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LEÓN

Plantas con código de barras

Un grupo de investigación de la ULE estudia las regiones cortas del ADN para detectar las diferencias que existen entre las especies medicinales.

E.L.
09/01/2018

 

Fue una revolución para el comercio. Y es que hasta no hace tanto el cajero tenía que teclear el precio de cada artículo de forma manual. El código de barras marcó un antes y un después. Además de aliviar la carga de trabajo de los empleados, redujo el tiempo de espera de los compradores. Un invento omnipresente que ha saltado de los establecimientos a otros lugares. ¿Qué pensaría si dijera que las plantas tienen su propio código de barras? Sí, no es un sistema de rayas de cebra, pero ayuda a recopilar información para luchar contra el tiempo.

La catalogación de especies se ha convertido en una carrera a contrarreloj. Ni más ni menos, la de conocer las formas de vida antes de que se extingan. Por ello, el grupo de Taxonomía y Conservación Vegetal de la Universidad de León (ULE) estudia el ADN de las plantas para mejorar su identificación. Y lo hace a través de los códigos de barras genéticos que proporcionan información «rápida» y «fiable» para actuar sobre los materiales vegetales fragmentarios que requieran control de calidad.

Para obtener tales códigos de barras, se aplican métodos moleculares que analizan el ADN, con el fin de seleccionar cuáles son los marcadores, es decir, fragmentos concretos del ADN, que ayuden con la identificación de las plantas medicinales. «Buscamos cuáles son las regiones genómicas más adecuadas para proporcionar los códigos de barras, y elaborar bases de datos de referencia con las que contrastar las muestras que en el futuro se quieran identificar», explica Carmen Acedo, responsable del proyecto. Mediante la técnica del código de barras, y estudiando regiones cortas del ADN, se detectarán las diferencias existentes entre las especies con las que se trabaja y también con otras especies próximas.

La innovación de este proyecto radica en que las especies estudiadas proceden de la región del Sinaí con uso medicinal tradicional pero también con interés para la conservación de la diversidad, pues son plantas de distribución muy restringida. «Algunas son endémicas, sólo viven en áreas muy reducidas. Entre las especies en estudio, estamos trabajando con especies amenazadas ya incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza», concreta.

Respecto a las ventajas del empleo del código de barras, la investigadora de la ULE señala el bajo coste. Otro valor añadido es que, posteriormente, el sistema se puede usar para garantizar la identidad de las especies tanto en empresas de herboristería tradicional como para el control de calidad de las especies medicinales empleadas a mayor escala, y además servirá para dar solución a las falsificaciones, así como a los problemas de salud derivados de ellas, mejorando de esta forma la calidad de vida de los usuarios.

«Buscamos metodologías que permitan confirmar la identidad de las especies medicinales del modo más fiable posible, más que la identificación taxonómica morfológica, que no siempre es posible, sobre todo en los casos en que no se dispone de una muestra con suficientes caracteres para el reconocimiento: por ejemplo en el caso de muestras fragmentarias», expone para, a continuación, comentar que los avances en el estudio del ADN de las plantas son «extremadamente útiles» para numerosas aplicaciones, no sólo en la identificación de materiales comercializados, sino otras tales como análisis forenses ecológicos, identificación en casos donde hay escasez de conocimientos taxonómicos disponibles e incluso en el descubrimiento de nuevas especies en algunos grupos de plantas. Eso sí, asegura que existen «importantes dificultades» en el uso del código de barras: por ejemplo, el éxito de la discriminación entre especies de plantas es menor que el que se ha encontrado en muchos grupos de animales como peces, pájaros o mariposas.

El proyecto se planteó como parte de las investigaciones que Ahmed Elkordy, doctor en Biología de la Universidad de Sohag (Egipto), está realizando durante su estancia posdoctoral en este grupo de investigación desde el inicio del curso. El trabajo, financiado con una ayuda concedida por el Campus de Excelencia Triangular E3 ‘Los horizontes del hombre’ (formado por las universidades de León, Burgos y Valladolid), tiene como finalidad descubrir cuáles son los fragmentos de ADN (marcadores) más adecuados para la identificación de estas especies.

Por este motivo, es necesario hacer la selección previa de la mejor combinación de al menos dos marcadores adecuados que contribuyan a una mayor seguridad y eficacia de las especies medicinales, destaca la responsable del proyecto. Además, todas las especies que estudian son de importancia considerable en el campo de la salud humana en Egipto, pues trabajan con plantas pertenecientes a varias especies medicinales y a familias diferentes que durante muchos años fueron usadas por los beduinos que vivían en el desierto.

En esta línea, Acedo comenta que en Egipto las plantas medicinales y aromáticas desempeñan un papel importante como productos farmacéuticos, cosméticos, producción de especias, pesticidas naturales estrechamente relacionados con problemas de salud pública, alimentos tanto para humanos como para animales. «Se remonta a unos 3.000 años antes de Cristo el uso de algunas especies en las que actualmente existe la misma confianza y su uso se está convirtiendo en algo global».

Entre los propósitos del proyecto, el equipo de investigación pretende, además de garantizar la identificación, conservar las especies en riesgo, por tratarse de una materia prima medicinal valiosa, por lo que no deben dañarse las poblaciones naturales. También tiene en mente una segunda fase que incluiría todo el grupo de especies medicinales raras y amenazadas de la flora útil de Egipto, donde se estima que de las 2.000 especies nativas, existen cerca de 350 con diversas aplicaciones medicinales o de otro tipo, y de ellas unas 70 son especies en peligro o críticamente amenazadas, sentencia Carmen Acedo.

 

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