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VALLADOLID

La maleta eléctrica de la naturaleza

Un ingeniero de la UVA diseña un sistema generador de energía mediante la captación solar para hacer funcionar maquinaria en cualquier parte del mundo / Su transporte es sencillo y su autonomía es de ocho horas.

E. LERA
05/12/2017

 

Vacaciones. Aeropuertos saturados y estaciones de tren y autobús masificadas. Choques constantes y mensajes por megafonía que recuerdan, una y otra vez, que los enseres siempre tienen que estar controlados por sus dueños para evitar robos. Mucho bullicio. Y ahí están las maletas. Sí, esos fieles compañeros de viaje que conocen más lugares incluso que tú, ya que pasan de padres a hijos y de nietos a sobrinos. A continuación, se expondrá la historia de una maleta. Sin embargo, no es la que todo el mundo tiene en mente, ésta sirve para generar electricidad.

Borja Fernández ha diseñado un sistema de fácil transporte que cuenta con unas «potentes» baterías y un inversor de corriente para hacer funcionar maquinaría en cualquier parte del mundo. La carga de las baterías se realiza «en apenas dos horas» mediante tres módulos solares fotovoltaicos, los cuales, gracias a una estructura mecánica diseñada para este fin, se pueden acoplar tanto a un vehículo como al terreno.

El dispositivo, tal y como explica, permite utilizar energía eléctrica durante, por ejemplo, una jornada de trabajo de ocho horas de los servicios de mantenimiento de parques y jardines de las ciudades. Así, manifiesta, se podría trabajar a coste energético cero y se evitarían emisiones nocivas en los núcleos urbanos, al sustituir la quema de combustibles fósiles utilizados en los motores de gasolina empleados en la actualidad.

Además, dispone de un software para teléfono móvil y ordenador, que ofrece la posibilidad a cualquier usuario de ser autónomo en el diseño de la instalación, atendiendo a sus necesidades de potencia. Con esto, apunta el ingeniero de la Universidad de Valladolid (UVA), se facilita a una empresa que quiera comercializar la patente el saber hacer para una puesta a punto «rápida y sencilla» y para realizar cualquier modificación a posteriori si cambian las necesidades del cliente.

Sostiene que su producto va a tener demanda en cualquier parte del planeta, tanto en la ciudad más desarrollada como en el poblado más pobre. Una necesidad que, según estima, se puede cubrir con un coste que ronda los 4.000 euros. Un precio en el que se incluye el prototipo y la puesta a punto. «El coste no es un disparate porque una vez realizado el desembolso se puede disponer de energía eléctrica ofreciendo prestaciones de alta potencia (hasta picos de 6.000 vatios) a coste cero», expone antes de advertir de que una vez empezada la fabricación en serie el coste sería aún menor.

La calidad es otro de sus puntos fuertes. Las baterías que se utilizan para almacenar la energía eléctrica obtenida con los paneles solares fotovoltaicos tienen una vida útil de, al menos, cinco años, haciendo dos ciclos de carga y descarga diarios. El software es un paquete que, en principio, no se comercializaría aparte, sino que iría acompañando al resto de la instalación, informa. También habría un servicio técnico, un profesional que conozca al cien por cien esta tecnología y que intervenga en caso de necesidad.

Para Fernández, su sistema es potente porque en la actualidad el sector agrario utiliza maquinaria que funciona con combustible fósil. De hecho, el uso de herramientas de energía eléctrica se ha visto relegado a un uso doméstico, dada la enorme dificultad de encontrar una fuente de alimentación que proporcione independencia física del lugar en el que se encuentre. Esta maquinaria, entre otras cuestiones, contamina de forma acústica y medioambiental y supone un «importante desembolso», por lo que se encarecen los productos.

Para resolver este problema, creó esta maleta que disminuye los costes energéticos de uso, las emisiones nocivas al medioambiente, mantiene la eficacia de trabajo y aporta independencia al sector de la jardinería, enumera. Eso sí, dice que, a pesar de haber dirigido la tecnología hacia esta parcela donde las prestaciones y rendimientos son mayores, el usuario final es el que decide qué hacer funcionar con el producto pionero.

El proyecto comenzó hace casi tres años mientras Borja Fernández cursaba el tercer curso de Ingeniería Electrónica. «En ese momento atravesaba un punto complicado en la carrera y, estudiando los exámenes finales, el ruido de los jardineros al otro lado de la biblioteca era lo que más me molestaba», relata. Un inconveniente que se ha traducido en un sistema único. En este proceso, comenta que se ha rodeado de personas muy brillantes. Además, se matriculó en el máster en Ingeniería Industrial, con el fin de mejorar la tecnología, hacerla más accesible y con mejores rendimientos energéticos.

Durante los estudios se presentó a los premios Prometeo, que organiza anualmente la Fundación General de la Universidad de Valladolid (Funge), y resultó ganador, así que ha podido optar a la patente. Una patente que recoge su conocimiento pero también el saber hacer de la ingeniera química Marina Fernández y el ingeniero mecánico Pablo Muñoz. Juntos quisieron seguir escalando y se presentaron a una convocatoria para conseguir fondos europeos que permitieran financiar el prototipo, y lo lograron. A partir de ahora, y con la «inestimable» ayuda del director del grupo de investigación de Motores y Energías Renovables de la UVA, Andrés Melgar, construirán el producto y harán la prueba de concepto.
Los planes futuros son, tras finalizar la prueba de concepto, realizar demostraciones comerciales del sistema y en caso de no encontrar empresas interesadas, asegura que podrían llegar a crear «a medio-largo plazo» una spin-off de la Universidad. «Es importante remarcar que estamos abiertos a empresas de cualquier parte del mundo. No cerraremos las puertas a ninguna opción de negocio», zanja Borja Fernández.

 

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