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VALLADOLID

Buscadores del sustrato cerebral de la esquizofrenia

El Clínico y la UVA emplean la teoría del grafos para redefinir esta enfermedad / Contribuyen en la personalización de tratamientos.

E. LERA
05/11/2019

 

La esquizofrenia es un conjunto de síntomas, que incluyen los llamados positivos, experiencias subjetivas que no deberían presentarse, como delirios o alucinaciones; los negativos, es decir, la apatía, la pobreza del lenguaje o el aplanamiento afectivo, y la desorganización de la conducta. En la actualidad la voz de alarma salta si se reúnen algunos de estos signos durante más de un mes y ocasionan graves dificultades en el día a día. Además, son muy frecuentes las alteraciones en el funcionamiento de ciertas áreas cognitivas, como la memoria verbal o la operativa, la velocidad para ejecutar tareas sencillas, la capacidad de resolver problemas abstractos, la facultad para generar palabras o la velocidad motora.

En este sentido, es importante destacar que, siendo un cuadro que se diagnostica exclusivamente en función de estos indicios, los criterios actuales permiten que se ponga nombre a este trastorno en personas que no comparten ni una sola señal. El tema es que los pacientes son muy distintos entre sí en todos los términos, como perfil de síntomas, evolución o respuesta a los tratamientos, e incluso en relación a las alteraciones cerebrales comunes a los pacientes con esquizofrenia, pero la creencia es que el fracaso en encontrarlas se debe en parte a que estas personas son tan diversas que muy probablemente incluyen diferentes enfermedades más que una sola.

Para arrojar luz en este camino, investigadores de la Universidad de Valladolid (UVA) y del Hospital Clínico Universitario de Valladolid trabajan en la búsqueda de sustratos cerebrales de esta dolencia –uno de los síndromes que se engloban en la psicosis– que, a su juicio, no se han identificado correctamente. Su idea es discernir grupos de la esquizofrenia y otros síndromes similares basándose en encontrar grupos de casos caracterizados por alteraciones cerebrales comunes y relacionadas con las funciones mentales, que son las afectadas en esta patología.

Para ello, Vicente Molina, catedrático de la UVA y jefe de la Unidad de Hospitalización de Adultos del servicio de Psiquiatría del Clínico, explica que usan técnicas como el análisis del electroencefalograma, porque este es el resultado de la actividad de conjuntos de neuronas que disparan simultáneamente y esto es uno de los requisitos conocidos de la actividad mental. Aplican varios métodos de análisis, como los derivados de la teoría del grafos o del análisis de la entropía de la señal del electroencefalograma, para valorar la actividad cerebral conjunta, pues la actividad mental deriva de la de redes distribuidas por todo el cerebro, cuya actividad se puede valorar con esta prueba no invasiva.

También apunta que aplican esta teoría al análisis de conexiones anatómicas entre las distintas regiones cerebrales usando una técnica derivada de la resonancia magnética. Y todo lo hacen en colaboración el grupo de Ingeniería Biomédica y el Procesamiento de Imagen de la Escuela de Ingeniería de Telecomunicación de la UVA.

Hasta ahora, comenta Molina, se buscaban alteraciones cerebrales comunes al conjunto de pacientes con un determinado diagnóstico psiquiátrico, lo que ha resultado en una tasa de replicación de hallazgos bajísima, debido a la gran cantidad de pacientes, «insuficiente» en todo caso para poder aplicarlos en la atención de estos enfermos. «Creemos que nuestra innovación puede servir para contribuir a superar el fracaso en identificar esas alteraciones cerebrales, al menos en un grupo de pacientes».

Al electroencefalograma, este equipo multidisciplinar ha añadido el uso de la estimulación magnética trascraneal, que esperan que les permita valorar el estado de un tipo de transmisión entre neuronas –la llamada inhibitoria, que por medio del frenado de la actividad de otras posibilita seleccionar el conjunto de neuronas relevante para una determinada representación mental–. Además, usan otras técnicas, como análisis clínicos de distintos aspectos –experiencias traumáticas infantiles, vivencias alteradas de la experiencia del Yo o ‘mismidad’, valoraciones neuropsicológicas y neurológicas, síntomas positivos y negativos–, determinaciones genéticas y de marcadores de inflamación.

