en los planes de conservación» porque localizan lugares para conservar «in situ» una determinada especie y otros a donde se puede «llevar» a los grupos genéticos que no están preparados para sobrevivir donde están y no es posible conservar «in situ». Además señala los grupos genéticos más amenazados dentro de una misma especie, las poblaciones que corren más riesgo de desaparecer con el cambio climático y con las que hay que hacer mayor esfuerzo en su conservación. Por ejemplo, ha podido ver que hay tres grupos genéticos de pino resinero, distribuidos en Castilla y León, el este y el del sur de España, que estarían amenazados, por lo que habría que comprobar si disponen de suficiente capacidad adaptativa para afrontar el cambio o por el contrario si se necesitaría de «migración asistida para garantizar su supervivencia». Mientras que el único grupo amenazado en el pino carrasco está localizado en el sur de España.

En definitiva, sus estudios permiten detectar cuales son los grupos genéticos amenazados y saber las zonas donde la especie va a sufrir un fuerte cambio de condiciones ambientales y hay que analizar si su capacidad adaptativa es suficiente para afrontarlo y las zonas fuera del área de distribución donde se podrían conservar ciertas poblaciones necesarias para mantener la diversidad genética de la especie.

Además al incorporar a su estudio «las interacciones bióticas», en concreto la resistencia al Fusarium circinatum, el hongo que causa el chancro resinoso, una enfermedad común en los pinos, ha constatado que con los modelos se puede ver qué poblaciones van a estar afectadas por un estrés climático en el futuro, por un estrés biótico o por los dos de cara al año 2050 e incluso comparar los resultados con 42 escenarios climáticos diferentes y esperables también para el 2050. Esto es importante, asegura, ya que la resistencia a la sequía y a la enfermedad tiene una respuesta genética y, por tanto, se pueden conseguir genéticamente ejemplares más resistentes. «Si sabes el problema que estás teniendo en una población, puedes aplicar el programa de mejora más conveniente», concluye.

 

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