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BURGOS

Bacterias que ‘chivan’ la fecha de la muerte

Científicos de la UBU determinan una nueva forma de datar el fallecimiento a través de los microbios presentes en los cadáveres.

E.L.
10/10/2017

 

Un cuerpo en descomposición rebosa vida. El cadáver es la pieza angular de un ecosistema complejo que surge después de la muerte, y prospera a medida que pasan los días. En la actualidad si aparece un cuerpo inerte en un prado, el primer paso es tratar de adivinar la fecha de la muerte a través de las larvas que habitan en su cuerpo, si bien existen otras chivatas muy interesantes que poco se sabe de ellas. Éstas son las bacterias.

La microbiota –conjunto de microorganismos localizados en distintos sitios del cuerpo humano– es un tema apasionante, al que se le han asignado distintos papeles en vida, sin embargo, poco se conoce de los parásitos microbianos cuando una persona fallece. Un grupo de científicos de la Universidad de Burgos (UBU) ha determinado una nueva manera de datar la muerte a través de las comunidades microbianas presentes en los cadáveres.
Este avance es el resultado de los trabajos del grupo del Área de Microbiología, dirigido por David Rodríguez, junto con investigadores de la Universidad de Gerona, la Universidad de Tennessee y el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (Itacyl), y ha sido publicado en la revista Molecular Oral Microbiology and Forensic Science International. Además, se dio a conocer hace unas semanas en el Congreso de la Organización Internacional de Odontoestomatología Forense (IOFOS), celebrado en Bélgica.

Este equipo realiza dataciones a partir de los análisis de las comunidades bacterianas de la cavidad oral, así como de los restos de sedimentos que están asociados a tres partes de los cadáveres: boca, abdomen y pies. Y lo hace gracias a herramientas de secuenciación masiva y análisis genómicos comparados, que comprueban cómo evolucionan los microbios tanto en el suelo como en el cuerpo humano. Los investigadores han llegado a la conclusión de que existe un «cambio drástico» de la población microbiana, lo que permite ofrecer una «herramienta complementaria» que establece «de forma precisa» el momento del fallecimiento.
«Los microorganismos coexisten con nosotros durante la vida jugando un papel importante tanto en la salud como en la enfermedad. Después de la muerte, y a medida que avanza el proceso de descomposición, las comunidades bacterianas cambian en función de sus condiciones ambientales», explica Rodríguez. «En nuestros estudios hemos utilizado estos cambios para datar la muerte», añade.
En este sentido, comenta que las bacterias, a diferencia de los insectos que deben acceder al cadáver para que siga su curso, ya están en el cuerpo en el momento de la muerte. «No analizamos agentes externos, sino internos». Por ello, esta herramienta es interesante para aquellos casos donde la persona lleva fallecida más de cuatro días y por diferentes problemas no se puede acceder a las larvas, apunta el director del Área de Microbiología de la UBU.
Para llegar a este punto, se realizó una toma de muestras en la Universidad de Tennessee, donde cuentan con un campus experimental en el que revisan el proceso de putrefacción y descomposición. En palabras menos técnicas, manifiesta, es un prado repleto de cadáveres de personas sin recursos que permanecen allí para estudiar el proceso de descomposición. Durante un par de semanas una investigadora tomó tres muestras diarias de tres individuos y regresó a Burgos para poner en marcha todo el entramado.
Eso sí, aclara que se trata de un método preliminar teniendo en cuenta el número de sujetos estudiados. La cuestión es que en España por cuestiones de ética es imposible contar con cadáveres que se descompongan en condicionales naturales. No obstante, recalca la importancia del hallazgo, puesto que abre la puerta para seguir investigando y para complementar a la aproximación clásica. «Se pueden crear modelos matemáticos que pueden arrojar de manera muy exacta la hora de la muerte en diferentes condiciones».

Respecto a las ventajas, David Rodríguez destaca que la principal es que no se necesita la manipulación del cadáver y, en determinados casos, no se precisa ni el propio cuerpo. Se analizan los suelos y después se llevan a cabo las extracciones de ADN. Toda está información se podría aplicar en la medicina forense. Pone como ejemplo un cadáver que aparece en un monte y es necesario saber cuándo ha muerto. En las primeras horas del fallecimiento, reconoce, es más sencillo debido al rigor mortis, pero cuando las horas, días e, incluso, años pasan es más complicado.

«Podríamos equipararlo al salto de la huella dactilar a la utilización de ADN para buscar huellas en el escenario de un crimen», sostiene para, a continuación, indicar que es «un cambio de paradigma», ya que no son procedimientos opuestos, sino todo lo contrario: se pueden complementar e incrementar «el arsenal» para determinar más información.

El estudio surgió en 2016. Primero se recogieron las muestras y luego se realizó todo el proceso de secuenciación y análisis informáticos. El broche lo puso la publicación en la revista internacional que ratifica el salto de la aplicación de larvas a la aplicación de genómica. Un paso importante, ya que existen pocos grupos en España que se dediquen a esta tarea. De hecho, según reconoce, es algo que está «en ciernes», a pesar de que los cadáveres cada vez despiertan más interés para ver cómo evoluciona la microbiota.

El equipo burgalés formó parte de la investigación porque cuenta con la tecnología para poder llevar a cabo todos los procesos. Hay que tener en cuenta que la microbiología forense no es el punto fuerte de este equipo, que se centra en el estudio de agentes microbianos en la cadena alimentaria y hospitalaria. Estudian los patógenos emergentes.

La aproximación que sirve para datar la muerte de un cuerpo en descomposición la han utilizado para caracterizar el proceso fermentativo en diferentes tipos de alimentos, de la granja a la mesa, o también para determinar las poblaciones microbianas en distintos estratos del yacimiento de la Sierra de Atapuerca. En este último estudio trabajan con un grupo de investigadores de la Universidad de Burgos que desarrolla su labor en el área de la Evolución Humana. Su meta es realizar una aproximación de cuáles eran las comunidades de bacterias hace 10.000 años.

Por otro lado, investigan el papel que juega la cadena de producción de alimentos de origen animal en la dispersión de la resistencia a distintos antibióticos en la población, así como el estado de esta situación en el ambiente hospitalario y la persistencia y propagación de las resistencias a antibióticos en el medioambiente. Para ello una de las aproximaciones más novedosas es el empleo de técnicas genómicas y metagenómicas basadas en la secuenciación masiva que permitan caracterizar de una manera integral la situación en el medio ambiente y en cada una de las fases de la producción alimentaria hasta el consumidor final.

La aparición de resistencias a antibióticos es un problema serio de salud. En la actualidad más de 700.000 personas fallecen anualmente a nivel mundial por infecciones producidas por microorganismos resistentes a antibióticos, y un informe publicado por la Organización Mundial de la Salud en el 2014 estima que ese número pueda aumentar hasta los 10 millones en el 2050.

 

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