Respecto a las ventajas, Vicente Molina señala que la identificación de grupos basados en alteraciones biológicas relacionadas con las funciones mentales puede contribuir, al menos en teoría, a superar el «estancamiento» de la investigación en este campo, ya que la replicación de los descubrimientos es «esencial» en medicina. «Esperamos que algún día los hallazgos de esta línea de investigación puedan contribuir a definir tratamientos personalizados para algunos pacientes», subraya para, más tarde, agregar que si se demuestra que ciertos tipos de desorganización de la actividad cerebral pueden relacionarse con un déficit de un determinado tipo de neurotransmisión puede esperarse que un tratamiento dirigido a paliar ese déficit pueda ser «útil» para las personas que lo presenten. No es su único valor añadido, indica que puede aplicarse en el estudio de otros cuadros psiquiátricos, pues en la actualidad el diagnóstico de todos ellos se realiza basado en la presencia de ciertos síntomas durante un tiempo.

La idea de trabajar en esta línea surgió, tal y como reconoce el catedrático de la Universidad de Valladolid, por las «limitaciones» que existen a la hora de atender a los pacientes. «La falta de respuesta en muchos casos, junto con las alteraciones que muchos grupos de investigación encontraban en el estudio del cerebro en este síndrome, y la variabilidad clínica de los paciente, me llevaron a pensar en el modelo médico que se desarrolla en el siglo XIX por el doctor Claude Bernard que está aún por aplicar en psiquiatría».

Con el paso del tiempo, cuenta que se han desarrollado técnicas y métodos de análisis que permiten valorar la actividad cerebral de manera conjunta y a la vez con gran capacidad de evaluar alteraciones limitadas a ciertas regiones o ventanas temporales. «Estos instrumentos pueden servir para dilucidar las alteraciones subyacentes a los síntomas de los pacientes. Y, junto a otros datos, como los genéticos y neuropsicológicos, definir nuevas agrupaciones sobre las que basar mejores tratamientos», resume.

Es importante dejar claro que en la actualidad no hay grados de enfermedad, sino pacientes con mejor o peor respuesta al tratamiento, con más o menos alteraciones de funciones cognitivas o con mayor o menor capacidad de ajustarse a la vida cotidiana o mantener un empleo. De hecho, hasta un tercio de las personas afectadas puede, pese a ese diagnóstico, mostrar una remisión prolongada más o menos completa de los síntomas y llevar una vida normal, pero otros requieren una atención mucho más estrecha.

De cara al futuro, van a seguir profundizando en el estudio del sustrato de las funciones alteradas. Por ejemplo, han replicado en tres grupos distintos que muchos pacientes no pueden modular adecuadamente la actividad cerebral durante el desarrollo de una tarea. «Creemos que eso se debe a que su actividad basal está excesivamente elevada. Ahora queremos comprobar si esto se relaciona con una hipoactividad del sistema de transmisión por células inhibitorias en la corteza cerebral, lo que puede conducir a definir mejores tratamientos», indica antes de matizar que este sería un «paso inmediato» para continuar el proceso actual. Asimismo, trabajan para evaluar el papel del desarrollo de las conexiones anatómicas cerebrales de materia blanca en ese déficit de modulación de la actividad, o los posibles genes implicados.

Un camino que beneficiará al 0,5% de la población. Una población que, aparte de los síntomas descritos, es frecuente que consuma diferentes drogas, en particular el tabaco. También, manifiesta Vicente Molina, es común la presencia de ciertas alteraciones neurológicas, como dificultades en la coordinación entre percepción y actividad motora, y las alteraciones metabólicas, como diabetes u obesidad. Por todo ello, «su esperanza de vida globalmente disminuye más de 20 años», concluye.

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