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PERSONAJES ÚNICOS / IRENE VILLAFAÑE

La ingeniera con el ADN en 3D

Esta vallisoletana es cofundadora de una compañía irlandesa, CALT Dynamics, que desarrolla impresoras en tres dimensiones de alta precisión / Ha sido seleccionada para participar en el programa de aceleración de empresas Techstars en Estados Unidos.

E. Lera
31/07/2018

 

El tópico se cumple. Al menos en este caso. Es joven y sobradamente preparada. Una mochila que le ha llevado a saborear las mieles del éxito. La vallisoletana Irene Villafañe decidió estudiar Ingeniería Mecánica porque era el grado «más difícil» que le ofrecieron en la Universidad de Valladolid (UVA). Una elección que maridó a la perfección «con el ambiente universitario» que siempre ha respirado en su casa. Sus padres, ambos químicos, le inculcaron que hacer una carrera era su futuro. Eso sí, tenía claro que no iba a ser en la Facultad de Ciencias. Su contacto con la universidad no se quedó ahí. A esta titulación sumó el grado en Ingeniería en Tecnologías Industriales.

Tras graduarse hizo la maleta y se trasladó a Irlanda para cursar un máster en Tecnologías Medioambientales en la University College Dublin. Se convirtió en la primera de la clase. Un reconocimiento que le abrió las puertas del mercado laboral de par en par. Sólo tres días después de obtener el título logró un puesto de trabajo como ingeniera de investigación en el mismo grupo con el que había estado colaborando para realizar el trabajo de fin de posgrado que, según cuenta, se basó en la reutilización de materiales plásticos con el objeto de minimizar la cantidad de residuos que se generan en el día a día.

Su aprendizaje era continuo y las personas que le rodeaban sumaban más conocimiento. Dos de ellas fueron Ross Lawless, fundadora de CALT Dynamics en 2014, y Colin Keogh. En una de las muchas conversaciones que mantuvo con ellas la vallisoletana se dio cuenta de que tenían bastantes puntos en común. Así refundaron CALT Dynamics, que se dedica a construir impresoras 3D únicas y de alta precisión para distintos grupos de investigación en universidades y empresas de Europa.

Además, explica que su compañía tiene como meta descentralizar los métodos de producción. Pone como ejemplo que la energía solar se usa para la distribución de la energía o el bitcoin se utiliza para dispersar las finanzas. Su idea es que las personas encuentren en las impresoras en tres dimensiones sus aliadas para crear los objetos que necesiten.

En esta línea, señala que su proyecto es «único», puesto que sus dispositivos no necesitan conectarse a un ordenador o incluso a la red eléctrica –pueden funcionar con una batería–, simplemente requiere insertar un dispositivo analógico y pulsar el botón play. «No requiere de ningún conocimiento técnico como sucede con otros productos del mercado», expone Villafañe.

Está orgullosa, ya que sus aplicaciones son «infinitas». Desde usos industriales hasta humanitarios. De hecho, esta empresa ha trabajado anteriormente con proyectos de este tipo y organizaciones sin ánimo de lucro. «Estas impresoras podrían utilizarse en hospitales o escuelas del Tercer Mundo, o en lugares que han sufrido desastres naturales. Sitios en los que se necesitan piezas iguales y no disponen de los medios necesarios para conseguirlas de ninguna otra manera», presume.

Lograr crear una impresora 3D que las abuelas puedan utilizar no tiene precio, si bien ha aupado a este trío de emprendedoras a conseguir formar parte del programa de aceleración de empresas Techstars en Estados Unidos. Explica que esta iniciativa se dedica a seleccionar startups con un porcentaje de aceptación del 1% y ofrecen un curso intensivo de tres meses en los que ayudan a impulsar las compañías.

El día a día de la vallisoletana desde que está al otro lado del charco arranca a las siete de la mañana. A esa hora acude al taller de innovación para avanzar en sus proyectos. Allí está hasta pasadas las seis de la tarde, que regresa a casa para organizar la jornada siguiente. «Estos tres meses van a ser una locura en términos de trabajo, pero es una oportunidad única de las que sólo pasa una vez en la vida, así que más vale aprovecharla», reconoce la ingeniera.

Preguntada por la investigación y la innovación en España, afirma que su presencia es «escasa». Y lo argumenta: «No es porque la gente no sea lo suficientemente capaz, porque lo es. El problema es que no se proporcionan los medios o la ayuda suficiente para ello». «Durante los últimos años la investigación y la innovación en mi país –prosigue– ha sido el último elemento de la lista en la que gastar dinero por parte de las autoridades oportunas». En su caso, dice, tuvo la suerte de que sus padres confiaran en ella y soportaron su sueño económicamente. «Estoy segura de que de haberme quedado en España nunca hubiera tenido esta oportunidad», reprocha.

En su opinión, la crisis «ha tocado de lleno» a los jóvenes. Asegura que un montón de gente de su generación está trabajando muchísimas horas por «sueldos irrisorios» para conseguir los tres años de experiencia antes de optar a un empleo «medianamente bien pagado». Y si no, hay que irse. «Es muy triste la cantidad de personas que han tenido que abandonar su país para poder trabajar, investigar o innovar en lo que les gustaría», subraya Irene Villafañe, quien se muestra apenada por aquellos que tienen que abandonar su casa, familia y amigos por no tener otra opción para tener un sueldo decente.
Para la vallisoletana, las administraciones no tienen entre sus prioridades avanzar, al menos, no en los últimos años. Por este motivo, ha dejado por el camino dos bastones claves para que España sea puntera: la investigación y la innovación. «Aún queda un largo camino por recorrer», matiza.

Es muy positiva y cree que la sociedad sí que premia el talento. Un talento que está pero, sobre todo, se pone cara cuando los medios de comunicación deciden contar los logros de gente de a pie. «Creo que es una idea genial que se publiquen noticias de este tipo. Si tan solo una niña o adolescente de la zona ve este artículo y decide estudiar ingeniería, que es un área en la que el 90% son hombres, yo me doy por satisfecha».

La ingeniera recomienda escuchar al corazón antes que a la razón a la hora de tomar decisiones importantes, como puede ser montar una empresa. Habla con conocimiento de causa. «Es mucho más difícil que prepararse para un examen o hacer algo que te mandan en el trabajo. Pero también es muchísimo más gratificante porque estás trabajando para ti y haciendo lo que realmente quieres», asegura antes de admitir que, por supuesto, en esa escalada los emprendedores se encontrarán baches, sin embargo, la llegada a la cima «merecerá la pena».

El hecho de ser mujer también le ha marcado de forma negativa. «No se toma en serio o se duda de tus capacidades», lamenta y añade que obtener financiación en el arranque tampoco es sencillo. A ello hay que sumar la renuncia a las horas libres y fines de semana.

 

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