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PERSONAJES ÚNICOS / DAVID MARTÍNEZ

El físico que quería ser inventor

Este burgalés ha diseñado un dispositivo que mide el tamaño de las unidades celulares / Se licenció en la UVA, donde recibió el Premio Extraordinario Fin de Carrera / Forma parte del programa de excelencia internacional de la Organización Europea de Biología Molecular.

E. LERA
24/04/2018

 

Quería gritar ‘eureka’. Agarrar sus sueños y convertirlos en ideas útiles que dieran la vuelta al mundo. David Martínez deseaba sacarse artilugios de la manga. Y lo ha hecho. Es verdad que no se ha convertido en un inventor que vive en la ruina, encerrado en un garaje con su talento y su sudor en la frente, pero ha logrado lo que se ha propuesto: cambiar la sociedad desde el conocimiento.
Nació en la localidad burgalesa de Aranda de Duero, donde vivió hasta los 18 años. Su formación se repartió entre el colegio Claret y el IES Cardenal Sandoval y Rojas. Recuerda que de niño le encantaban los juegos de mecánica, química... y soñaba con ser inventor. Durante su etapa en el instituto descubrió su pasión por las matemáticas y la física, así que cuando terminó bachillerato tenía muy claro que quería ser físico. Se trasladó a Valladolid y allí se licenció en Física obteniendo el Premio Extraordinario Fin de Carrera.

Su primer contacto con la investigación fue durante la carrera. Al finalizar el cuarto curso ganó una beca para colaborar durante el verano en el laboratorio de óptica de la Universidad de Murcia (UMU). Después, durante el quinto curso, se interesó por algunos de los trabajos que se estaban llevando a cabo en el Instituto Cajal de Madrid y también en el laboratorio de investigación de baja radiactividad ambiental de la Universidad de Valladolid (UVA). «Para entonces tenía muy claro que la investigación tenía que formar parte de mi vida», rememora.

Tras licenciarse cruzó el charco para realizar un par de estancias. Primero en la Universidad de Columbia en Nueva York, y después en el laboratorio nacional Lawrence Berkeley de California, con el objetivo de iniciarse en la microscopía de fuerza atómica. Más tarde se instaló en Madrid, donde consiguió una beca del prestigioso programa de Formación de Profesorado Universitario para realizar el doctorado de Física en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Allí permaneció varios años investigando y dando clase en la titulación de matemáticas.

Entretanto, realizó una estancia de investigación en la Universidad de Ratisbona en Alemania y desarrolló una tecnología que ha dado lugar a la primera patente del área de física de la UAM que se ha licenciado de manera internacional. Con el doctorado bajo el brazo fue seleccionado para el programa de excelencia internacional de la Organización Europea de Biología Molecular, y se incorporó a la Universidad Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zurich), en su departamento de Basilea (Suiza). Y desde entonces, ya hace más de 5 años, sigue allí.

A lo largo de su vida científica ha trabajado en proyectos muy diferentes; desarrollando una técnica que permite caracterizar con gran exactitud campos eléctricos y magnéticos en la escala de átomos y moléculas o un sistema de control para microscopios de fuerza atómica. Desde que llegó a Suiza dedica la mayor parte del día a ver cómo las células regulan su masa. «Las células son las unidades más elementales de vida y son capaces de formar organismos altamente complejos. Para poder crear tales estructuras, las células necesitan ser capaces de controlar su crecimiento», expone Martínez, antes de comentar que debido a la falta de instrumentación adecuada, todavía se desconoce cómo lo hacen.

En este sentido, asegura que es «fundamental» descubrir estos mecanismos porque están relacionados con enfermedades como los cánceres o las hipertrofias. Con este objetivo, ha desarrollado un dispositivo que permite medir y seguir los cambios de masa de una o varias células en tiempo real. «Utilizando esta herramienta hemos descubierto que las células fluctúan su masa en cuestión de segundos o que la infección con un virus puede modificar su regulación de masa», expone y avanza que estará disponible «en un futuro cercano» porque una empresa de alta tecnología suiza ya ha licenciado de manera internacional tres de las cuatro patentes que han solicitado sobre estos desarrollados.

Además, esta tecnología, apunta el burgalés, puede ser utilizada en otros contextos, por ejemplo, para desarrollar antibiogramas –pruebas microbiológicas muy útiles para evaluar qué antibiótico debe ser suministrado a una paciente con una infección bacteriana– muy rápidos. La tecnología de uso común necesita entre 24 y 48 horas para producir el resultado. Sin embargo, su dispositivo podría reducir ese tiempo de espera a menos de 30 minutos, lo que tendría «importantes beneficios».

A sus 36 años ya ha recibido varios galardones como el premio de investigación de la Real Academia de Doctores de España en 2012. Cuatro años después logró el reconocimiento nacional a la excelencia en física, la máxima distinción que otorga el Colegio Oficial de Físicos de España. Además, su tecnología que mide las unidades celulares fue premiada con 2,4 millones de euros para su desarrollo. Galardones que, según afirma, le indican que está abriendo el camino correcto y le motivan a seguir.

Preguntado por la investigación y la innovación en Castilla y León, asegura que la Comunidad cuenta con valiosas universidades que han hecho esfuerzos para crear «importantes organismos» de investigación como el Centro del Cáncer de Salamanca o el Instituto de Biología y Genética Molecular en Valladolid. Sin embargo, en su opinión, a nivel nacional existen grandes posibilidades de mejora. «El sistema de investigación español necesita una reforma significativa que favorezca un sistema más competitivo, con mayor internacionalización y flexibilidad organizativa de las universidades y centros de investigación». «Es importante también –prosigue– potenciar mucho más un entorno que favorezca y estimule la colaboración entre la industria y los organismos públicos».
David Martínez tiene claro que todos los científicos españoles que están en el extranjero, debido a la exposición internacional y al carácter universal de la ciencia, deben colaborar en el desarrollo de la llamada «diplomacia científica».

 

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